Archivo de la etiqueta: Herodes

Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes

Ni fariseos ni Herodes. Los que hemos sido llamados por Dios a ser cristianos somos invitados a cuidarnos de reducir la Fe a un moralismo o vivir en un “relax ético” sin dar signos de conversión. El cristianismo no es ni una cosas ni la otra.

Jesús dijo claramente que vino por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos sin importar que sean judíos o gentiles. La salvación es universal. ¡Qué buena noticia!

Pidamos al Señor tener un corazón bien dispuesto que permita seguirle a donde quiera. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,14-21): En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

Era hombre justo y santo

La fuerza del bien hace que los que están en pecado se sientan denunciados. Cuando alguien se comporta según el plan de Dios hace que aquellos que no lo están haciendo así se conviertan en enemigos. Las personas que no quieren convertirse normalmente acusando o cslumnian a aquellos que si están en los caminos del Señor.

La calumnia es el arma más mortífera que utiiizan los malvados para desprestigiar a aquellos que por su conducta intachable le denuncian sus pecados. Por eso es importaste no hacer caso a las palabras. Se deben enfocar en las acciones no en las palabras que alegremente se dicen en conversaciones de perversos.

Los cristianos son aquellos que siempre suman. Siempre hablan bien. Siempre construyen. Esa es la vida que quiere Dios de nosotros. ¿Estás dispuesto a dejar de hablar mal del otro? Eso sería el gran milagro que Dios quiere hacer en cada uno de nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,14-29): En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?

La fama de Jesús se extendió por todas partes, al punto que las autoridades querían verle, conocerle, hablarle. ¿Cuál es la razón de tanto “éxito”?

Los poderes de la tierra se sorprende que alguien sencillo, cercano y pobre pueda suscitar tanta admiración. Jesús encarnaba lo que se esperaba de un hijo de Dios. Su humildad y autoridad eran dos características inseparables de su vida. El Señor nos muestra con su ejemplo el camino que debemos seguir.

¡Ánimo! El mundo se inclina ante los profetas de Dios. Tenemos al autoridad que viene de lo alto. ¡No tengamos miedo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,7-9): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.

La cabeza de Juan el Bautista

Juan El Bautista fue el precursor del Señor, preparando su camino mediante el bautismo de agua que conferían a muchos y el correspondiente llamado a conversión. También lo hacía dando ejemplo con sus actos.

¿Quién de nosotros es capaz de arriesgar hasta la misma vida por amor a Cristo? ¿Quien ama a Dios por encima de todos los bienes de este mundo? ¿Quién es capaz de amar a Dios por encima del dinero, la fama y el éxito en este mundo?

Sigamos las huellas luminosas de Juan El Bautista. Imitemos su forma de hablar y actuar. Hagamos de este santo varón un modelo de Vida diario para todos nosotros. Amén.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,17-29): En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

De Egipto llamé a mi hijo

La muerte es parte de la vida. Se alternan constamente el sufrimiento y la alegria, la guerra y la Paz, el
Odio y el Amor. Estamos en un combate constante, ¿quién ganará?

Nuestro Señor Jesús, desde el momento de su nacimiento experimentó la persecución y el odio. Fue rechazado por el poder establecido en su tiempo. Huyó con su familia a Egipto, símbolo de esclavitud y opresión. Pero, ¿qué sucedió? ¡Fue salvado para salvar!

Nuestro Jesús salva a todos de la muerte y nos hace experimentar la victoria sobre nuestros sufrimientos. Esa es la buena noticia que nos da la Navidad. Ciertamente nos toca sufrir, es parte de la vida. Pero Dios siempre nos libra de todo mal. ¡Ánimo! El nace para salvarnos y liberarnos de los “herodes” de nuestra vida. Nunca te desanimes.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 2,13-18): Después que los magos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al Niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al Niño para matarle». Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».

Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen».

¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?

La buena noticia predicada por los apóstoles y profetas de todos los tiempos no es cuento de hadas. Todavía mantiene la fuerza que tiene por los señales, prodigios y signos que le acompañan.

El mundo, simbolizado en tristes figuras como Herodes, se asombra y piensa que con dar muerte a un profeta todo acaba. Nuestro mundo desacredita mediante diferentes medios a las personas que intentan llevar un mensaje de esperanza y salvación. No importa. Podemos ser asesinados por los poderes oscuros de este mundo, pero nuestro mensaje permanecerá siempre porque es el mensaje de Dios para la salvación y felicidad del todos y todas.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,7-9): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.

Sabiendo que era hombre justo y santo

Juan El Bautista fue un profeta de Dios. Fue el encargado de preparar los corazones de los hombres y mujeres de su tiempo para recibir al Señor como Mesías. Su modo de vida era la encarnación de su mensaje. Como nazir o consagrado de Dios predicaba la conversión y bautizó en agua a miles, incluyendo al Señor en el río Jordan. ¿Como se relaciona este noble hombre con nosotros?

Muchos de nosotros vivimos la vida en tibieza. Esto quiere decir que no somos radicales en el cumplimiento del evangelio. Es por eso que nadie nos persigue no nos acusa. Somos mundanos. Nos ocupamos de las cosas de Dios cuando no tenemos nada “más importante” que hacer. Es decir, no somos cristianos de Fe adulta.

Juan El Bautista es uno capaz de dar la vida por su Fe. ¿Qué piensas? ¿Acaso esto es solo para los pocos “locos” que se hacen radicales por el amor a Dios? Mis queridos hermanos, esta llamada es para todos los cristianos. Todos estamos llamados a la santidad. Tenemos una vocación al martirio de sangre si fuera necesario. ¿Tú estarías dispuesto? Ciertamente no somos capaces, pero en Dios todo es posible. Esa es la radicalidad que provoca en nosotros la perfecta alegría. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,17-29): En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. 

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?

Jesús hablaba en parábolas. Algunos pensarán que debió de complicar su discurso y decir las cosas de una manera más llana y abierta. La realidad es que hablando de la manera en que lo hacía lograba muchos propósitos. Entre ellos, saber cuál era la intención real de quienes le escuchaban.

Todo podemos tener la actitud de Herodes o de los fariseos. Es decir, podemos oír pero hacerlo con doblez. Ser hipócritas y estar tratando de acomodar el mensaje evangélico a nuestros propios intereses. Esa no es la actitud que quiere Jesús.

Nos invita a descubrir su acción en nuestra vida. A darnos cuenta que Él es quien multiplica los panes y los peces. Esto quiere decir que con su ayuda podemos siempre tener alimento material y espiritual. En su gracia podemos ser verdaderamente felices. 

Recordemos hoy cuanto nos ama Dios. Esa es la clave de nuestra verdadera felicidad.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,14-21): En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

De Egipto llamé a mi hijo

En las escrituras Egipto es símbolo de esclavitud, muerte, cadenas y oscuridad. Es en Egipto donde el pueblo de Israel permaneció esclavo hasta ser liberados por Dios. Su grito de auxilio se escuchó en los cielos y fue atendido por el mismo Dios. ¿Esto tiene algo que ver con nosotros?

En nuestra vida hemos experimentado, digamos así, momentos de sufrimiento y de dolor. Es parte de la vida tener momento de oscuridad y pena. Este tiempo de Navidad es precisamente momento propicio para descubrir que el centro de lo que celebramos es precisamente una respuesta plena y definitiva a nuestros problemas y penas.

Dios ha enviado a su único hijo para salvarnos de la muerte y del pecado. La alegría de este tiempo consiste en que todos tenemos Herodes que nos quieren matar pero el Señor nos libra de la muerte. Los “Herodes” de este tiempo pueden ser los que quieren impedir que hagamos la voluntad de Dios, los que nos persiguen, los que nos martirizan con sus burlas, quejas y objeciones. 

Ha llegado el momento de reconocer y querer que Jesús nazca en nuestros corazones. Solo así podemos experimentar la verdadera liberación. ¡Ánimo! ¡No temas!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 2,13-18): Después que los magos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al Niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al Niño para matarle». Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». 
Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen».

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Los expertos, gurús, sabios e inteligentes de este son admirados y reconocidos. Vivimos en la era del coaching, las dietas y la superación personal. Todo el mundo busca a un “especialista” que le diga u oriente de cómo avanzar en la vida. Al más sabio e inteligente de todos los tiempos, nuestro Señor Jesús, ¿como lo trataron sus contemporáneos?

Imagínense, al que es la sabiduría encarnada y la plenitud del conocimiento, lo rechazaron y persiguieron. Su mismo pueblo no acogió el mensaje de salvación a pesar de ser testigos de tantos milagros, obras y señales. A nosotros nos puede pasar lo mismo.

Nos atraen los discursos que vemos en los videos, llamados virales, que vemos en nuestras redes sociales. Nos fascinan los mensajitos de consejos prácticos y superficiales de cómo ser mejores o cómo manejar determinado tema. Pues les digo algo, lo que Jesús ha dicho y nos dice hoy en mucho mejor y mayor que todas esas cosas chulas que vemos por los diferentes medios de comunicación.

Nuestro Jesús es el mejor gurú, experto, especialista, guía, maestro, coach o animador que podamos tener. Nunca lo rechaces o mejor dicho, nunca prefieras otros mensajes o enseñanzas. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 13,31-35): En aquel tiempo, algunos fariseos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte». Y Él les dijo: «Id a decir a ese zorro: ‘Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén’.
»¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra casa. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».