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El resto cayó en tierra buena

La palabra de Dios cae en el alma como la semilla cae en la tierra. La palabra solo puede dar fruto si tenemos un corazón dispuesto a darle fiel cumplimiento. Solo así podemos mostrar al mundo las maravillas de Dios.

Sucede que en algunas ocasiones no damos buenos frutos. El mundo, la carne y el demonio, enemigos del alma, nos hacen la contra. Las tentaciones diarias, las preocupaciones por el dinero y el ahogo de las ocupaciones de cada día nos hacen olvidar la ocupación más importante: ser cristianos.

Seamos tierra buena que dé fruto para la vida eterna. Permitamos que la semilla del espíritu transforme nuestro corazón y seamos luz para el mundo. Dios estará siempre con nosotros en tan importante misión. ¡Ánimo!

Leer:

Mt 13,1-9: Cayó en tierra buena y dio grano.

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas:

-«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.

Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.

Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.

El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.

El que tenga oídos que oiga.»

Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre

¡Dejemos de hablar! Acción, ese es el camino. Es bueno escuchar la palabra de Dios, pero mucho mejor es ponerla en práctica. Jesús insiste continuamente en eso. La palabra de Dios es para llamarnos a conversión y transformar los corazones.

En el concilio Vaticano II se reflexionó sobre la crisis de fe. La misma consiste en que muchos cristianos dicen tener fe pero no lo demuestran con su vida. Es decir, existe una especie de divorcio entre fe y vida.

Hacen falta volver a la fe radical. La fe que es coherencia absoluta entre lo que decimos y lo que hacemos. Seamos cristianos con fe adulta. Pidamos a Cristo la gracia de ser verdaderos cristianos. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 12,46-50): En aquel tiempo, mientras Jesús estaba hablando a la muchedumbre, su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con Él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte». Pero Él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

¡Generación malvada y adúltera!

En el evangelio leemos frases muy duras que Jesús pronuncia contra escribas y fariseos. A alguno puede escandalizarle la forma en que nuestro Señor trataba a los que en esa sociedad eran considerados cumplidores de la ley. ¿Qué significa ese lenguaje tan fuerte?

Nuestro Señor nos llama a vivir en la verdad. Jesús no vino a implementar una doctrina humana o una especie de nuevo moralismo que debemos todos cumplir. Él recorrió pueblos y aldeas anunciando que el reino de los cielos había llegado. Es decir, anunciando la victoria sobre la muerte con su pasión, muerte y resurrección. No los ofrece normativas ni leyes, nos da una experiencia pascual que nos hace vivir en la alegría y felicidad verdadera.

No pidamos señales y milagros. Con la experiencia de resurrección la basta. Lo demás vendrá por añadidura. Amén.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 12,38-42): En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón».

Misericordia quiero y no sacrificio

Misericordia, siempre misericordia. Nunca usemos las normas cristianas para juzgar y condenar a nuestros hermanos. Recordemos que la ley de divina y lo que han dicho los profetas se resumen en amar a Dios con todo el corazón, la mente y las fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos.

No seamos “juzgadores” profesionales. Evitemos condenar constantemente las acciones de los demás. Mostremos en todo momento el rostro misericordioso de Dios, ¿acaso el Señor no te ha perdonado los pecados? Recuerda que Dios contigo ha mostrado muchísima misericordia.

Seamos humildes. Veamos primeros nuestros propios defectos. Excusemos y perdonemos los pecados de los demás. ¡Amén!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 12,1-8): En aquel tiempo, Jesús cruzaba por los sembrados un sábado. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado». Pero Él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón

En el mundo, se nos enseña a apoyarnos en nuestras fuerzas y capacidad. Hay una tendencia a reforzar en las personas el amor propio. Dicen, quiérete a ti mismo primero y valórate para que te valoren. Es decir, lo primero es el yo y luego es el tú. No es así en el cristianismo.

Jesús nos enseñó, con su ejemplo, a ser mansos y humildes. Nos dijo que el hijo de Dios ocupa siempre el último lugar. Nos mostró que el camino que lleva a la vida es el camino del servicio y de la humildad.

Todos aquellos que viven la experiencia de la humildad cristiana descubren que es la base de la comunión y el amor de los hermanos. ¿Cómo puede alguien pelear con una persona que siempre perdona, excusa y valora a los demás más que a sí mismo?

Seamos mansos y humildes. Dejemos atrás nuestra soberbia. Consideremos a los otros como superiores. Vivamos como Jesús, amando al extremo a nuestro prójimo. Él nos dará la gracia para hacerlo.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 11,28-30): En aquel tiempo, Jesús dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Se las has revelado a pequeño

Todos tenemos un ego del tamaño de una catedral. Alguno dirá: ¿yo?. Pues le digo, en nombre de Dios, es importante que nos conozcamos bien. Somos unos pecadores que siempre estamos buscando nuestro propio interés.

El reconocimiento de nuestras debilidades es el inicio de todo proyecto de salvación. El que se cree bueno y sano, lo necesita salvación ni sanación. Solo aquel que grita (ora) a Dios con humildad reconociendo que necesita de él será salvo. Para aquellos que se siempre superiores, “buenos”, inmaculados, lo que único que les queda es morir e irse al cielo.

Dios da muchos dones a los humildes, a los pequeños. El Señor llena de honor a aquellos que saben que no tienen ningún honor. Seamos los últimos en el trabajo, centro educativo o vecindario. Nuestro Dios nos hará grandes en el cielo. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 11,25-27): En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará

Hemos sido elegidos para dar la vida por los demás. Somos enviados a la misión evangelizadora para que el mundo pueda experimentar el amor de Dios. ¿Estamos dispuesto a cumplir la voluntad de Dios?

Nos resistimos. Estamos abogados con fuerza a nuestros proyectos personales. Tenemos un amor desordenado a los bienes materiales y afectos humanos. El Señor nos libera de todo eso y nos prepara para una misión muchos más importante que nuestros temas y preocupaciones mundanas.

Así como Jesús envió a los apóstoles, así nosotros somos enviados para que demos la vida en la evangelización. Seamos profetas de Dios que en total disponibilidad encendemos la luz de Cristo en todos los corazones. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 10,34–11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

El que persevere hasta el fin, ése se salvará

Estamos viviendo tiempos extraños. Los valores culturales que predominaban hace apenas cincuenta años han cambiado de manera radical. Lo que antes era malo para todos, ahora es bueno para muchos. En este contexto de cambio cultural, ¿qué pasará con los cristianos?

Debemos convertirnos en mártires. Quizás no tendremos que morir físicamente pero si nos tocara asumir persecuciones “culturales” y fobias sociales hacia todo lo que huela a Cristiano. En algunos espacios de la sociedad ya nos están ridiculizando y atacando. ¡No desfallezcamos!

No nos preocupemos. El Señor está y estará siempre con nosotros. En este tiempo brillará con más fuerza la luz del evangelio. La época actual nos dará la oportunidad de crecer en la fe. El cristiano del presente, y sobre todo del futuro, necesitará tener una fe adulta capaz de dar testimonio valiente y firme en medio de esta generación. No tengamos miedo. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 10,16-23): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros.

Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre».

Gratis lo recibisteis; dadlo gratis

Dios nos ha dado mucho. Ha provisto, gratuitamente, un número inestimable de dones, gracias y ayudas. Nuestro Señor nos ama tanto que no nos exige nada. Transforma nuestra vida y no pide nada a cambio.

La obra de Dios en nosotros nos convierte en testigos de su amor y nos obliga, por así decirlo, a proclamar en todo momento sus maravillosas. Por eso, un cristiano siempre está disponible para la evangelización.

Seamos dóciles obreros que trabajamos diariamente en la mies de Dios. Estemos siempre dispuestos a proclamar la buena noticia. Seamos, con nuestras obras, testigos verdaderos del amor de nuestro Señor. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 10,7-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».

Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca

El mundo necesita de más obreros que trabajen en la mies de Dios. Son muchas las personas que andan como ovejas sin pastor. Es por eso que nuestro Señor elige personas comunes para llevar acabo la más grande de las misiones: anunciar que el reino de los cielos ha llegado ya.

Las personas enviadas por Jesús son sencillos, trabajadores y sin ninguna ascendencia. No son elegidos por alguna condición extraordinaria. No son escogidos por alguna capacidad especial. Son elegidos porque Dios les ama y perdona primero. Les transforma mediante su perdón y misericordia. Y luego les envía como testigos de la acción maravillosa del poder del Espíritu Santo en sus corazones.

Seamos dóciles a la llamada de Dios. Digamos si al envío de Jesús. Seamos verdaderos testigos, en medio de esta generación, de la acción salvífica del Señor en la vida de todos aquellos que acogen en su corazón el anuncio de amor. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 10,1-7): En aquel tiempo, llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca».