Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo

Dios elige a unos pocos para que sean “sal, luz y fermento de la tierra”. Nos llama a ser testigos suyos. Nos invita a reconocer a Jesús como nuestro Señor y Mesías. ¿Quién es para ti Cristo?

Cuando podemos observar nuestra vida con los ojos de la Fe, nos damos cuenta que nuestro Padre Dios está presente siempre. Al abrir nuestro corazón a su palabra nos constituimos en una especie de presencia suya aquí en la tierra. Él quiere actuar a través de nosotros, pobres pecadores.

Pidamos al Señor que nos permite ser como Pedro, para que pueda el Señor edificar su iglesia a través de nosotros. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 16,13-19): En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Comenzó a ver perfectamente y quedó curado

La curación de un ciego es un milagro que impresiona siempre. Devolver la vista a una persona tiene un significado espiritual muy importante. Muchos estamos como ciegos y no podemos ver con claridad las realidades invisibles.

La ceguera espiritual consiste en la incapacidad que tenemos de ver la acción de Dios en nuestra vida diaria. Dichas acciones son la expresión del amor divino. En definitiva, Dios nos ama y quiere que veamos sus demostraciones de amor todos los días.

Levantemos nuestros ojos al cielo y pidamos que el amor de Dios se haga presente siempre frente a nuestros ojos espirituales y físicos. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,22-26): En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?». Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan». Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».

Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes

Ni fariseos ni Herodes. Los que hemos sido llamados por Dios a ser cristianos somos invitados a cuidarnos de reducir la Fe a un moralismo o vivir en un “relax ético” sin dar signos de conversión. El cristianismo no es ni una cosas ni la otra.

Jesús dijo claramente que vino por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos sin importar que sean judíos o gentiles. La salvación es universal. ¡Qué buena noticia!

Pidamos al Señor tener un corazón bien dispuesto que permita seguirle a donde quiera. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,14-21): En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

¿Por qué esta generación pide una señal?

Las diversas generaciones del pasado, incluyendo la presente, se caracterizan por la incredulidad. Si, así mismo. Los seres humanos vivimos dudando de todo. Pedimos a Dios señales que demuestren que existe. Por eso tantas solicitudes de milagros. Hacemos pactos con Dios a cambio de algún favor divino.

Jesús dice que no habrá para las generaciones o, mejor dicho, las personas que pidan señales con intención malvada. La señal es que Cristo ha muerto y resucitado por todos. Todo lo que sea otro tipo de señal, no viene de Dios.

Seamos humildes. Reconozcamos a Dios en todas las manifestaciones diarias de su amor. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,11-13): En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos

Hemos conocido predicadores que tienen el don de sanación, que quiere decir que curan las enfermedades a través de la gracia que viene de Dios. Muchas son las personas que han sido liberadas de una dolencia física por la fuerza del Espíritu Santo. ¿Existe alguna otra liberación que Dios realiza en nosotros?

En el mundo hay muchas personas mudas y sordas. Esto no hace referencia a algún tipo de discapacidad física. Lo que quiero decir es qué hay personas que no pueden escuchar la voz de Dios que se comunica a través de diversos hechos. Tampoco pueden hablar de lo bueno que es Dios porque no han visto ni oído sus maravillas.

Pidamos a Dios que nos cure de la sordera y mudez espiritual. Que nos de la gracia de ver, oír y hablas las maravillas divinas. Que podamos gritar al mundo entero que Él nos ama y transforma nuestras vidas. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 7,31-37): En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!”.

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón

El corazón es la sede de todo los sentimientos, afectos e intenciones. Es en lo profundo del corazón donde nos encontramos con Dios. Es con el corazón que podemos amar pero también odiar. Si, así es. Del corazón puede salir lo mejor del ser humano pero también lo peor.

En la antigüedad existía la costumbre de pensar que habían alimentos puros y otros impuros. Se basaban en criterios puramente humanos para afirmar que las cosas externas podían definir la pureza o impureza de las cosas. Obviamente, estaban equivocados.

Pero también hoy podemos caer en la tentación de pensar que por mi condición de cristiano estoy fuera de toda culpa. Es con ir a misa tengo licencia para juzgar a todos. Repito, no podemos reducir el cristianismo a una serie de prácticas externas.

Pidamos al Señor que nos ayude. Pidamos que Dios purifique nuestro corazón y así pueda sacar del mismo obras de vida eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 7,14-23): En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: «¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» —así declaraba puros todos los alimentos—. Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí

Muchas personas piensan que ser cristianos consiste en cumplir una serie de normas y preceptos. Es decir, que reducen la práctica cristiana a ir al templo, participar en la misa o cumplir con la ofrenda.

Ciertamente, todo ello es muy bueno y necesario, pero si lo vivimos de externa y sin vivirlas desde adentro, corremos el riesgo de que todo sea un cumplimento externo y que no toque el corazón.

La ley puede ser resumida, toda ella, en el precepto del amor. El amor cristiano mira lo primero el bien del prójimo. Lo excusa y perdona todo. Incluso, ama al enemigo. Si amamos de esa manera, como Cristo nos amó, entonces cumplimos la ley. Ánimo, sabemos que humanamente no podemos. Por eso podemos apoyarnos en Jesús y en su gracia cumplir los mandamientos de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 7,1-13): En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Y cuantos la tocaron quedaban salvados

Jesús es sanación. En el pasado, donde quiera que iba el Señor, le seguían muchos enfermos en búsqueda de curación. Su sola presencia inspiraba esperanza de un futuro mejor.

También hoy Jesús está curando. Muchos se acercan buscando sentido en sus vidas. La sanación física es igual que la sanación espiritual. Los sufrimientos de este tiempo necesitan encontrar sentido en la Cruz de Cristo. Aquel que se encuentra con el Señor queda transformado definitivamente.

¡Ánimo! Pidamos a Dios que nos consuele y sane. El Señor es gracia para todos y todas.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,53-56): En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.

Era hombre justo y santo

La fuerza del bien hace que los que están en pecado se sientan denunciados. Cuando alguien se comporta según el plan de Dios hace que aquellos que no lo están haciendo así se conviertan en enemigos. Las personas que no quieren convertirse normalmente acusando o cslumnian a aquellos que si están en los caminos del Señor.

La calumnia es el arma más mortífera que utiiizan los malvados para desprestigiar a aquellos que por su conducta intachable le denuncian sus pecados. Por eso es importaste no hacer caso a las palabras. Se deben enfocar en las acciones no en las palabras que alegremente se dicen en conversaciones de perversos.

Los cristianos son aquellos que siempre suman. Siempre hablan bien. Siempre construyen. Esa es la vida que quiere Dios de nosotros. ¿Estás dispuesto a dejar de hablar mal del otro? Eso sería el gran milagro que Dios quiere hacer en cada uno de nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,14-29): En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos

Jesús ha convocado a sus discípulos para enviarlos en misión. De esa forma le hace partícipe de su propia misión. Les envía en la precariedad física pero con la fuerza de su espíritu. ¿Alguna vez has hecho esa experiencia?

He tenido la bendición de hacer la misma experiencia de los apóstoles y ha sido una de las más importantes de mi vida. Puedo dar el testimonio de que nada es comparable con la fuerza del evangelio llevado por medio de hombres y mujeres débiles.

El mundo necesita de nuestra disponibilidad para la misión. No podemos quedarnos callados y sentados. ¡Ay de nosotros si no anunciamos el evangelio! El tiempo de la misión es ahora. ¿Estás dispuesto?

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,7-13): En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.