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Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?

Jesús sube a Jerusalén para mostrar al mundo una nueva forma de amar. Él entra en casa de samaritanos, publícanos y pecadores para mostrar que ha venido sa salvar a todos. Su misión consiste en perdonar los pecados de los que se han alejado de Dios.

Nosotros muchas veces actuamos de forma diferente. Respondemos con ira y violencia. Nos creemos superiores a los demás y por eso juzgamos a nuestros prójimos. Ese no es el camino de Jesús.

Amemos y perdonemos al prójimo. Mostremos la naturaleza de Dios amando a todos sin excepción. Esa es la naturaleza divina. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor

La verdad es que hemos pecado mucho. Reconozcamos que no tenemos obras buenas que mostrar. Pensemos que a la hora de hacer el bien, sólo el quererlo está a nuestro alcance. Esto último lo dice nada más y nada menos que el mismísimo San Pablo.

La buena noticia es que nuestro Señor perdona TODOS nuestros pecados. Él, que es todos misericordia, nos perdona mucho. No toma en cuenta nuestros pecados. Nos ama en la dimensión de la Cruz.

Descansa, reposa, no tengas miedo. Déjate amar por Dios. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,36-50): En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará

El amor a Dios supera todo. Los bienes materiales y afectivos nunca estarán por encima de lo que Dios debería representar en nuestras vidas. Su amor a nosotros y su misericordia nos hace amar las cosas en su justa dimensión. Su amor purifica la relación que podemos tener con las cosas de este mundo.

Cuando nos liberamos de las esclavitudes que construimos con los ídolos de este mundo, nos encontramos ligeros de equipaje y prestos a hacer la voluntad de Dios. La evangelización es la labor para importarse qué podemos hacer. La voluntad de Dios es que demos la vida por todos. Que anunciemos el amor de Dios. ¿Estás dispuesto? ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 10,34–11,1): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado

La fe se suscita en el momento en que tenemmos un encuentro personal con el Señor. Este encuentro se concretiza cuando nos convertimos en testigos del amor de Dios. En el mismo instante cuando en nuestra vida se realiza el milagro de la conversión.

¡Hemos resucitado! Nos hemos levantado de la muerte. Con el perdón de nuestros pecados, Dios nos ha hecho hijos suyos. Semejantes a su hijo Jesucristo que lo sana todo y lo transformar todo.

Dejemos que Jesús nos ayude a salir del pecado y seamos introducidos en la vida que no acaba nunca.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 9,18-26): En aquel tiempo, Jesús les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postró ante Él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré». Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado». Y se salvó la mujer desde aquel momento.

Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Mas, echada fuera la gente, entró Él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca.

¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados

El milagro más grande que se puede realizar es transformar el corazón de una persona. Los milagros físicos están en función del milagro moral. Se curan los enfermos o expulsan los demonios para suscitar la fe en las personas curadas y/o los testigos de ese milagro.

Por tanto, pedir a Dios con humildad el verdadero milagro es lo más importante. Experimentar el perdón de nuestros pecados. Dejarnos amar por él y transformar nuestra vida sobre la base de ese amor es fundamental. Amar a Dios en lo más importante de de nuestra vida. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 9,1-8): En aquel tiempo, subiendo a la barca, Jesús pasó a la otra orilla y vino a su ciudad. En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados». Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: «Éste está blasfemando». Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados —dice entonces al paralítico—: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial

Hay muchas personas buenas en el mundo. Gente que procura hacer el bien. Entre ellas hay muchas de diversas religiones, filosofías e ideologías. Inclusive hay personas que en conciencia intentan hacer lo mejor aún sin tener una fe definida. Para nosotros los cristianos, ellos representan el reflejo de la bondad de Dios en el mundo. Si eso es así, ¿qué distingue al Cristiano de todas personas buenas? El amor al enemigo.

Los cristianos tienen la naturaleza de su Padre Dios. Dios es amor radical y absoluto a todos. Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos. Dios es puro amor, incluyendo a aquellos que ni siquiera creen en él. Esa es la novedad que hace del cristianos la salvación del mundo entero.

Pidamos a Dios que nos conceda su naturaleza. Pidamos perdonar y amar a todos aquellos que en algún momento nos han hecho algún mal. Pidamos la salvación para aquellos que nos han hecho mucho mal… solo así seremos cristianos de verdad. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 5,43-48): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único

El Amor de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros es el centro de nuestra Fe. Dios quiere que vivamos en la luz y esto significa que debemos mantenernos en el amor de Dios siempre.

Mantenernos en el orgullo, la soberbia, la lujuria, el odio, el resentimiento y la avaricia nos hace estar en la tinieblas. Los hijos de la Luz perdonamos a nuestros enemigos, nos reconciliamos con nuestros hermanos, despreciamos los bienes de este mundo y procuramos amar hasta nuestros enemigos.

Pidamos a Dios la gracia de ser sus hijos. Solo así seremos verdaderamente felices. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,16-21): En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».

En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará

¿Hay alguien que ha traicionado a Jesús? Tú qué lees estás líneas, ¿alguna vez has vendido al maestro nuestro Señor? Si de verdad tenemos iluminados nuestros pecados, nos daremos cuenta de lo débiles que somos y lo mucho que hemos traicionado a Jesús.

Cada vez que pecamos le damos la espalda al Señor y hacemos con nuestra vida lo que nos da la gana. Nos olvidamos del amor de Dios y llegamos a pensar que podemos vivir fuera de la voluntad divina. ¡Cuánto se sufre cuando no estamos en el amor!

Esta Semana Santa es para volver a la casa de Dios. No seamos con Judas. Seamos como Pedro que al igual que Judas le traicionó pero se arrepintió de su pecado y se dejó amar por Dios.

¡Ánimo! La misericordia está siempre disponible para nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 13,21-33.36-38): En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas

Las parábolas eran la forma sencilla y hermosa que utilizaba Jesús para enseñar y comunicar las maravillas de Dios. El Señor utilizaba un lenguaje cercano para hablar a los pequeños y humildes. Sus palabras, llenas de sabiduría, siempre producían frutos en aquellos que le escuchaban con rectitud de intención.

Su anuncio del Reino de los Cielos se hacía presente, justamente, mediante una presencia sencilla pero potente. Nuestro Señor inauguraba con su presencia en la tierra una nueva etapa. Dios se ha hecho cercano a través de Jesucristo.

Escuchemos la voz de Dios que hoy y siempre quiere hablarnos. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 4,26-34): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.

¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?

Simple. La ley no está por encima del amor. Jesús hizo presente el Amor de Dios sanando y salvando. Dios se ha hecho presente en la tierra a través del perdón y la misericordia para todos.

Es importante salir de los falsos conceptos que tenemos del cristianismo. Jesús nunca anunció moralismos y normas. ¡Todo lo contrario! De hecho, denunció con vehemencia la conducta de fariseos que cumplían la ley externamente y la instrumentalizaban a favor de sus intereses personales.

Nuestro Señor anunció y realizó el Amor. Si hoy tienes algo contra alguien, pide perdón. Si alguien te esá pidiendo ayuda, dale el servicio requerido. Si tienes un enemigo, ora a Dios por él y no le tengas odio o rencor. Esa es la ley cumplida en Jesucristo: el Amor.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 3,1-6): En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.