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Todo me ha sido entregado por mi Padre

La sabiduría de Dios es un don. El Señor se la da solo a los que son humildes. Nuestro Padre Dios se manifiesta a aquellos que con humildad buscan su misericordia.

En algunas ocasiones nos enfrentamos a situaciones muy complejas. Llegamos a un punto de inflexión en la vida donde no sabemos qué hacer. Los acontecimientos nos abruman y nos quedamos desconcertados. No sabemos qué hacer.

En los momentos difíciles, el Señor siempre está presente. Dios se manifiesta a través de la oración y su palabra. Se revela en Jesucristo como un Dios de misericordia que siempre quiere lo mejor para nosotros. ¿Quieres conocer la voluntad de Dios en tu vida? Acércate con humildad a su palabra y deja que él te hable mediante los diferentes medios que utiliza para revelar su amor y su voluntad. No estamos solos. ¡Ánimo!

Leer:
Texto del Evangelio (Mt 11,25-27): En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

¡Ánimo! yo he vencido al mundo

Nunca te sientas solo y sin protección. Dios está pendiente de nosotros y nos defiende del mal. Envía al Espíritu Santo para que nos defienda del maligno y de sentido a nuestra vida, ¿tú te lo crees?

A pesar de lo bueno que nos ofrece Dios, en muchas ocasiones preferimos otras cosas. En el fondo no queremos cambiar y nos sentimos cómodos en nuestros apegos y egoísmos. Pensamos que la felicidad es estar “light” sin muchas preocupaciones haciendo lo que pensamos está bien. De tal menta que estamos como dispersados en nuestras preocupaciones materiales.

Lo que nos ofrece Dios es mucho mejor. De hecho, es el verdadero camino que conduce a la vida. Solo en Dios podemos seguir una vía segura a la felicidad plena. Él nos defiende cada día de los peligros del alma y nos conduce hacia aguas tranquilas donde se puede beber de una fuente que brota para la vida eterna. ¡Vamos a beber en ese manantial de vida que es Dios! ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 16,29-33): En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».

¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?

El alimento que baja del cielo es Jesús que se entrega por nosotros y nos lleva a la vida eterna. Nos da un alimento que sacia definitivamente nuestro hambre de amor. El Señor se manifiesta con potencia dando a la gente lo que necesita: amor.

Muchos seguían a Jesús por sus milagros y en la esperanza de que le cambiara la vida, es decir, le sanara de alguna enfermedad o dolencia. Seguían a Jesús pero interiormente huían de la Cruz. La buena noticia es que en Jesús podemos calmar nuestra hambre y sed de justicia, amor y perdón.

¡Ánimo! El Cristo se nos abre un abanico de gracias y dones. Dios nos provee un alimento, el cuerpo y sangre de su hijo, que muere y da la vida para que nosotros podamos tener vida en Él.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 6,1-15): En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.

El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Los seres humanos buscamos la felicidad. Hemos sido creados para vivir plenamente y concretar proyectos y sueños. Hay en nosotros un impulso que nos hace busca la realización emocional, afectiva, profesional y económica. Mas sin embargo, ¿por qué hay personas millonarias y famosas que se suicidan? ¿No será que no basta con eso?

Jesús, que ha venido a salvar y dar la vida, nos muestra el camino de la verdadera felicidad. Nos dice que el apego desordenado a los bienes de este mundo (afectivos, económicos y laborales) no ayudan a construir la felicidad de nadie. Al contrario, pueden ser un impedimento serio al proyecto de salvación del Señor.

Busquemos la vida en las cosas verdaderas y eternas. Para se feliz basta con aceptar nuestra historia reconociéndola como una bendición. Es vivir en libertad nuestra relación con el dinero y los demás bienes. Es amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

»Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer

Hemos estado toda la vida buscando saciar nuestra hambre y clamar nuestra sed, ¿de qué tipo de hambre y sed estamos hablando? De aquella que solo se calma con amor.

Todos somos unos afectivos. Necesitamos ser queridos, amados. Por eso luchamos por el dinero, porque todo el mundo quiere al que tiene dinero. También luchamos por prestigio y fama, porque todos quieren a los famosos. También luchamos por una familia, porque en la intimidad familiar ponemos nuestra esperanza de encontrar verdadero amor. En definitiva, todo buscamos la misma. Y entonces, ¿cuál es el dilema que enfrentamos? Que aún así hay matrimonios que se divorcian, familias que se destruyen, hombres y mujeres ricas que se suicidan. ¿No será que todo eso no puede calmar el hambre y sed que tenemos de amor?

Es por eso que Jesús da el verdadero alimento que baja del cielo. Un pan y nos peces que da para saciar nuestra hambre y sobra para dar a otros. Este alimento tan especial y potente es: el amor de Dios. 

En este comienzo de semana pídele a Dios con Fe que te haga ver el amor suyo en tu vida. Que hoy podamos comer de ese alimento celestial y así poder experimentar vida eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 14,13-21): En aquel tiempo, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan Bautista, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. 
Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». 
Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Señor, enséñanos a orar

El que esnseña a orar en el Señor. Es Él quien pone el espíritu y las palabras correctas en nuestra alma, espíritu y mente. En la oración encontramos a Dios y le hacemos partícipes de nuestra realidad. Es en la oración donde hacemos verdadera comunión con Él.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 11,1-4): Sucedió que, estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación».

Levántate y vete; tu fe te ha salvado

Todos hemos tenido alguna experiencia divina en nuestras vidas. Aún sin ser concientes de la presencia de Dios en esos momentos especiales podemos afirmar que Él siempre nos acompaña.

En concreto, muchos de nosotros hemos tenido experiencias de encuentro personal y profundo con Dios. Hemos sido testigos del poder sanador de Jesús. ¿Qué ha producido estos momentos? 

El milagro físico es un medio para suscitar en nosotros lo verdaderamente importante que es: Fe. Ciertamente, el ser humano puede ser beneficiario de una gracia extraordinaria de Dios y no quedarse marcado profundamente por Él. Podemos instrumentalizar al Señor para que nos de lo que le pedimos y cuando ya tenemos lo que queremos simplemente olvidarnos de Él.

Hoy es un día para dar gloria a Dios por todas las maravillas que ha hecho con nosotros. Demos Gloria al Señor con nuestras palabras y obras. 

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 17,11-19): Un día, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Todos esperamos ser felices en esta vida que Dios nos ha regalado. Nos parece tan corto el tiempo de nuestra existencia. Dice el salmo que el más robusto llega hasta 80 años queriendo decir que es una bendición vivir hasta esa edad. ¿Qué debemos hacer para bien vivir este tiempo vital?

La clave de la felicidad cristiana está en la bendición. Somos felices porque sabemos descubrir a Dios en cada aspecto de nuestra vida. Nuestra existencia se llena de propósito cuando sabemos que Dios está presente y quiero nuestro bien. Cuando somos concientes de que todo obedece a un plan divino entonces podemos encontró el sentido pleno de nuestra existencia.

No seamos como Herodes y los fariseos que son para nosotros hoy símbolo de todo aquel que no se da cuenta del amor de Dios presente en el mundo y en su vida. Hoy todos somos invitados a decir: ¡bendito sea el Señor!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 13,31-35): En aquel tiempo, algunos fariseos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte». Y Él les dijo: «Id a decir a ese zorro: ‘Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén’.
»¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra casa. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Un comportamiento clásico entre los seres humanos es que siempre estamos pendientes de lo malo y no de lo bueno. Tenemos una inclinación “natural” a mirar el vaso medio vacío en vez de medio lleno. Esta es la peor actitud que un hombre o mujer puede tener.

Jesús desarrolló su actividad en su pueblo. Su anuncio del Reino de los Cielos estaba dirigido fundamentalmente a los “hijos de Israel”. Resulta que su pueblo, en una inmensa mayoría, lo rechazó. De esta realidad se habla mucho en las escrituras.

Todo lo que se dice en la escritura se cumple hoy en nuestras vidas. Podemos tener y hemos tenido en diversos momentos de nuestra vida la misma actitud de los judíos de aquel tiempo. Podemos, queriendo o no, rechazar las enseñanzas de nuestro Señor con nuestras obras.

Si no perdonas, amas y sirves a tu prójimo estamos “matando” a Jesús nuevamente. Este prójimo es cercano… Esposa, hermano, madre, compañero de estudio o de trabajo… Incluye a tus enemigos también. ¡Ánimo! Hoy puede ser un nuevo día. Hoy puedes aceptar el mensaje de Jesús como Él espera que lo hagas.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 13,31-35): En aquel tiempo, algunos fariseos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte». Y Él les dijo: «Id a decir a ese zorro: ‘Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén’.

»¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra casa. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».