Archivo por meses: julio 2016

Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo

La realidad de nuestra vida nos indica que en el mundo encontramos de todo. La realidad es que todos somos pecadores y que lo que nos diferencia es que algunos quieren convertirse a Dios y otros no. Estamos en el mundo todos pero no todos quieren acercarse a Dios.

¿Qué es lo bueno de este mundo? Es aquel que quiere vivir según la voluntad de Dios. ¿Qué es lo malo de este mundo? Es aquel que rechaza a Dios con sus obras y no quiere cambiar para mejor su vida. 

Somos todos invitados a que en el Reino de Dios seamos como los buenos que quieren vivir según el designio de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,47-53): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.

Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre

El mundo está lleno de todo tipo de acontecimientos, hechos y realidades. Los seres humanos de todos los tiempos han intentado dividirlos entre dos categorías: buenos y malos. Esto siempre ha provocado largas y profundas reflexiones. ¿Por qué hay mal en el mundo? ¿Por qué existe la enfermedad y el sufrimiento? ¿Por qué hay guerras, terrorismo y odios?

En el evangelio podemos encontrar una respuesta a esta realidad. El mal no lo ha puesto Dios. Es fruto del demonio y de nuestra mal empleadas libertad. Dios es quien siembra lo bueno pero nos toca a nosotros, en plena libertad, hacer que esa semilla de buenos frutos.

Hoy, concretamente, ¿qué Cristo estás dando? ¿Eres de los hijos de Dios que con sus obras glorifican al Señor? Tienes la oportunidad en este día de ser de los que dan frutos buenos para ser recompensados hoy y siempre. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,36-43): En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. 
»De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir

Es una tendencia en la naturaleza humana la de buscar el honor y poder aquí en la tierra. Nos fascina la fama, el dinero y prestigio. Nos pasamos la vida tratando de construir nuestro espacio para constituirnos en “jefes” de la familia, trabajo y cualquier entorno en que estamos. ¿Esto es cristiano?

Hasta los discípulos se vieron influenciados por esta debilidad o tentación. Pensaban que Jesús era un líder más y por eso había que “agenciarse” un espacio en su círculo íntimo. ¡Increíble!

El Señor nos enseña con su palabra y ejemplo que el que quiera ocupar el primer lugar debe ser servidor de todos. Si ocupado algún tipo de espacio de poder como responsables, catequistas, directores, gerentes, rectores o cualquier otro debemos ejercerlo desde la humildad y ponernos al servicio de los demás. ¿Estás dispuesto? Con la gracia del Señor es posible. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 20,20-28): En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre». 
Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

El que tenga oídos, que oiga

El Señor habló en parábolas. Hoy muchas de ellas nos parecen extrañas y hasta difíciles de entender. Algunas las explicó Jesús a sus discípulos otras se quedan a la interpretación de la exégesis moderna. ¿Por qué Jesús utilizó ese recurso con tanta frecuencia? 

Los que escuchar al Señor lo hacen desde diversas posturas o actitudes. Los hay con buena intención y con deseo sincero de encontrar a Dios en las palabras y acciones de Jesús. Otros en cambio, buscan otra cosa. Es por eso que las parábolas buscan siempre oídos que quiera escuchar con sincero arrepentimiento y amor. ¿Tú estás en esta actitud hoy?

Dios también hoy nos habla día a día. Ha llegado el momento de escucharle. Busquemos a nuestro amado Dios en los pequeños detalles de nuestra vida. Hay está presente, nos habla y quiere que podamos escucharle.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,1-9): En aquel tiempo, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre

Nos afanamos mucho con los títulos y honores de la vida. También sucede así en la Iglesia. Que si somos catequistas, sacristanes, evangelizadores, amigos del cura, hermanos de una monja, súper amigos del obispo, en fin, estamos siempre en búsqueda de espacios y títulos de honor. ¿Esto es importante para nuestra salvación?

Jesús, previendo este peligro, le dio una palabra a sus discípulos. Les dijo que los importante no es un parentesco biológico o cercanía a Él. Que lo más importante para que seamos felices y así alcanzar vida eterna es cumplir la palabra de Dios, es decir, ponerla en práctica.

En nuestra vida debemos acompañar nuestras palabras con obras de caridad y paz. Un cristiano no es alguien por sus títulos o posiciones sociales. Un cristiano lo es cuando cumple la voluntad de Dios con la ayuda del Espíritu Santo.

Leer:
Texto del Evangelio (Mt 12,46-50): En aquel tiempo, mientras Jesús estaba hablando a la muchedumbre, su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con Él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte». Pero Él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Maestro, queremos ver una señal hecha por ti

La señal que muestra Dios en Cristo es la del amor. No hay otra. Lo más maravilloso y grande que puede haber es precisamente que Dios nos ama cuando hemos sido malvados y pecadores.

La generación en la que vivió Jesús le pedía señales pero según sus criterios. No tenían Fe. Solo buscaban satisfacer su curiosidad o comprobar mediante medíos o formas no adecuadas la misión del Señor.

Jesús no vino ha hacernos milagritos, aunque sí los puede hacer. Ciertamente muchas veces nos acercamos al Señor y lo que queremos es que nos resuelva nuestros problemas particulares y pensamos que solo así nos podemos creer. 

La señal que Él realiza en nosotros es la victoria sobre nuestro pecados. Nos hace participar de su resurrección. ¡Ánimo!
Leer:

Texto del Evangelio (Mt 12,38-42): En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón».

Misericordia quiero y no sacrificio

La misericordia de Dios es infinita y es el rasgo de divino que más caracteriza a nuestro Señor. Si queremos saber cuál es la naturaleza de Dios solo debemos pensar en que Él es misericordia.

Hemos pecado y nos hemos alejado de Dios en nuestro orgullo y soberbia.  ¿Qué hace el Señor? Nos responde con misericordia. 

Hoy el Señor nos invita a no mirar la ley y las normas. Nos invita a caminar en la misericordia de Dios. Dejarnos transformar por su amor.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 12,1-8): En aquel tiempo, Jesús cruzaba por los sembrados un sábado. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado». Pero Él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».

Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes

El Señor se revela a todos los hombres y mujeres del mundo. El se hizo carne y caminó sobre la tierra para salvarnos a todos y todas. ¿Cuál es el principal impedimento para reconocer a Dios en Jesús y en nuestras vidas? Que nos creemos sabios.

Tenemos la tendencia de pasar todo por la razón. Nos creemos más sabios de Dios, ¿qué no es así? Pues porque siempre preguntas “por qué” a Dios y no “para qué” permite ciertas cosas. Dime, sinceramente, la razón por la cual siempre está mal quejándonos de como a la vida, el país, los hijos, y demás aspectos de nuestra vida. La queja, murmuración, y juicio de todo solo demuestra que pensamos que las cosas podrían diferentes según nuestros esquemas. 

Mi querido hermano y hermana. Seamos sencillos, humildes y pequeños. Dejemos nuestra vida en manos de Dios como niños que confían absolutamente en su padre. Él sabe lo que nos conviene. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 11,25-27): En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

El día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti

Es de extrañar que la escritura diga que Jesús se puso a “maldecir” ciudades… ¡¿Cómo?! ¿El Señor maldiciendo? Es para escandalizarse. Por eso es importante leer las escrituras en su justo contexto.

Los exégetas y expertos en la Biblia pueden dar muchas y mejores explicaciones a este fragmento del libro de la vida. Yo solo quiero comentar un aspecto.

Mediante la palabra se quiere recordar e invitar de manera enfática a todos nosotros a la conversión. Se nos invita hoy a mirar los grandes milagros que Dios ha hecho en nuestra vida. Se nos invita q bendecir a Dios y actuar en consecuencia. ¿Cómo es posible que no veamos a Dios en nuestra vida? Hagamos honor con nuestra obras al amor de Dios. Muchos nos han tenido las bendiciones que hemos tenido. ¡Ánimo! El Señor nos llama a conversión recordándonos lo mucho que ha hecho por nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 11,20-24): En aquel tiempo, Jesús se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti».

No he venido a traer paz, sino espada

En las escrituras hay frases que escandalizan a los que no han estudiado las escrituras. Son afirmaciones que sacadas de contexto pueden ser usadas para convertir la religión en el marco de comportamientos intolerantes y violentos. Por eso es importante escrutar las escrituras con la ayuda, sobre todo, del Espíritu Santo.

Cuando el Señor habla de que no ha venido a traer paz debemos entenderlo en el contexto de que la radicalidad del evangelio hace que muchos tomen posición contraria respecto a tus creencias. Por ejemplo, si la madre de una cristiana entiende que un matrimonio en este tiempo debe tener solo dos hijos como máximo y su hija decide tener los hijos que Dios quiera, esto provoca automáticamente división entre madre e hija en el sentido que no están de acuerdo en esa práctica específica de Fe. Así podemos poner miles de ejemplos concretos que hacen que hasta familiares, parejas y amigos se dividan por causa del evangelio. Es normal, cuando alguien quiere seguir el camino de Jesús que los que no viven según los principio del evangelio no quieran tener alguna conexión con los que si vive según Dios.

¡Ánimo! Si sientes muchas veces el rechazo por causa del evangelio debes sentirte feliz porque eres luz del mundo y tarde o temprano tu fidelidad al evangelio dará buenos frutos.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 10,34–11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. 
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».
Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.