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El que tenga oídos, que oiga

La disposición interna en nuestro corazón es fundamental para aceptar a Jesús en nuestro corazón. La acogida implica una apertura sincera y extrema. Nadie puede tener un encuentro profundo con el Señor sin reconocer en Él al mesías y Salvador.

Cuando en las escrituras se dice “el que tenga oídos que oiga” lo que se quiere es invitar a los que escuchan a una recta actitud ante la predicación. El que tenga oídos que oiga o mejor dicho que quiera oír. Esa es la clave de la frase. Hay personas que teniendo el oído para escuchar no lo hacen, porque teniendo oídos no escuchan porque no quieren escuchar.

Pidamos a Dios un corazón puro y recto que pueda acoger con radicalidad total al Señor en su corazón.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 11,11-15): En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga».

¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?

La fama de Jesús se extendió por todas partes, al punto que las autoridades querían verle, conocerle, hablarle. ¿Cuál es la razón de tanto “éxito”?

Los poderes de la tierra se sorprende que alguien sencillo, cercano y pobre pueda suscitar tanta admiración. Jesús encarnaba lo que se esperaba de un hijo de Dios. Su humildad y autoridad eran dos características inseparables de su vida. El Señor nos muestra con su ejemplo el camino que debemos seguir.

¡Ánimo! El mundo se inclina ante los profetas de Dios. Tenemos al autoridad que viene de lo alto. ¡No tengamos miedo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,7-9): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.

Ningún profeta es bien recibido en su patria

Muchas veces hemos recibido alguna corrección o recomendación de algún hermano de la iglesia, amigo o familiar. Ante sus palabras, nos hemos sentido mal y molestos le hemos dicho frases como: “hermano no juzgues” o “quien eres tú para corregirme”. Es decir, nos resistimos a la palabra que viene de Dios a través de una persona cercana o de nuestro entorno.

Ha dicho Jesús que un profeta jamás será bienvenido en su tierra. Esto quiere decir que muchas veces nos fijamos en lo externo y somos ciegos a la hora de reconocer la presencia de Dios en los diferentes ambientes y en diversos medios.

El Señor nos invita a nunca rechazar a Dios. Nos invita a acoger su palabra, sobre todo cuando viene a través de medios y formas no convencionales. ¡Ánimo! Cristo te ama ciertamente y está siempre a nuestro lado para salvarnos y curarnos.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 4,24-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

A quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia

¿Cuál es la misión del cristiano? A los que nos toca evangelizar, ¿tenemos alguna situación de privilegio? Juan El Bautista nos ilumina con sus respuestas.

Los que tenemos la Fe cristiana estamos llamados a dar testimonio de Jesús con obras y acciones. No somos los protagonistas de la salvación de nadie. El centro de toda conversión y plan salvífico es Jesús y nadie más.

Juan Bautista, que tenía una buena y extraordinaria fama, lejos de aprovecharse de las ventajas que pueda proveerle su misión, mostrando verdadera humildad, dijo a todos que él era un simple servidor de una misión mucho más grande que él.

¡Ánimo! Que en este nuevo año, Dios nos de el Espíritu del Bautista. Humildad y sencillez en todo.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 1,19-28): Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

El más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él

La elección de Dios supera toda lógica humana. En un mundo donde todos nos esforzamos por ser mejores, superar a los demás, en definitiva, competir por los primeros lugares en la sociedad, Dios nos ha dado un nuevo tipo de ser en esta vida.

Los pequeños son los preferidos del Señor. Al punto que le ha dado mayor dignidad que a profetas. Estos pequeños son símbolo de aquellos cristianos que buscan ocupar el último lugar, servir a los demás y poner en práctica la palabra.

El Señor nos invita a ser pequeños. Nos pide que renunciemos a nuestras grandes aspiraciones terrenales y nos apoyemos en Él para realizar su proyecto de salvación. Lo demás, se nos dará por añadidura.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 11,11-15): En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga».

¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?

La buena noticia predicada por los apóstoles y profetas de todos los tiempos no es cuento de hadas. Todavía mantiene la fuerza que tiene por los señales, prodigios y signos que le acompañan.

El mundo, simbolizado en tristes figuras como Herodes, se asombra y piensa que con dar muerte a un profeta todo acaba. Nuestro mundo desacredita mediante diferentes medios a las personas que intentan llevar un mensaje de esperanza y salvación. No importa. Podemos ser asesinados por los poderes oscuros de este mundo, pero nuestro mensaje permanecerá siempre porque es el mensaje de Dios para la salvación y felicidad del todos y todas.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,7-9): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.

Yo soy voz del que clama en el desierto

Todos hemos tenido momentos en los que alguien nos ha hablado de Dios o de parte de Dios. Hombres o mujeres se nos han pasado al frente y sin ser casualidad han dejado huellas en nuestra vida. Son como ángeles o profetas de parte de Dios. Conviene preguntarnos, ¿los hemos acogido como tales?

Las autoridades judías en tiempo de Jesús no comprendieron lo que estaba pasando. Algunos inclusive pensaban que Juan El Bautista era el Mesías. Al final, quedaron confundidos hasta nuestros días. 

Hoy el Señor quiere que no nos pase como a los fariseos y escribas. Este día es momento propicio para que reconozcamos en nuestros Pastores, sacerdotes o catequistas, ha enviados legítimos de Dios. Amemos a nuestros profetas que el Señor ha suscitado para ser instrumentos de divinos en orden de nuestra salvación.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 1,19-28): Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». 
Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Levantaos, no tengáis miedo

¿Cuál es la oferta de Jesús? Dios quiere que todos tengamos vida y vida en abundancia. Por eso envía a la tierra a su único hijo con una misión muy específica y concreta. Esta es es la que tengamos ánimo, paz y alegría. ¿Cómo se realiza concretamente esta misión en nuestra vida?

El Señor se llevo a sus más cercanos a un monte alto. Este recibe todavía hoy el nombre de Tabor. En dicho momento mostró en su carne lo que quiere hacer en el espíritu de todos nosotros: transfigurarnos.

La transfiguración nos hace ver que la obra de Dios en nosotros es nuestra resurreción. Nos cambia la vida ver el amor de Dios manifestado en Jesús. El Señor muestra el amor de Dios cuando nos indica el camino que el quiere realizar en nosotros. 

Por eso nos dice: ¡ánimo! Quiere que veamos que la obra en nosotros es de luz. Si tienes problemas, miedos, dudas o preocupaciones piensa en que llegará el momento en que el Señor te transfigurará con Él. ¿Cómo lo hará? Si permaneces en oración. 

Oremos para ser transfigurados el día del Señor.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».