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Quien tenga oídos para oír, que oiga

Los oídos son para escuchar, ¿cierto? Sin embargo, hay algunos que no escuchan nada. En el lenguaje bíblico, la palabra escuchar no significa simplemente oír los sonidos. Es más que eso. Escuchar significa poner en práctica lo que se escucha. Es que aquello que entra por los oídos, baja al corazón y se convierte en acción.

Los cristianos debemos ser personas de acción. Nuestro obrar debe ser según los esquemas de Dios. Nuestros frutos son la realización plena del Espíritu Santo obrando en nosotros. Eso es “oír con los oídos”.

¡Ánimo! Hoy podemos ser luz del mundo si estamos dispuesto a poner en práctica la palabra de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 4,21-25): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».

Brille así vuestra luz delante de los hombres

Los cristianos estamos llamados a ser sal y luz del mundo. Ésta llamada no tiene nada que ver con nuestra capacidad de hacer el bien. Tiene relación con el poder de Dios que puede y quiere habitar en nosotros. La luz del Cristiano es en el fondo la luz de Cristo.

Una vez me hicieron una metáfora preciosa. Me dijeron que los cristianos somos como la luna y Cristo es el sol. La luna no brilla con luz propia. El Sol si. Es por eso que nosotros, cuando hacemos la voluntad de Dios, somos simple reflejo de las maravillas de Dios.

¡Ánimo! Seamos buenos espejos del amor de Dios. Nuestro reconocimiento sincero y humilde de la precariedad en que vivimos nos hace mejores discípulos de Cristo. El mundo necesita que demos testimonio sincero y profundo de su amor. Dejemos que Dios haga esa obra en nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 5,13-16): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

Para que los que entren vean la luz

Todos los días tenemos la oportunidad de descubrir la presencia de Dios en todas las cosas creadas. La gran dificultad que enfrentamos a diario es que el ritmo acelerado de nuestra existencia nos hace estar enfocados en un activismo sin fin. Nos perdemos, sin quererlo, la belleza de vivir en nuestro mundo interior y descubrir la hermosura de la vida.

El Señor vino a nuestra vida para mostrarnos el camino de luz y paz. En la sudo la luz que ilumina la existencia de toda la creación, especialmente, los días de nuestro pasar por este mundo. ¿Puede alguien rechazar la luz que nos trae Cristo?

Ciertamente, muchas veces, porque vivir en la luz supone dejar el pecado y ser humildes, nos acomodamos en nuestras pequeñas oscuridades. Entramos en una actitud perversa con nuestro secretos y acciones que no agradan a Dios.

Hoy el Señor nos invita a vivir en la luz. Solo podemos ser felices si entramos en su misericordia y ajustamos nuestras acciones y obras a las enseñanzas de nuestro maestro. Cristo es luz y quiere iluminar nuestras vidas para siempre, ¿estás dispuesto?

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».

Brille así vuestra luz delante de los hombres

Los que hemos sido bautizados nos llamamos cristianos. ¿Sabemos lo que implica este título? ¿Estamos dispuestos a obrar según las exigencias cristianas? Jesús nos recuerda que somos llamados a ser sal y luz de la tierra. ¿Estamos realmente dispuestos a serlo?

En el día a día nuestras obras muchas veces no se parecen a las de Cristo. Mentimos, odiamos, guardamos rencor, nos creemos mejores que los demás, calumniamos, nos apegamos a los bienes de este mundo, envidiamos y una serie de hechos y actos que nos hacen ser todo lo contrario a luz. De hecho, muchas personas se creen buenas y no se dan cuenta ni siquiera de su hipocresía. Dicen ser ejemplos de cristianos pero son incapaces de perdonar, dicen: “Dios a todos perdona pero yo a ti no puedo perdonarte”. ¡Qué pena!

Hoy tenemos el llamado de ser por nuestras obras verdadera luz y verdadera sal del mundo. Esto solo puede ser posible si nos apoyamos en Jesús. Él es la roca que hace todo posible.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 5,13-16): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».