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El más pequeño de entre vosotros, ése es mayor

Dios nos invita a la humildad. Nos pide que seamos como niños para entrar al reino de los Cielos. El que reconocer su pequeñez y hace la voluntad de Dios siempre podrá tener al Señor en su corazón. ¿Lo hacemos así?

Lamentablemente, en el mundo se nos invita a las grandezas. Se nos sugiere que el poderoso y famoso es quien puede tener una vida plena. Es por eso que los libros que nos enseñan a “cómo ser feliz en 24 horas” se venden tanto. Buscamos una fórmula mágica para alcanzar una felicidad que se encuentra en la pequeñez, no en las grandezas.

Pidamos a Dios que nos conceda siempre ser dóciles a su palabra. El Señor nos quiere muchísimo y por eso nos envía en misión a todas partes para que como pequeños sepamos mostrar la misericordia de Dios. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,46-50): En aquel tiempo, se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor».

Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros».

¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?

El mayor en el reino de los Cielos es aquel que se hace pequeño. Es el hermano o hermana que sigue el camino de Jesús ocupando siempre el último lugar, haciéndose así mismo el servidor de todos.

Normalmente hacemos todo lo contrario. Queremos ser grandes en fama y riqueza para poder ostentar dicho poder sobre los demás. No es así es en el mundo cristiano. Los hijos de Dios tenemos la misma naturaleza de Jesús que no “retuvo ávidamente su dignidad”. Los cristianos estamos llamados a ocupar siempre los últimos lugares en una actitud constante de servicio a los demás.

Ser pequeños es el camino de la vida. Ser humildes es la clave de la felicidad. Pidamos a Dios la gracia de hacer su voluntad. Amén.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14): En una ocasión, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».

Todo me ha sido entregado por mi Padre

La sabiduría de Dios es un don. El Señor se la da solo a los que son humildes. Nuestro Padre Dios se manifiesta a aquellos que con humildad buscan su misericordia.

En algunas ocasiones nos enfrentamos a situaciones muy complejas. Llegamos a un punto de inflexión en la vida donde no sabemos qué hacer. Los acontecimientos nos abruman y nos quedamos desconcertados. No sabemos qué hacer.

En los momentos difíciles, el Señor siempre está presente. Dios se manifiesta a través de la oración y su palabra. Se revela en Jesucristo como un Dios de misericordia que siempre quiere lo mejor para nosotros. ¿Quieres conocer la voluntad de Dios en tu vida? Acércate con humildad a su palabra y deja que él te hable mediante los diferentes medios que utiliza para revelar su amor y su voluntad. No estamos solos. ¡Ánimo!

Leer:
Texto del Evangelio (Mt 11,25-27): En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

El más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él

Jesús se hizo carne, murió y resucitó para que todos podamos experimentar en vida eterna. Ciertamente estuvo profetizado durante muchos años. En el antiguo testamento se concretizan muchas de estas profecías. El mismo Juan Bautista, el último de los profetas antes de Jesús, dijo que todo se había cumplido en Jesucristo. ¿qué significa eso para nosotros hoy?

Nuestro Señor se nos aparece hoy nuevamente. Nos constituye en herederos suyos, coherederos de Cristo. Nos da la gracia de ser sus hijos. Esa es la buena noticia de hoy. A pesar de nuestros pecados, el Señor nos salva y nos lleva a experimentar desde aquí la vida eterna. ¡Cuanto nos ama Dios! ¡Verdaderamente está vivo y triunfante! ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 11,11-15): En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga».

¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!

Lo más grande que puede pasar en la vida nuestra es recibir el anuncio del amor de Dios. Ser beneficiarios del anuncio del evangelio es un regalo inmenso que nuestro Padre Dios nos hace. No hay en el mundo cosa más bella y excelsa.

Hace muchos años que escuché por primera vez el Kerygma. Hace ya décadas que pude ser testigo de la acción de Dios en la vida de muchos hermanos y hermanas que permanecen todavía fieles a esos primeros amores. ¡Qué alegría saber que Dios nos ama profundamente!

Benditos aquellos que nos anunciaron el amor. Paz a aquellos que lo dieron todo para que pudiéramos conocer a Dios en plenitud. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 10,21-24): En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

El más pequeño de entre vosotros, ése es mayor

¿Quién es el más pequeño? Muchas son las interpretaciones sobre esa figura que utiliza Jesucristo para hacer referencia a los que evangelizan en su nombre. Es decir, los pequeños pueden ser los más pobres o los humildes de corazón pero la interpretación más certera es la que tiene que ver con la evangelización.

Todos los cristianos somos enviados. Nuestro bautismo nos constituye en profetas. Nuestra misión es hacer presente en todos los ambientes y de todas las maneras el amor de Dios. Los pequeños son aquellos que van sin seguridades humanas por todas partes anunciando la buena noticia de que el Señor ha enviado a la tierra a su único hijo Jesucristo para que muriera y resucitara por todos nosotros.

¿Estás dispuesto a evangelizar? ¡Ánimo! ¡Dios lo quiere!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,46-50): En aquel tiempo, se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor».

Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros».

No es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía

La humildad es la clave para crecer espiritualmente. Los que se sienten mejores que los demás jamás podrán conocer a Dios. El mismo Jesús ha dado ejemplo de cómo debemos actuar.

La nueva naturaleza de una persona que ha vivido la resurrección del Señor consiste en ocupar siempre el último lugar. En los que se hacen como niños está el verdadero espíritu Cristiano.

Miremos a nuestro alrededor y amemos a todos. El servicio a los demás es lo propio del cristiano. Perdonemos a quienes nos han hecho algún mal. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 13,16-20): Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: el que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».

Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros

Los cristianos somos llamados a ser sal, luz y fermento de la tierra. Con nuestras acciones somos invitados a mostrar la naturaleza divina. Los hijos de Dios mostramos al mundo el amor. Cuando no hacemos eso, ¿qué pasa? Escandalizamos.

El pecado de un cristiano tiene un efecto devastador porque las personas esperan de nosotros algo más. En el fondo quieren ser felices y quieren descubrir en nosotros qué podemos ofrecerles para lograr esa meta común a todos: la felicidad verdadera.

Pidamos a Dios la gracia de no faltar nunca a nuestra misión. Esperamos recibir de nuestro Señor la gracia de ser verdaderos cristianos y así mostrar lo puramente divino, el amor a los demás.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 9,41-50): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa. Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga; pues todos han de ser salados con fuego. Buena es la sal; mas si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros».

¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!

Nuestra felicidad es el proyecto que quiere Dios para todos nosotros. Por eso se nos ha revelado para que podamos experimentar su amor. ¿Qué hace falta para que podamos seguir experimentándolo? Ser humildes.

El humilde es aquel que se reconoce pecador. Es aquel que siente necesidad de Dios. Es aquel que ha descubierto que sin Dios no es posible una verdadera y profunda felicidad.

Este día es una nueva oportunidad para conocer a Dios. Vivir la vida de una forma diferente. Sentir el amor de Dios siemore y así poder ser verdaderamente felices. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 10,21-24): En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Si tuvierais fe como un grano de mostaza

La Fe ilumina nuestra vida. Los acontecimientos adquieren un sentido nuevo a la luz de la Fe que Dios nos regala como un don bajado del cielo. ¿Tú tienes Fe?

Si somos sinceros con nosotros mismos debemos reconocer que tenemos muy poca Fe, muchos ninguna Fe. Eso se manifiesta en los momentos o acontecimientos donde deberíamos mostrarla. Cuando la enfermedad toca nuestra puerta, cuando alguien nos humilla o escandaliza, y hasta cuando nos sobreviene el sufrimiento. ¿Cómo reaccionas ante la adversidad?

El que tiene Fe nunca duda del amor de Dios. Siempre acepta la humillación. Nunca escandaliza a nadie. Siempre hace el bien. ¿Tú tienes Fe?

Pidamos a Dios que nos aumente la Fe y a través de ella podamos ser luz del mundo.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 17,1-6): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos.

»Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás».

Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido».