Archivo de la categoría: Uncategorized

Vosotros hacéis las obras de vuestro padre

Cuando observamos a un niño o niña nos damos cuenta de que en su aspecto hay parecidos y semejanzas con su padre o madre. La genética confirma que somos el resultado de la herencia genética de nuestros progenitores. En nuestros genes hay códigos heredados de nuestros padres por tanto podemos afirmar que la manera de confirmar si somos verdaderos hijos de nuestros progenitores es verificando nuestro código genético o lo que sería igual, nuestra naturaleza.

Jesús aprovecha esta realidad para hacerles ver a los de su generación que ser hijos de Dios es tener la naturaleza de Dios. Para ser verdaderos descendientes de Abraham hay que hacer las obras de este padre de la Fe.

Lamentablemente muchas veces vemos como nuestra obras no se parecen a las de Dios. Murmuramos, juzgamos, mentimos y guardamos resentimiento. En fin, pecamos y nos alejamos de Dios. 

Este tiempo final de la Cuaresma tiene como objetivo precisamente acercarnos a Dios. Lo más importante es este tiempo es conocer la verdad del amor de Dios y mediante dicha realidad hacernos libres del pecado y de la muerte.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,31-42): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre».
Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abraham». Jesús les dice: «Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios». Jesús les respondió: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado».

Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca

Hoy se hace realidad el evangelio. Hoy todos somos invitados a hacer penitencia. ¿Por qué? Porque lo más importante es preparar el corazón al Señor. Abrir nuestro mente y nuestra alma al amor de Dios y su acción.

Jesucristo se manifiesta con poder sanando y dando amor a todos los hombres y mujeres de todas las generaciones.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 4,12-17.23-25): En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz». 
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.

La gente se alegraba con las maravillas que hacía

Texto del Evangelio (Lc 13,10-17): En aquel tiempo, estaba Jesús un sábado enseñando en una sinagoga, y había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada, y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios. 
Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado». Le replicó el Señor: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?». Y cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban confundidos, mientras que toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía.

Veréis el cielo abierto

Nos encanta que las personas nos llamen por nuestro nombre. Nos anima y entusiasma saber que somos importantes para alguien. Las demostraciones de cariño y afecto empiezan por mostrar cercanía y conocimiento de jurareis gustos y aspiraciones. Jesús era experto en estos detalles.

Cuando Nathanael es reconocido por Jesús él se siente importante. Se asombra de que alguien le conozca como Jesús le conoce. Se siente amado profundamente. Esto es como si el cielo se abriera.

Hoy somos invitados a descubrir el amor de Dios. Sentirnos queridos por Él es como si el cielo se nos abriera. El abrir del cielo significa que ya no tenemos que temer ya que nuestros miedos, oscuridades y dudas quedan resueltas en Dios. Él nos abre el cielo para que tengamos esperanza y alegría y que vivamos en la luz. 

Ábrete al cielo y abre tu corazón al amor de Dios.

Leer:

Jn 1,47-51: Veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:

-Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.

Natanael le contesta:

-¿De qué me conoces?

Jesús le responde:

-Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

Natanael respondió:

-Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. 

Jesús le contestó:

-¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.

Y le añadió:

-Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Y buscaba verle

Los informes mundiales dan por hecho que hay una tendencia global hacia la secularización. Hoy en día el hombre moderno se está olvidando de Dios. Pareciera que el mundo se enfrenta a su creador.
En tiempo de Jesús, el rey Herodes buscaba encontrarle y conocerle. Su intención no era la conversión. Tenía una curiosidad mala y la intención de darle muerte. 
En el día de hoy donde celebramos una fiesta de la madre de Jesús, somos invitados a acoger al Señor en nuestro corazón y no matarle en nuestro corazón como Herodes quería hacerlo.
Que la Virgen María nos enseñe el camino de vida que lleva a la felicidad que su hijo nos ofrece hoy. Somos fruto de la misericordia de Dios que nos ama y quiere habitar en nuestro corazón.
Leer:
Texto del Evangelio (Lc 9,7-9): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.

¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?

Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14): En una ocasión, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».

Les enseñaba como quien tiene autoridad

Las enseñanzas de Jesús, o por lo menos una parte, están consignadas en las Sagradas Escrituras. Una de las cosas que el Señor hizo en su paso por esta tierra fue enseñar. Predicaba e instruía siempre a todos los hombres y mujeres que le acompañaban o eran objeto de sus milagros y obra salvífica. Precisamente uno de los temas centrales de su doctrina fue poner en practica lo que se predica.

Tenemos que reconocer que el principal desafío de la vida cristiana es que no haya un divorcio entre Fe y Vida diaria. Tenemos la tentación de asumir que ser cristiano es hacer cosas y cumplir con ritos. Pensamos, como los escribas y fariseos, que llevar una vida según la voluntad de Dios es someterse al cumplimiento de leyes y preceptos.

Nadie que diga que cree en Dios puede pensar en ir a misa y al mismo tiempo odiar a su prójimo. ¡Eso sería un absurdo! Cuantas veces hemos caído en esa tremenda contradicción.

Lo importante es edificicar sobre roca poniendo siempre en práctica la palabra de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 7,21-29): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’. 
»Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».
Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

Él dará testimonio de mí

Dar testimonio es algo muy serio y comprometedor. Cuando alguien habla bien de otra persona está comprometiendo su prestigio. Está dando Fe de que alguien que significa que empeña su palabra a favor de una persona. Muchas personas confían en otras precisamente por estas referencias y testimonios.

El testimonio que podemos hacer de Jesús no viene de nuestra “carne y sangre”. Es fruto del Espíritu Santo que nos envía el Señor para que habite en nuestros corazones. ¿Cuál es el verdadero testimonio?

El de sufrir persecución por amor a Cristo. Estemos siempre dispuestos a ser rechazados por amor al evangelio. 

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 15,26—16,4): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho».

La señal de Jonás

¿Qué le pedimos a Dios? Que nos cambie la vida, que nos sabe de una enfermedad, que nos ayude a pasar un examen, que no permita tener una casa o carro, que podamos conseguir una buena esposa o esposo; en fin, un número amplio de necesidades y deseos. Oramos siempre en petición como si Dios fuera una secretaria o genio que concede deseos a quien se lo pide. Esto es una perversidad y degradación de la Fe cristiana.

La generación de Jesús no lo acepta entre otras cosas porque quiere acomodar a Jesús a sus esquemas “mesiánicos” y doctrinales. No entienden que lo que se manifiesta en Jesús es la VERDADERA naturaleza y misión de Dios. 

La “señal de Jonás” es la de uno que entra en la muerte y resucita a los tres días. Jonás es tragado por la ballena pero no muere. Dios le salva de ese peligro y le envía a anunciar su mensaje de salvación. Jesús es uno que muere en la cruz pero resucita al tercer día. La verdadera señal cristiana es la resurrección que quiere decir la victoria sobre la muerte.

La palabra de Dios nos invita a aceptar la voluntad de Dios. Una “señal” quiere hacer el Señor con nosotros y esta es la de dar muerte a nuestro hombre viejo en este tiempo cuaresmal mediante el ayuno, la oración y la limosna. Luego dar la vida eterna a todos los hombres y mujeres que acepten su palabra de salvación. ¡Ánimo! Entremos en la Cuaresma para resucitar en la Pascua.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 11,29-32): En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente, Jesús comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».

Esto es lo que ha hecho por mí el Señor

La esterilidad en la antigüedad era sinónimo de maldición. Esterilidad significaba un futuro incierto, que algo salió muy mal en nuestras vidas o que no se ha tenido el favor de Dios.

Los seres humanos tenemos nuestras propias “esterilidades”. Momentos difíciles que nos hacen sentir abandonados de Dios o incapaces de ser felices en esta vida. ¿Para qué Dios ha permitido esos momentos oscuros? Precisamente para manifestar su gloria.

Dios es aquel que da la vida y la muerte. Esta dinámica natural de la vida sirve para que recordemos que somos criaturas no dioses. La felicidad es tener la seguridad de que Dios siempre aparece y nos saca de la oscuridad, de nuestras “esterilidades”.

¡Ánimo! Ya viene el Señor! Seremos el pesebre donde el mismo Jesús nacerá. Pasaremos de ser “estériles” de obras buenas a padres y madres del mismo Jesús naciendo en nuestros corazones.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 1,5-25): Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel; los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad.

Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso. Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto».

Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad». El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo».

El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres».