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¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?

Muchas personas rodeaban a Jesús. Se podría decir que tenía un buen grupo de discípulos y apóstoles. Entre ella había de todo. Funcionarios públicos, mujeres, fariseos y escribas; en fin, una variedad extraña y que llama la atención por muchas razones.

Entre ellos estaba un fariseo llamado Nicodemo. A este hombre versado en las escrituras y la ley de Dios le resulta fácil reconocer que Jesús viene de Dios. Dice que con solo observar sus señales y prodigios podemos llegar a la conclusión de que Jesús es verdaderamente hijo de Dios. ¿Esto es lo único que Dios quiere mostrar?

La buena noticia es que ser hijo de Dios no es solo una condición de Jesús. Lo que el Señor muestra a Nicodemo es que igual de importante que podemos ser hijo de Dios si nacemos de agua y de Espíritu. La resurrección se muestra en su máxima expresión cuando participamos de la naturaleza misma de Dios. Cuando somos hijos de lo alto y asumimos una nueva naturaleza. ¿Eres hijo o hija adoptiva de Dios? Veamos tus “señales y prodigios”.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,1-8):Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios». 


Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?». Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

Venid y comed

Los discípulos, después de la muerte tan aparatosa y cruel de Jesús, estaban desconcertados y muertos de miedo. Hay varios pasajes de la Biblia donde se muestra su situación post-muerte de Jesús que retratan diferentes estados de ánimo de los apóstoles. Algunas veces aparecen muertos de miedo, en otros momentos desanimados y decepcionados y por otro lado cada uno a vuelto a los suyo.

Hay un momento en que Jesús encuentra a los discípulos en lo “suyo”. Están pescando y no logran atrapar peces. Se parece mucho al pasaje de cuando Jesús los encuentra pescado y los llama a ser “pescadores de hombre”. Aquí pareciera que los discípulos han renunciado a esa llamada. Han abandonado la misión. Se han olvidado de las maravillas que Dios ha hecho en su vida y han vuelto a los “ajos y cebollas” de Egipto.

Muchos de nosotros, cuando pasamos por un sufrimiento o estamos viviendo algo en nuestra vida que no entendemos, dudamos de Dios y nos alejamos de Él. Tendemos a dudar del amor de Dios. Volvemos a nuestras “cosas del mundo”. Nos escandaliza la vida con sus “cruces” y con sus “muertes”, tal como Dios nos la permite y eso se traduce en alejamiento. ¡Eso es un grave error!

La buena noticia es que el Señor vuelve a nuestro encuentro y precisamente en la Pascua. Entra nuevamente en el mar con los discípulos y es como si le hiciera nuevamente el llamado. Antes no pescaban nada y ahora pesca 153 peces símbolo de las naciones de la tierra. Pedro se pone el “vestido” nuevamente. Se podría decir que se convierte al hacer de nuevo encuentro personal con Jesús y se pone la “túnica blanca” del bautismo. Es otra persona. Ya puede comer “pan y pez”, hacer Eucaristía con el Señor y dar al mundo entero de lo que le sobra: amor de Dios.

Que hermoso es descubrir el inmenso amor de Dios en nuestras vidas. Dios nos ha amado en Jesús y quiere que prediquemos este amor a todas las naciones de la tierra. Nos envía nuevamente a esta misión de “pescar hombres”. ¿Estás dispuesto?

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 21,1-14):En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. 


Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. 


Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

La paz con vosotros

El mundo vive en guerra. Las naciones de la tierra no han experimentado al menos una vez en toda su historia una paz plena o absoluta. Hay siempre conflictos de todo tipo. Igual se da en las relaciones interpersonales. Las familias parecen campos de batalla donde el padre enfrenta a la madre o viceversa, ni mencionar a los hijos y demás. Se vive en un enfrentamiento con el vecino o con el compañero de trabajo. En medio de este escenario “bélico”, ¿quién nos trae La Paz?

Jesús Resucitado, si trae algo a la vida de sus discípulos, y este “algo especial” es precisamente La Paz.  Cuando se le presenta por primera vez a los discípulos, luego de su pasión y muerte, lo primero que les dice es “paz con ustedes”. Este saludo de paz se hace real cuando perdona y ama a los que los abandonaron y traicionaron. 

Es importante recordar que ninguno de esos “reunidos en su nombre” estuvo con Él cuando las cosas se pusieron feas. Y mas sin embargo el ama y perdona a todos y todas. ¡Ese es Jesús! Ese perdón da paz… Exime de culpa… Calma la conciencia… Nos libera del peso pesado de los pecados… Es amor “hasta el extremo” que lo cura todo.

Hermanos y hermanas les invito a abrir nuestro corazón hoy a La Paz que nos quiere dar nuestro Señor Jesús, resucitado y vencedor de la muerte. Vivamos este día y el resto de nuestras vidas en La Paz del resucitado.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 24,35-48): En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 


Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado

Uno de los pasajes más famosos de la escritura es el de los discípulos de Emaús. Novelistas y escritores de todos los tiempos los han utilizado como “pie de amigo” para escribir sus relatos. Muchos movimientos apostólicos e iniciativas cristianas se inspiran en este pasaje de la escritura que encanta y engancha. ¿Cual es el por qué de este fenómeno?

Me parece que en la actitud de los discípulos que van de camino tristes y pesarosos podemos identificarnos muchos de nosotros. Vamos de “camino” por la vida pensando en lo que nos pasa y nos ha pasado, quejándonos porque las cosas que nos han sucedido no han sido las esperadas. Muchas veces tenemos una actitud pesimistas ante la vida. Vivimos suspirando por lo que queremos que nos pase y lamentándonos por lo que no nos pasó.

Jesús se nos “aparece” en estos momentos de la vida. Nos da consuelo y nos reconforta. Nos da ánimos en el camino para seguir adelante. ¿Cómo lo hace? Nos muestra que el tiene poder sobre todos nuestros males. Se muestra victorioso sobre la muerte. Nos introduce en sus liturgias para que encontremos descanso y consuelo. El nos ama y nos muestra su amor.

El tiempo de la Pascua es el tiempo de encontrarnos personalmente con Jesús que está vivo, que está resucitado. ¡Ánimo! ¡CRISTO ha resucitado!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 24,13-35): Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. 


Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. 


Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 


Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Mujer, ¿por qué lloras?

La expresión “llorar como una Magdalena” viene seguro de este fragmento del evangelio. Al leer con detenimiento las escrituras, nos damos cuenta lo mucho que quería esta mujer a Jesús. Lloraba como si no hubiera mañana… estaba desconsolada. ¿Por qué llora “la María”?

Las experiencias fuertes nos llevan a traumas o impresiones tan duras en nuestra vida que nunca llegan a borrarse. Son como marcas profundas en nuestra piel que el tiempo no logra borrar. Estos hechos o acontecimientos suelen ser malos, pero también hay buenos e inolvidables.

Un viaje con nuestros padres que haya sido divertido, el momento en que conocimos a un ser amado, el momento de nuestra graduación del colegio o la universidad; en fin, hay muchos cosas buenas y estupendas que producen gratos recuerdos en nuestra y que nunca olvidamos. De hecho, cuando los recordamos, solemos hasta llorar de alegría.

En el evangelio hay una mujer, símbolo de todo cristiano. Esta mujer llora porque piensa que su gran amor, esa persona que tanto hizo por ella, ese personaje que al momento de conocerla la transformó por completo… la Magdalena cree… Que está muerto, que jamás volverá a verlo.

Las lágrimas que brotan de los ojos en el momento de la muerte de un ser querido son abundantes y dolorosas. La buena noticia es que YA NO HAY que llorar!

¿Alguna vez has llorado por Jesús como ha llorado la Magdalena? Ella llora porque el Señor es lo más grande que le ha pasado en su vida. Es el amor más puro y profundo que ha experimentado en toda su vida. ¿Tú también lo has experimentado? ¿Lo has sentido igual?

¡La buena noticia es que este amor tan grande no muere! Él te ama profundamente y en el día de hoy te lo va ha demostrar, siempre que te acerques a Él como se acerca la Magdalena… con amor y humildad.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 20,1-2.11-18): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Mujer, ¿por qué lloras? 

Jesús no es un líder sentimental que procura la popularidad sobre la base de “caerle bien a todo el mundo”. Algunas veces se muestran severo y dirige palabras duras a algunas personas o grupos en el espíritu de corrección amorosa que le caracterizaba. Sin embargo, hay en la escrituras escenas de extraordinaria ternura y bondad.

En el momento en que María Magdalena iba al sepulcro descubre que no está el cuerpo. Eso le llena de tristeza y pesar. Se pone a llorar. Esto es imagen de muchos momentos en nuestra vida en que pensamos que “el sepulcro está vacío”. Buscamos el amor de nuestra vida y no lo encontramos. Buscamos la felicidad en el trabajo, en la esperanza de un matrimonio tipo “cuento de adas”, en el triunfo económico como el de Bill Gates o Corripio o en la seguridad de la fama y el cariño de la gente. Y ¿qué nos pasa? Que no nos satisface nada de eso. Seguimos vacíos y sin encontrar el amor.

¿Cual es la buena noticia? Que María Magdalena encuentra el amor, no en el sepulcro donde “habitan” los muertos sino en el Jesús Resucitado que le da su amor eternamente. María de Magdala, la que el Señor perdonó tanto, es imagen de todos nosotros. Ella eres tu y soy yo.  Busquemos hoy el amor donde se le puede encontrar. Hagamos experiencia de la resurrección de Jesús.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 20,11-18): En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

¡Cristo ha resucitado!

¡Cristo ha resucitado! Es el grito que hoy toda la Iglesia anuncia al mundo entero. Hemos celebrado que nuestro Señor Jesús entró en la muerte de cruz y no se quedó vencido, antes bien, de la muerte ha salido victorioso y ha resucitado de entre los muertos. Este es el centro de la Fe cristiana. ¿Por qué?

En este Misterio Pascual de nuestra Resurrección se hace concreto lo que Jesús anunció en su vida mortal: el amor de Dios. Nuestro Padre Celestial ama tanto al ser humano, si creatura, que jamás nos dejará en la “muerte” de nuestros pecados y sufrimientos. Ha enviado a Jesús para mostrarnos el camino de la vida y nos muestra cual es. Este camino consiste en amar a nuestro prójimo incluyendo nuestros enemigos.

Era necesario que Dios en Jesús mostrarse su naturaleza. Dios nos quiere dar vida eterna en Jesús. Hacernos verdaderos resucitados. Que todos los días experimentamos que Jesús vence nuestra muerte con su muerte y con su resurrección nos introduce en una vida nueva, en la vida inmortal.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 28,8-15): En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». 


Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

La traición de Judas

Ya estamos a la mitad de Semana Santa. Se siente en el ritmo de la liturgia y las palabras propuestas para estos días que estamos entrando en el Tríduo Pascual, que significa los tres días donde se celebra la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Aparece por tanto como mucha fuerza una figura bíblica que jugó un papel protagónico en este proceso final en la vida del Señor. Esta persona es Judas Iscariote.

Junto a Jesucristo caminaron muchas personas. Discípulos y apóstoles fueron testigos de sus milagros, señales y obras. Lo lógica sería que todos reconocieran en Él al Mesías esperado pero no fue así.

También nosotros muchas veces hemos negado con nuestras obras al Señor. A pesar de ser testigos de su amor y verlo presente en nuestra vida le hemos traicionado muchas veces cuando con nuestros pecados le damos la espalda a Dios.

La figura de Judas, el traidor, nos llama hoy a conversión. Reconozcamos nuestras faltas y pidamos al Señor su misericordia. Jesús ama a Pedro y a Judas por igual. Para los dos hay misericordia. No tengamos la actitud de Judas. Es mejor confiar en el amor de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 26,14-25): En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle. 


El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua. 


Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».

Yo daré mi vida por ti

Los primeros días de las Semana Santa tiene un centro de atención muy claro: la pasión del Señor. El Señor muestra de una manera admirable la naturaleza de Dios que consiste en el amor. El amor de Dios tiene una forma muy particular de manifestarse y esto es dando la vida. Jesús, da la vida por todos, entrando en la muerte para destruir nuestra muerte.

El Señor Jesús nos da su ejemplo. Vivir hoy la Semana Santa es asumir la misma naturaleza de Dios. Amar como Jesús nos ha amado y ¿cómo se hace eso?

Da la vida por tu esposo o esposa, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos y amigas hasta a los mismos enemigos. Eso es entrar en la pasión de Jesús, eso es vivir hoy plenamente la Semana Santa y especialmente el Tríduo Pascual.

¡Ánimo! Este camino de Cuaresma y Senana termina en el Domingo de Resurrección. En la victoria de la vida sobre la muerte.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 13,21-33.36-38): En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. 


Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

A quien había resucitado de entre los muertos

Las escrituras nos narran los hechos y actos de Jesús. Una de los aspectos que mas llama la atención es que siempre le seguían personas. Todos iban en pos de Él por razones diversas. Algunos de estos motivos eran santos y otros no tantos. 

En evangelio hay varias figuras. Tenemos por un lado a Judas Iscariote.  Este discípulo de Jesús es testigo de un hecho que le pareció extraño y poco prudente. Una mujer “unge” los pies del Señor con un perfume muy caro. A este “cercano” de Jesús le pareció un derroche innecesario, un absurdo de marca mayor. El Señor aprovecha y da una palabra: anuncia su pasión. Por encima de cualquier cosas material está la misión que como cristianos tenemos. Amar en la pasión al Señor de Señores. 

Por otro lado vemos a Lázaro, que con su presencia demuestra que el Señor vino a Resucitarnos de la muerte. Dios en Jesús nos libra de la muerte y nos introduce en la vida.

Meditemos hoy, lunes santo, las maravillas de Dios. Pensemos en nuestra “pasión” y tengamos la seguridad que de todo esto nos libra el Señor.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 12,1-11):Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. 


Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».


Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.