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Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo únicoLa

El amor de Dios es la base fundamental de toda la creación. Por amor, el Señor creó todo lo que existe y lo puso al servicio de todos nosotros. Su amor llegó a la plenitud de su manifestación en la cruz de Jesucristo, muerto y resucitado para nuestra salvación.

La cruz es símbolo de todo aquello que va en contra de nuestros esquemas y nos hace sufrir. Esta realidad puede “matar” al que no tiene fe, es decir, puede hacerle dudar del amor. En la cruz gloriosa de Jesús encontramos el sufrimiento transfigurado en instrumento de salvación. La piedra desechada por los impíos, para nosotros los creyentes, se ha constituido en piedra angular de salvación.

La cruz es símbolo de amor. Nuestro Dios ha manifestado su amor porque desde ella se perdonan todos los pecados y se asume la historia de la vida como un camino que conduce al cielo mediante la purificación de nuestra alma por medio de los acontecimientos diarios. Nunca dudemos del amor de Dios. Él nos ama infinitamente ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,13-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?

¿Cuál es tu proyecto personal de felicidad? Todos tenemos una imagen mental de lo que quisiéramos fuera nuestra vida. Nos proyectamos en el futuro y pensamos… ¿si yo tuviera tal cosa? ¿Si mi vida cambiara en tal otra? En definitiva, nunca conformes de lo que tenemos y siempre deseando algo más.

El cristianismo NO es una filosofía de vida conformista. Lo que SI es una experiencia de encuentro personal con el amor de los amores. ¿Puede un Dios misericordioso desear nuestra muerte y sufrimiento? ¡Claro que no! Lo que hace es que nos ilumina la historia y la convierte en bendición. Nos hace aceptar los acontecimientos y aprovecharlos para crecer en todos los órdenes, sobre todo el espiritual.

Estemos dispuesto siempre a subirnos a la cruz. Nunca busquemos una felicidad material y mundana. Vivamos en plenitud la vida tal cual Dios nos la está regalando. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 20,17-28): En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Quien pierda su vida por mí, ése la salvará

El apego a las cosas materiales es una norma para los hombres y mujeres de este tiempo. Estamos bombardeados de una gran cantidad de mensajes publicitarios que moldean nuestras costumbres, valores y comportamientos. Parecería que lo más importante en la vida tener mucho dinero y bienes de lujo.

El camino del cristianismo es distinto. Sin satanizar las riquezas, se nos invita a tener una relación libre con ellas. Se nos hace ver y experimentar que lo más importante en ganar la vida que nos viene de Dios. Ella solo se obtiene mendicante la renuncia sincera y profunda a todo lo que nos ata y esclaviza.

Seamos fieles a Dios. Aceptemos la historia que ha permitido en nuestra vida. Busquemos la vida donde verdaderamente está. Solo así seremos felices. Solo así alcanzaremos vida eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,22-25): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará

El camino de seguimiento cristiano tiene como fundamento el amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas. Es decir, nuestro Dios está por encima de todas las cosas de las cuales muchas veces nos hacemos ídolos.

En el transcurso de la vida podemos apegarnos a las cosas de este mundo. Podemos caer en la tentación de tener una relación desordenada con los afectos, el dinero y demás bienes materiales. El Señor nos llama a liberarnos de todas las ataduras y seguirle asumiendo la cruz o sufrimiento de cada día.

Nuestro Señor es un Dios de vivos. El Señor nos libera de toda esclavitud. Nuestro Salvador y Mesías, hijo único de Dios, nos invita a tenerle a él como único Dios. ¡Seamos libres! ¡Vivamos en la gracia del Señor!

Leer:
Texto del Evangelio (Mt 10,34–11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Aquí tienes a tu madre

Jesús nos ha regalado muchos dones. Entre los más grandes ha sido su madre. La Virgen Naría es nuestra madre y lo ha dicho nuestro Señor Jesús.

Necesitamos el auxilio de María en medio de nuestras tribulaciones. Ella siempre estuvo al lado de su hijo y por lo tanto siempre estará junto a nosotros en todo momento. Tenemos una ayuda adecuada. María es esa Estrella del cielo que cuida siempre nuestros pasos.

Pidamos a la Virgen que el día de hoy sea consagrado a su hijo y que ella nos enseñe a amar a su hijo en todo momento.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 19,25-27): Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único

¡Oh admirable misterio! Dios ha querido salvarnos a través de la cruz. Nos ha amado hasta el extremo. Ha entregado a su único hijo a la muerte terrible de la cruz. Jesús ha tenido que padecer para que con su sufrimiento, dar sentido a los nuestros.

El Señor nos invita hoy a contemplar nuestra cruz. A responder la pregunta: ¿cuál es tu cruz? Es fundamental para un Cristiano saber que sufrimientos ha permitido Dios en su vida para salvarle u santificarme. ¡Si hermanos! Dios permite en nuestra vida situaciones y acontecimientos destinados a santificarnos. Hay sufrimientos redentores, que tienen la gracia de acercarnos a Dios, de prepararnos para el cielo.

Miremos la cruz con alegria y paz. Pidamos a Dios que nos de la gracia de aceptar nuestra cruz y experimentarla gloriosa.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,13-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame

Los tiempos litúrgicos subrayan diversos aspectos de la vida cristiana. En este sentido, la cuaresma es tiempo de aprender a caminar por la vida sin apegos. Es comprender que ser Cristiano es buscar con sinceridad y humildad la vida del cielo.

Todos los días nos levantamos para perseguir nuestros sueños, vivir mejor y tener felicidad. La cuaresma nos enseña el camino que conduce a la vida: renunciar a los ídolos y aceptar la cruz.

Solamente en un corazón,radicalmente desprendido de la cosas de este mundo, puede habitar La Paz. Amar a Dios con todo el corazón, la mente y las fuerzas es el mandamiento que resuena desde el principio de la cuaresma. El amor de Dios lo colma todo. Empecemos la cuaresma en desapego. Que nuestro corazón solamente esté en Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,22-25): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Los seres humanos buscamos la felicidad. Hemos sido creados para vivir plenamente y concretar proyectos y sueños. Hay en nosotros un impulso que nos hace busca la realización emocional, afectiva, profesional y económica. Mas sin embargo, ¿por qué hay personas millonarias y famosas que se suicidan? ¿No será que no basta con eso?

Jesús, que ha venido a salvar y dar la vida, nos muestra el camino de la verdadera felicidad. Nos dice que el apego desordenado a los bienes de este mundo (afectivos, económicos y laborales) no ayudan a construir la felicidad de nadie. Al contrario, pueden ser un impedimento serio al proyecto de salvación del Señor.

Busquemos la vida en las cosas verdaderas y eternas. Para se feliz basta con aceptar nuestra historia reconociéndola como una bendición. Es vivir en libertad nuestra relación con el dinero y los demás bienes. Es amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

»Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso

Estoy leyendo un libro que se llama Homo Deus. El mismo plantea una tesis, entre otras, muy interesante: el ser humano pueden vencer la muerte. En dicho escrito, el autor plantea que si hemos podido duplicar la esperanza de vida en los últimos cien años, ¿por qué no podría duplicarlo en los próximo cien y dar la oportunidad que vivamos hasta 150 años o más? En el fondo, dicha afirmación nos pone a reflexionar sobre uno de los elementos fundamentales de la historia de la humanidad: la muerte.

Todos tenemos miedo a lo desconocido. Me parece que en este amplio repertorio, la muerte se lleva el primer lugar. Morir es dejar de existir, de ser, de respirar, de experimentar lo único que conocemos, que es vivir. Todos queremos vivir. Nadie quiere morir. Es por eso que la gran lucha de todos los tiempos es como buscar la manera de seguir viviendo.

Cristo, mediante su muerte, ha dado respuesta a esta gran inquietud humana. Él, desde la cruz, ha destruido el peor mal al que nos podemos enfrentar: la muerte. Jesús no fue vencido por la muerte. Él resucitó y está vivo, sanando, curando y salvando de la muerte a todos los que se creen su mensaje de salvación. ¡Ánimo! La muerte ha sido vencida en Jesucristo. No más lutos,, ni llantos, ni pesares… ¡Cristo ha resucitado!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 23,33.39-43): Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

El que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna

Hay oraciones o frases en el evangelio que pueden confundir a los oídos que no están iniciados o acostumbrados a estos temas. Por ejemplo, eso de “odiar la vida” puede sonar un tanto exagerado y fuera de lugar. Sin embargo, es una de las bases del cristianismo. 

En el mundo, mientras dure nuestra vida terrenal, tendremos muchos amores o apegos. Es decir, estaremos buscando la felicidad en muchas cosas. Por ejemplo, en el matrimonio, éxito, fama, dinero, prestigio, en fin, muchas cosas que en si mismas son buenas pero son irremediablemente pasajeras. Así mismo hermanos, en este mundo todo se muda y es más, si tenemos una relación desordenada con estas cosas podemos caer en la idolatría y en vicios raros.

El Señor Jesús, sabiendo los peligros que esto puede suponer para nuestra salud de alma y de cuerpo nos ha invitado al desapego radical. Es decir, podemos disfrutar de las cosas pero nunca poniendo nuestra seguridad en ellas. 

¡Ánimo! Que seguir a Jesús es lo más bello que podemos hacer y el siempre nos conduce a la vida eterna. No te desanimes. No temas. Él te ama muchísimo.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 12,24-26): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».