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	<title>KERYGMA DIGITAL &#187; ancianos</title>
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		<title>Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Sep 2016 11:37:11 +0000</pubDate>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Una de los hechos que llamaban más la atención de Jesús era su capacidad de obrar milagros. Su fama había recorrido todas las aldeas y pueblos por muchas cosas realizadas por Él y entre ellas se destacaba su capacidad de sanar.</p>
<p>Un hombre de Roma, centurión y con siervos a su cargo, quiere un favor de aquel famoso de Israel. Se agencia el apoyo de los ancianos para obtener dicho favor: &#8220;que sane su siervo&#8221;.</p>
<p>Ciertamente los exégetas o expertos de las escrituras tiene muchas interpretaciones de este relato pero quiérenos señalar uno muy particular. Al igual que el Centurión, muchas veces nosotros tenemos el &#8220;siervo&#8221; enfermo. Esto quiere decir que en algunos momentos no queremos servir, ayudar, trabajar o colaborar con los demás o con Dios.&nbsp;</p>
<p>En una sociedad llena de egoísmos y falta de cooperación, nuestro &#8220;siervo interior&#8221; está a punto de morir por una enfermedad muy concreta: pereza, burguesía y egoísmos. En definitiva, el amor se disminuye en nuestro corazón y por eso nos cuesta servir a los demás.</p>
<p>La buena noticia es que hoy el Señor tiene el poder de sanar nuestras heridas y curar nuestro &#8220;siervo&#8221;. El tiene el poder, si realmente los queremos, de sacarnos de nuestros egoísmos y hacer que nos pongamos al servicio de los demás. Pidamos al Señor está gracia especial. Él nos quiere conceder este don.</p>
<p>Leer:</p>
<p>Texto del Evangelio (Lc 7,1-10): En aquel tiempo, cuando Jesús hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde Él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo. Éstos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga».&nbsp;</p>
<p>Jesús iba con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».&nbsp;</p>
<p>Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.</p>
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