Yo soy el pan de la vida

La vida nos viene de Dios. Él sacia toda nuestra hambre y toda nuestra sed. Hambre y sed de amor, justicia y perdón. En Jesús, Dios nos ha dado un alimento que nos lleva a la vida eterna. ¿Cuando podemos comer de este alimento?

La eucaristía es fuente de vida para todos. En ella podemos recargar nuestras baterías espirituales y experimentar un poco de cielo aquí es la tierra. La pascua de todos los días nos hace experimentar el amor de Dios en toda su dimension.

¡Nunca te pierdas de dicho alimento! Vayamos todos juntos al banquete del Señor. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 6,30-35): En aquel tiempo, la gente dijo a Jesús: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?

Cuando la palabra de Dios es proclamada busca realizarse o cumplirse en la vida concreta de cada uno de nosotros. Las enseñanzas transmitidas por Jesús a los apóstoles son las mismas que Dios quiere que aprendamos. Lo que Jesús le dijo a uno de sus discípulos también nos lo dice hoy.

En algunas circunstancias, nos cuesta reconocer la presencia de Dios en los acontecimientos que tenemos que vivir o en las personas con las que nos encontramos día a día. El Señor nos ofrece todos los días múltiples oportunidades para experimentar su presencia cercana.

Jesús nos acercó a Dios. Nos mostró con su amor y misericordia la verdadera naturaleza de Dios. Amando a Jesús, amamos al Padre Dios que en él nos ha perdonado nuestros pecados y nos ofrece una vida nueva. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 14,6-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

El que cree en el Hijo tiene vida eterna

Lo que ofrece Dios es vida eterna. No hay nada de maldad en lo que nuestro Señor nos ofrece a través de Jesucristo. Dios es un Dios de vivos y no de muertos.

En este tiempo pascual se nos ofrece reafirmar el gran misterio de nuestra Salvación. Dios ofreció a su único hijo como propiciación por nuestro pecados. En el Amor de Dios tenemos la oportunidad de una vida nueva. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,31-36): El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él.

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único

El Amor de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros es el centro de nuestra Fe. Dios quiere que vivamos en la luz y esto significa que debemos mantenernos en el amor de Dios siempre.

Mantenernos en el orgullo, la soberbia, la lujuria, el odio, el resentimiento y la avaricia nos hace estar en la tinieblas. Los hijos de la Luz perdonamos a nuestros enemigos, nos reconciliamos con nuestros hermanos, despreciamos los bienes de este mundo y procuramos amar hasta nuestros enemigos.

Pidamos a Dios la gracia de ser sus hijos. Solo así seremos verdaderamente felices. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,16-21): En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».

La paz con vosotros

¡Cuanta inquietud existe en el corazón de todos y todas! Las ocupaciones diarias nos mantienen en un constante ajetreo. Eso nos lleva a perder el horizonte. Nos hace creer que la verdad plena está en los dos o tres bienes que podamos acumular.

Cristo resucitado nos trae La Paz. Nos dice que no nos afanemos en tantas cosas. ¡La muerte ha sido vencida! Cristo ha resucitado y nos hace participar de su victoria sobre la muerte. Eso nos debe llevar a una paz plena. A una alegria que no tiene fin. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 24,35-48): En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

Mujer, ¿por qué lloras?

¿Por qué lloramos? Porque en este mundo solo hay tristeza y angustia. Ciertamente tenemos nuestros consuelos temporales pero también experimentamos todos los días la realidad de un mundo precario.

Jesús ha resucitado para que en nuestra vida no tengamos que llorar más. Resucita para convertir nuestra tristeza en gozo, para hacernos pasar de la muerte a la vida y así poder ser felices según Dios.

¡Ánimo! ¡Vivamos cincuenta días de resurrección!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 20,11-18): En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

¿Acaso soy yo, Señor?

La traición es uno de los pecados más graves que se pueden cometer. El mismo consiste en darle la espalda a las personas que nos han ayudado o amado. Es el gran pecado de Judas Iscariote por el cual se condujo a Jesús a la muerte de Cruz.

¿Alguno de los que leen este cometario a traicionado a alguien o ha sido traicionado? Es una experiencia que solo puede conocer quien la ha padecido. No hay cosa peor. Es por esos que Jesús ha elegido esta manifestación de lo peor de la naturaleza humana para darnos una lección.

De frente a la traición, Jesús permaneció fiel. De frente al engaño, Él permaneció leal. Nuestro Señor nos dio ejemplo de amor y santidad. Nos mostró de que su Padre Dios perdona siempre y sin límites. ¿Tú estás dispuesto a hacer lo mismo? Pidamos al Señor la gracia de hacer siempre su voluntad. Pidamos a nuestro Dios amor hasta con nuestros enemigos. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 26,14-25): En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle.

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».

En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará

¿Hay alguien que ha traicionado a Jesús? Tú qué lees estás líneas, ¿alguna vez has vendido al maestro nuestro Señor? Si de verdad tenemos iluminados nuestros pecados, nos daremos cuenta de lo débiles que somos y lo mucho que hemos traicionado a Jesús.

Cada vez que pecamos le damos la espalda al Señor y hacemos con nuestra vida lo que nos da la gana. Nos olvidamos del amor de Dios y llegamos a pensar que podemos vivir fuera de la voluntad divina. ¡Cuánto se sufre cuando no estamos en el amor!

Esta Semana Santa es para volver a la casa de Dios. No seamos con Judas. Seamos como Pedro que al igual que Judas le traicionó pero se arrepintió de su pecado y se dejó amar por Dios.

¡Ánimo! La misericordia está siempre disponible para nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 13,21-33.36-38): En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura

Jesucristo había hecho muchos milagros. Entre ellos, había resucitado a Lázaro. Muchos creían en Jesús por causa de Lázaro. Veían a uno que estaba muerto y ahora vivía. ¿Podemos tener la misma experiencia?

Ese es el centro de la Pascua de Resurrección que vamos a vivir en estos días. Nuestro Señor nos quiere hacer partícipes de su misterio Pascual. Quiere que resucitemos con Él. La muerte ha sido vencida. Ya no hay que vivir en luto.

¡Ánimo! Esta es la semana de nuestra salvación. Vivamos a plenitud su nuestra pascua.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 12,1-11): Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa.

Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás

Jesucristo vino a cumplir la misión encomendada por su Padre: salvar a todos. ¿De qué tiene que salvarnos? ¿Acaso necesitamos hoy la salvación?

Quizás no estamos en un peligro de muerte física, pero todos los días tenemos la amenaza de la muerte del ser. Cuando tenemos algún sufrimiento o tristeza, cuando nos despiden del trabajo o reprobamos alguna evaluación, cuando alguien nos traiciona o nos enfermamos gravemente. En todas esas situaciones podemos experimentar una muerte interior que nos parece que el cielo ya no está abierto.

La buena noticia es que Jesús abrió el cielo con su resurrección. Ya no tenemos que temer a ningún tipo de muerte. Ha sido vencida en Jesús. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,51-59): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás». Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?». Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró». Entonces los judíos le dijeron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy». Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.