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¿Quién dice la gente que soy yo?

Cuando te toca hablar de Jesús, ¿qué dices de Él? Muchas veces ni siquiera hablamos de nuestra experiencia de fe con los amigos, familiares o personas con quien nos encontramos en nuestra vida diaria.

Aquel que ha experimentado profundamente en su vida el amor de Dios tiene celo por anunciar la buena noticia de que Jesús ha venido a salvarnos a todos y mostramos el amor de Dios.

¡Proclamemos en todo momento y en todas partes las maravillas de Dios! Demos testimonio valiente de lo que Dios ha hecho en nuestra vida. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,18-22): Sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado». Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contestó: «El Cristo de Dios». Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día».

Mi paz os doy

El origen de toda paz está en Jesús. El antiguo testamento anuncia a un amesias que vendrá a la tierra como príncipe de paz. Es decir que si queremos tener paz en nuestras vidas, estamos invitados a recibirla de Jesucristo.

¿De donde vienen todas las guerras? ¿Por qué hay odio y discordia entre nosotros? Las guerras surgen en el corazón de las personas. Los conflictos tienen su origen en el corazón de la gente que no tiene paz.

Para alcanzar la verdadera y profunda paz es necesario apoyarse en Jesús. Si habita en nuestro corazón podemos experimentar la verdadera, profunda y plena paz. Pidamos a Cristo que nos pueda dar siempre de su paz. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 14,27-31a): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».

Yo soy la luz del mundo

Ya se acerca la semana más importante del año. Dentro de pocos días tendremos la bendición de celebrar una vez más el misterio de nuestra salvación. Si nos hemos preparado bien en esta cuaresma podremos avivar nuestra Fe y crecer en el conocimiento del amor de Dios.

La pascua es el tiempo litúrgico en el que los cristianos celebramos la victoria sobre la muerte. Hacemos presente que la luz triunfa sobre la oscuridad. Y eso podemos afirmarlo porque solos testigos de este misterio.

Con nuestras vidas podemos testimonear que Dios tiene el poder de devolvernos a la vida. Esa es la clave de nuestra felicidad, de la celebración de los próximos días. ¡Victoria!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,12-20): En aquel tiempo, Jesús les habló otra vez a los fariseos diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida». Los fariseos le dijeron: «Tú das testimonio de ti mismo: tu testimonio no vale». Jesús les respondió: «Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio vale, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni a dónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y si juzgo, mi juicio es verdadero, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado. Y en vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo y también el que me ha enviado, el Padre, da testimonio de mí».

Entonces le decían: «¿Dónde está tu Padre?». Respondió Jesús: «No me conocéis ni a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre». Estas palabras las pronunció en el Tesoro, mientras enseñaba en el Templo. Y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora.

Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo

Dios elige a unos pocos para que sean “sal, luz y fermento de la tierra”. Nos llama a ser testigos suyos. Nos invita a reconocer a Jesús como nuestro Señor y Mesías. ¿Quién es para ti Cristo?

Cuando podemos observar nuestra vida con los ojos de la Fe, nos damos cuenta que nuestro Padre Dios está presente siempre. Al abrir nuestro corazón a su palabra nos constituimos en una especie de presencia suya aquí en la tierra. Él quiere actuar a través de nosotros, pobres pecadores.

Pidamos al Señor que nos permite ser como Pedro, para que pueda el Señor edificar su iglesia a través de nosotros. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 16,13-19): En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes

Ni fariseos ni Herodes. Los que hemos sido llamados por Dios a ser cristianos somos invitados a cuidarnos de reducir la Fe a un moralismo o vivir en un “relax ético” sin dar signos de conversión. El cristianismo no es ni una cosas ni la otra.

Jesús dijo claramente que vino por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos sin importar que sean judíos o gentiles. La salvación es universal. ¡Qué buena noticia!

Pidamos al Señor tener un corazón bien dispuesto que permita seguirle a donde quiera. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,14-21): En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos

En algún momento de nuestra vida todos hemos tenido algún momento de sufrimientos o desesperación. Nos sentimos solos y necesitamos de ayuda. Cristo no se queda ajeno a esta realidad. ¡Todo lo contrario!

Jesús se hizo hombre para salvarnos a todos. ¿De qué necesitamos ser salvados? Precisamente de todo aquellos que nos lleva a la muerte. Nuestro Salvador provee alimento que sacia todas nuestras necesidades. Ese es el centro de nuestra Fe, el centro del cristianismo.

Esperemos la fiesta del Bautismo del Señor en la seguridad de que Dios provee siemore para nosotros el alimento de su amor. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6, 34-44): En aquel tiempo, vio Jesús una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor, y comenzó a enseñarles muchas cosas. Y como fuese muy tarde, se llegaron a Él sus discípulos y le dijeron: «Este lugar es desierto y la hora es ya pasada; despídelos para que vayan a las granjas y aldeas de la comarca a comprar de comer». Y Él les respondió y dijo: «Dadles vosotros de comer». Y le dijeron: «¿Es que vamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?». Él les contestó: «¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo». Y habiéndolo visto, dicen: «Cinco, y dos peces».

Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos de comensales sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, bendijo, partió los panes y los dio a sus discípulos para que los distribuyesen; también partió los dos peces para todos. Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestas llenas de los trozos que sobraron de los panes y de los peces. Los que comieron eran cinco mil hombres.

El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Podríamos decir: “¡más claro! Ni el agua”. Jesús puso a sus seguidores condiciones muy claras. Si quieres ser cristiano, debes renunciar a todos sus bienes. Nada ni nadie puede estar por encima de Dios y su voluntad. ¿Estás dispuesto a renunciar a todos tus bienes?

El tema es que nunca hemos pensado seriamente en esto. Vivimos un cristianismo “a la medida” de nuestra razón. Pensamos que suena muy bien el evangelio pero que tampoco debemos exagerar. Adaptamos el mensaje de radicalidad evangélica a nuestra mentalidad chata y gris. Somos unos cristianos mediocres.

Hermanos y hermanas. No tenemos otra opción que renuncia a nuestros bienes afectivos, materiales y sociales. Ese es el camino de Cristo, ¿estás dispuesto a seguirlo? ¡Demuéstralo con hechos!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

»Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo

Todos las casas tienen puerta. Es el punto de entrada y salida a cualquier recinto o edificación construido por los seres humanos. Es un punto fundamental si se quiere participar de lo que está en el interior de lugar en donde queremos entrar.

Jesús ha dicho que Él es la puerta. Esto quiere decir que para tener vida eterna en nosotros, es importante pasar por la puerta del Señor. ¿En donde podemos ver de manera más clara el significado de la puerta? En la Cruz.

La cruz es símbolo de todo lo que nos hace sufrir, no aceptamos o nos cuesta trabajo aceptar. Es decir, la Cruz es la realidad de día a día, que a veces va en contra de nuestros deseos, pero Dios la permite para nuestra santificación.

¡Ánimo! Entremos por la puerta que nos regala Dios. Ella nos conduce a la felicidad verdadera. Nos hace bendecir a Dios en todo momento y lugar. ¡Adelante!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 10,1-10): En aquel tiempo, Jesús habló así: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.

Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados

El reconocimiento de Cristo con Señor es fundamental en nuestra Fe. Parte del Credo que decir “creo en Jesucristo, nuestro único Señor”. Desde los inicios de la iglesia, los fieles de todos los tiempos, han reconocido a Jesús como Dios. ¿En qué nos beneficia esa profesión o confesión de nuestra Fe?

Todos hemos buscado la vida o felicidad en tantas cosas. Estamos luchando y trabajando diariamente para tener más dinero, más afectos, más fama y reconocimiento. Todos nuestros esfuerzos están encaminados a realizar nuestro proyecto particular de felicidad aquí en la tierra. Más sin embargo, ¿qué descubrimos? Que nada de eso da respuesta absoluta y definitiva. Todas las cosas son precarias. El que dice amarnos, nos traiciona. El dinero se nos van o provoca pleitos familiares. La salud es tan precaria que en cualquier momento podemos desfallecer. Entonces, ¿qué hace? Buscar la vida donde realmente está. Esa es la clave.

La vida es reconocer que Jesús es el ÚNICO Señor. La fuerza de su amor y perdón sana todas nuestras heridas y nos hace ser felices con lo que Él nos da. ¡Oh admirable ternura! Dios nos ama tanto que en Jesús nos ha entregado la clave de la felicidad, de la vida eterna. ¡Créetelo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,21-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos:«Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?». El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados».

Entonces le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él». Al hablar así, muchos creyeron en Él.

Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre

En nuestras iglesias estamos muy acostumbrados a la predicación. Hablamos y enseñamos sin parar. Llamamos a conversión a los de adentro a los de fuera. En fin, estamos siempre señalando los pecados de los demás e identificando sus faltas. ¿Qué debería el cristiano hacer para ayudar a otros en sus particulares caminos de salvación? ¡Poner en práctica lo que predica!

Es muy fácil, en el mundo religioso, caer en moralismo externos. Estamos siempre inclinados a práctica una vida de Fe basada en cumplimientos a un conjunto de normas y preceptos. Nada de eso es malo. Pero, lo que dice Jesús, es que para ser de su familia, verdaderos hijos de Dios, hace falta poner en práctica su palabra.

Hacer lo que Él nos dice es amar, perdonar, comprender, excusar, considerar a los otros como superiores, ¿haces todo eso? Si tu respuesta es No, entonces quiere decir que estás viviendo la Fe como si fuera una Doctrina. ¡Ánimo! Pongamos en práctica la palabra hoy que consiste en amar a todos y todas. Apoyados en nuestro Dios podemos realizarlo.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 3,31-35): En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».