Archivo de la etiqueta: Dios

El Hijo da la vida a los que quiere

La iglesia está viviendo en este tiempo la cuaresma. Podríamos decir que estamos en la “hora” de Dios. Es un tiempo oportuno de conversión y de reencuentro con nuestro Padre Dios.

La voluntad de Dios no es que nos quedemos en el ayuno, oración y limosna como práctica cuaresmal ascética. La cuaresma es muy bonita pero mucho más importante es su finalidad. La cuaresma está en función de la Pascua. El querer de Dios es que TODOS tengamos vida en abundancia.

Hermanos y hermanas. ¡La gran noticia es que Dios quiere resucitarte! Alégrate, porque este misterio que debe darse todos los días lo vamos a celebrar en breve. Nunca te desanimes.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 5,17-30):En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. 


Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. 


»En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado».

Amar a Dios con todo el corazón

Si tuviéramos la oportunidad de saber cuál es la clave de nuestra felicidad haríamos lo que fuera para descubrirla. Nos pasamos la vida buscando la realización plena en esta existencia y es por eso que leemos, hablamos, investigamos y preguntamos constantemente sobre como alcanzarla. En tiempos de Jesús los seres humanos tenían la misma preocupación.

Cuando hacemos ejercicio o algún deporte necesitamos siempre de un entrenador o guía que nos indique como podemos alcanzar nuestra meta. Bajar de peso o tonificar los músculos de manera óptima requiere de ayuda de un buen “coach” o “personal trainer” que nos planifique las rutinas que debemos ejecutar y nos de seguimiento en el cumplimiento de nuestras metas.

Jesús es el mejor de los “entrenadores”. Reconocer en Él la mejor forma de llegar a la felicidad plena es el primer paso de nuestra salvación. Es por eso que maestros, sabios y personas de todo tipo le hacían múltiples preguntas. Un día alguien le hizo las más importante de todas: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” 

Jesús responden con la clave fundamental de nuestra felicidad: Amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos.

Hermano y hermana, ¿quieres ser feliz? ¿Quieres tener vida dentro de ti? ¿Quieres alcanzar la realización plena en esta vida? Jesús ya te ha dado la respuesta. Si amas a Dios y a tu prójimo serás feliz. Pon esta palabra en práctica hoy y todos los días de tu vida.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos». 


Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres

Una de las maravillas que celebramos en este tiempo en la encarnación del hijo de Dios. Esto quiere decir que Jesús, el unigénito de Dios Padre, se hijo hombre y caminó por estas tierras viviendo y sufriendo los mismas que cosas que una creatura normal.

Igual de importante es el hecho que Dios nos invita a que Jesús se pueda hacer “carne en nuestras vidas”. ¿Qué significa esto? Pues que la Palabra, hecha realidad en nuestros corazones, pueda germinar y dar frutos de vida eterna.

Dice la escritura que la Palabra ha existido siempre y que por ella se han hecho todas las cosas. Dicha Palabra ha sido testimoniada por Juan El Bautista. Lo que corresponde es que también se haga vida en nosotros. Que cada día sea “luz en nuestro sendero” y pueda iluminar nuestros pasos para que andemos por el camino de La Paz. ¿Estás dispuesto? ¡ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 1,1-18): En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen

Jesús quiere mucho a su madre. Él hace milagros y prodigios por el simple hecho de que ella se lo pida. En los momentos más difíciles de su vida siempre ha estado. Para todo el mundo la madre siempre es importante. Sin embargo, en el evangelio de hoy ella no es la protagonista.

Jesús ha dejado su casa, su aldea, su círculo familiar íntimo para anunciar que el reino de Dios ha llegado ya. La familia se preocupa por Él y va a buscarlo. Ellos pretenden, en su amor familiar, convencerle de que sería bueno dejar aquello y volver a la seguridad social que da la familia. Esa actitud es normal pero para Jesús hay algo mucho más importante.

Para nuestro Señor el amor de una madre y de unos familiares es importante. ¡Esto lo tiene muy claro! Pero reconoce que mucho más importante es hacer la voluntad de Dios. Escuchar la palabra del Señor y ponerla en práctica no sólo es amar a tu familia, también es dar la vida por los demás. Es amar al mundo entero mediante la evangelización de palabra y de obras.

Mis queridos hermanas y hermanos. ¿Alguna vez has hecho este mismo “gesto” de Jesús? ¿Has preferido obedecer a Dios antes que mantener el afecto de una novia o novio, amigo o familiar? Hoy Jesús nos invita a seguirle e imitarle. Sólo así podemos ser totalmente libres. Sólo así tendremos la oportunidad de amarle con todo el corazón, la mente y las fuerzas.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,19-21): En aquel tiempo, se presentaron la madre y los hermanos de Jesús donde Él estaba, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen».