El mundo de hoy está lleno de contradicciones. Se habla de vida y las personas interpretan lo contrario. La lucha por los derechos de la mujer parecen estar separados de los del niño. Hay confusión y caos en nuestros discursos y posiciones. ¿Por qué?
Esto se debe a la actitud de las personas que escuchan o participan d debate de los temas nacionales. Defender la vida es algo que nadie puede rebatir, pero cambian este discurso por otro distorsionado. ¿Sabes por qué? Porque en el fondo no quiere oír ni entender.
A Jesús les pasó exactamente igual. Si comía decían que era un comilón, si bebía decían que era un borracho. En otras palabras, por mas que queramos argumentar con los “inteligentes” de esta generación no entienden porque en realidad no quieren entender. Esa es la triste verdad. ¿Qué debemos hacer entonces? Acreditarnos por nuestras obras.
La Iglesia tiene legitimidad no tanto por sus palabras. Se “acredita” ante el mundo por su obras. ¿Cuál es la obra del cristiano? ¡El AMOR! Es verdad que somos radicales, pero lo somos en lo que todos debemos serlo, en el AMOR. Perdonamos a los que los hacen mal, bendecimos a quienes nos maldicen, excusamos a aquellos que con sus palabras nos destruyen u ofenden.
Defender la vida es el mayor signo de AMOR posible. Poner en práctica el amor cristiano es transformar la vida del mundo entero. Sigamos en nuestra lucha.
Leer:
Texto del Evangelio (Mt 11,13-19): En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras».