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El que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende

Todos los días escuchamos la palabra de Dios. Son como semillas diarias que buscan una tierra donde dar frutos. El Señor se manifiesta de muchas maneras. En acontecimientos, a través de ángeles, y situaciones que permite para santificarnos.

Nosotros podemos pedir a Dios que nos de la gracia de ser tierra buena. Una tierra buena donde puedan crecer las semillas de Dios. Tierra buena donde pueden darse los frutos de vida eterna. Tierra buena donde Jesús pueda crecer.

Pidamos al Señor la gracia de escuchar y poner en práctica la palabra. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,18-23): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas

El Señor se expresaba en un lenguaje cercano a la gente. Su predicación estaba llena de figuras y símbolos que entendían fácilmente las personas de campo y de la ciudad. Intentaba con esto llegar al corazón de las personas de todas las clases sociales. Era un lenguaje de amor.

Una de ellas, quizás la más emblemática, es la parábola del Sembrador. En este hermoso texto nos invita a poner en práctica la palabra. La semilla que lanza el sembrador a un campo de cultivo es imagen de la palabra que Jesús nos dice todos los días. Así como la semilla necesita buena tierra para crecer, así mismo la palabra necesita que nuestros corazones estén abiertos y dispuestos a cumplirla.

¿Qué te pide la palabra hoy? ¿Qué perdones a tu prójimo? ¿Qué pongas en primer lugar tu familia? ¿Qué trabajes mejor? En fin, Dios quiere que seas feliz y el camino para serlo lo ha mostrado claramente: cumple la palabra de Dios y da fruto abundante.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 4,1-20): En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende

La semilla es imagen de la palabra de Dios que busca una buena tierra donde ser sembrada y dar el correspondiente fruto. Todos estamos llamado a ser buena tierra y dar frutos en la medida de nuestras capacidades y disposiciones.

¿Qué podemos hacer para que nuestro corazón, como tierra buena, pueda acoger con alegría la palabra y ponerla en práctica? El conuco, finca o ferramos de siembre se prepara con arados y maquinaria especializada. Se le hecha abono y se le cuida para que no pierda sus elementos nutritivos. El Señor nos regala sacramentos, comunidad, liturgias, oraciones, ayunos, limosnas; en fin, un conjunto de herramientas o ayudas que nos permiten preparar nuestra alma para recibir la palabra y que ella de frutos en nosotros.

Hagamos hoy uso de esas armas espirituales que Dios nos dio para hacer posible me nosotros el milagro de la conversión. Dios nos ama y quiere que seamos tierra buena.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,18-23): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

El que tenga oídos, que oiga

Dios ha querido salvarnos a través, dice San Pablos en sus cartas, de la necedad de la predicación. Si, así mismo es. Con el poder de la palabr, millones de hombres y mujeres de todos los tiempos, han transformado sus vidas en el Señor Dios. 

Es por eso que Jesús dice “el que tenga oídos, que oiga”. ¿A qué tipo de escucha se refiere? Pues a la misma que le pidió a Israel cuando le dijo “escucha Israel”. Luego les mostró el camino que lleva a la vida eterna diciéndole que amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas; y al prójimo como a uno mismo, era la clave de nuestra salvación y felicidad verdadera.

Este es el fruto que quiero el Señor producir en nosotros. Esta es la semilla, la palabra, la simiente que plantada en lo profundo de nuestro corazón produce frutos de alegría y gozo en el Espíritu. ¡Ánimo! Dios siembre y hace germinar en nosotros la semilla de la vida eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,1-9): En aquel tiempo, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».