Mujer, ¿por qué lloras?

La expresión “llorar como una Magdalena” viene seguro de este fragmento del evangelio. Al leer con detenimiento las escrituras, nos damos cuenta lo mucho que quería esta mujer a Jesús. Lloraba como si no hubiera mañana… estaba desconsolada. ¿Por qué llora “la María”?

Las experiencias fuertes nos llevan a traumas o impresiones tan duras en nuestra vida que nunca llegan a borrarse. Son como marcas profundas en nuestra piel que el tiempo no logra borrar. Estos hechos o acontecimientos suelen ser malos, pero también hay buenos e inolvidables.

Un viaje con nuestros padres que haya sido divertido, el momento en que conocimos a un ser amado, el momento de nuestra graduación del colegio o la universidad; en fin, hay muchos cosas buenas y estupendas que producen gratos recuerdos en nuestra y que nunca olvidamos. De hecho, cuando los recordamos, solemos hasta llorar de alegría.

En el evangelio hay una mujer, símbolo de todo cristiano. Esta mujer llora porque piensa que su gran amor, esa persona que tanto hizo por ella, ese personaje que al momento de conocerla la transformó por completo… la Magdalena cree… Que está muerto, que jamás volverá a verlo.

Las lágrimas que brotan de los ojos en el momento de la muerte de un ser querido son abundantes y dolorosas. La buena noticia es que YA NO HAY que llorar!

¿Alguna vez has llorado por Jesús como ha llorado la Magdalena? Ella llora porque el Señor es lo más grande que le ha pasado en su vida. Es el amor más puro y profundo que ha experimentado en toda su vida. ¿Tú también lo has experimentado? ¿Lo has sentido igual?

¡La buena noticia es que este amor tan grande no muere! Él te ama profundamente y en el día de hoy te lo va ha demostrar, siempre que te acerques a Él como se acerca la Magdalena… con amor y humildad.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 20,1-2.11-18): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Mujer, ¿por qué lloras? 

Jesús no es un líder sentimental que procura la popularidad sobre la base de “caerle bien a todo el mundo”. Algunas veces se muestran severo y dirige palabras duras a algunas personas o grupos en el espíritu de corrección amorosa que le caracterizaba. Sin embargo, hay en la escrituras escenas de extraordinaria ternura y bondad.

En el momento en que María Magdalena iba al sepulcro descubre que no está el cuerpo. Eso le llena de tristeza y pesar. Se pone a llorar. Esto es imagen de muchos momentos en nuestra vida en que pensamos que “el sepulcro está vacío”. Buscamos el amor de nuestra vida y no lo encontramos. Buscamos la felicidad en el trabajo, en la esperanza de un matrimonio tipo “cuento de adas”, en el triunfo económico como el de Bill Gates o Corripio o en la seguridad de la fama y el cariño de la gente. Y ¿qué nos pasa? Que no nos satisface nada de eso. Seguimos vacíos y sin encontrar el amor.

¿Cual es la buena noticia? Que María Magdalena encuentra el amor, no en el sepulcro donde “habitan” los muertos sino en el Jesús Resucitado que le da su amor eternamente. María de Magdala, la que el Señor perdonó tanto, es imagen de todos nosotros. Ella eres tu y soy yo.  Busquemos hoy el amor donde se le puede encontrar. Hagamos experiencia de la resurrección de Jesús.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 20,11-18): En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

¡Cristo ha resucitado!

¡Cristo ha resucitado! Es el grito que hoy toda la Iglesia anuncia al mundo entero. Hemos celebrado que nuestro Señor Jesús entró en la muerte de cruz y no se quedó vencido, antes bien, de la muerte ha salido victorioso y ha resucitado de entre los muertos. Este es el centro de la Fe cristiana. ¿Por qué?

En este Misterio Pascual de nuestra Resurrección se hace concreto lo que Jesús anunció en su vida mortal: el amor de Dios. Nuestro Padre Celestial ama tanto al ser humano, si creatura, que jamás nos dejará en la “muerte” de nuestros pecados y sufrimientos. Ha enviado a Jesús para mostrarnos el camino de la vida y nos muestra cual es. Este camino consiste en amar a nuestro prójimo incluyendo nuestros enemigos.

Era necesario que Dios en Jesús mostrarse su naturaleza. Dios nos quiere dar vida eterna en Jesús. Hacernos verdaderos resucitados. Que todos los días experimentamos que Jesús vence nuestra muerte con su muerte y con su resurrección nos introduce en una vida nueva, en la vida inmortal.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 28,8-15): En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». 


Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

La traición de Judas

Ya estamos a la mitad de Semana Santa. Se siente en el ritmo de la liturgia y las palabras propuestas para estos días que estamos entrando en el Tríduo Pascual, que significa los tres días donde se celebra la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Aparece por tanto como mucha fuerza una figura bíblica que jugó un papel protagónico en este proceso final en la vida del Señor. Esta persona es Judas Iscariote.

Junto a Jesucristo caminaron muchas personas. Discípulos y apóstoles fueron testigos de sus milagros, señales y obras. Lo lógica sería que todos reconocieran en Él al Mesías esperado pero no fue así.

También nosotros muchas veces hemos negado con nuestras obras al Señor. A pesar de ser testigos de su amor y verlo presente en nuestra vida le hemos traicionado muchas veces cuando con nuestros pecados le damos la espalda a Dios.

La figura de Judas, el traidor, nos llama hoy a conversión. Reconozcamos nuestras faltas y pidamos al Señor su misericordia. Jesús ama a Pedro y a Judas por igual. Para los dos hay misericordia. No tengamos la actitud de Judas. Es mejor confiar en el amor de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 26,14-25): En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle. 


El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua. 


Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».

Yo daré mi vida por ti

Los primeros días de las Semana Santa tiene un centro de atención muy claro: la pasión del Señor. El Señor muestra de una manera admirable la naturaleza de Dios que consiste en el amor. El amor de Dios tiene una forma muy particular de manifestarse y esto es dando la vida. Jesús, da la vida por todos, entrando en la muerte para destruir nuestra muerte.

El Señor Jesús nos da su ejemplo. Vivir hoy la Semana Santa es asumir la misma naturaleza de Dios. Amar como Jesús nos ha amado y ¿cómo se hace eso?

Da la vida por tu esposo o esposa, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos y amigas hasta a los mismos enemigos. Eso es entrar en la pasión de Jesús, eso es vivir hoy plenamente la Semana Santa y especialmente el Tríduo Pascual.

¡Ánimo! Este camino de Cuaresma y Senana termina en el Domingo de Resurrección. En la victoria de la vida sobre la muerte.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 13,21-33.36-38): En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. 


Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

A quien había resucitado de entre los muertos

Las escrituras nos narran los hechos y actos de Jesús. Una de los aspectos que mas llama la atención es que siempre le seguían personas. Todos iban en pos de Él por razones diversas. Algunos de estos motivos eran santos y otros no tantos. 

En evangelio hay varias figuras. Tenemos por un lado a Judas Iscariote.  Este discípulo de Jesús es testigo de un hecho que le pareció extraño y poco prudente. Una mujer “unge” los pies del Señor con un perfume muy caro. A este “cercano” de Jesús le pareció un derroche innecesario, un absurdo de marca mayor. El Señor aprovecha y da una palabra: anuncia su pasión. Por encima de cualquier cosas material está la misión que como cristianos tenemos. Amar en la pasión al Señor de Señores. 

Por otro lado vemos a Lázaro, que con su presencia demuestra que el Señor vino a Resucitarnos de la muerte. Dios en Jesús nos libra de la muerte y nos introduce en la vida.

Meditemos hoy, lunes santo, las maravillas de Dios. Pensemos en nuestra “pasión” y tengamos la seguridad que de todo esto nos libra el Señor.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 12,1-11):Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. 


Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».


Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?

Jesús pasó por este mundo haciendo el bien. Sus obras o acciones hablaban muy bien de Él. Por donde pasaba el Señor anunciaba el reino de los Cielos. A todo enfermo que encontraba lo curaba. A los poseídos que les presentaban los exorcizaba. Con su poder hizo presente a Dios en la tierra.

¿Por qué  creer en Jesús? Porque es hijo unigénito de Dios enviado especialmente para destruir nuestra muerte y hacernos experimentar la vida, la felicidad, la victoria sobre la muerte; en definitiva, la RESURRECCIÓN.

Hoy es viernes de dolores. ¿Hay que estar tristes? ¡Jamás! Este día es propicio para meditar sobre nuestros sufrimientos. Recordar nuestra realidad antes de conocer al Señor. Este viernes es oportuno para reconocer en Jesús su naturaleza divina y por tanto su poder para salvarnos del dolor o sufrimiento sin sentido y darnos la gracia de resucitar para una vida nueva.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 10,31-42): En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.

Si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás

¿Por qué los cristianos tenemos fe en Jesús? ¿Cuál es el “poder” que le atribuimos al Señor para poder creer?

Un punto muy importante de nuestra Fe está en reconocer en Jesús su naturaleza divina. El “Yo soy” de Jesús escandaliza a los judíos. En el evangelio aparece un Jesús que declara su naturaleza. Él es el hijo de Dios y esto le da poder sobre nosotros. ¿Qué tipo de poder?

Jesús, nuestro Señor tiene poder para sanar, perdonar, reconciliar, alegrar, y sobre todo ¡RESUCITAR!

Esperemos la manifestación de su naturaleza y poder en esta Pascua que se avecina. El Señor se hará presente en el Tríduo Pascual y todos los días de nuestra vida en forma de resurrección.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,51-59):En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás». Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?». Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró». Entonces los judíos le dijeron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy». Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.

Anunciación del Señor

Hoy es día de fiesta en medio de esta cuaresma. Alguno puede preguntarse, ¿De qué manera encaja esta fiesta en la austeridad de la cuaresma? 

La virgen María es imagen de todo cristiano. Es casi imposible pensar que se puede emprender un proyecto cristiano sin el “patrocinio” de la virgen María. Ella, con su “si” al anuncio del ángel nos muestra el camino de la cuaresma y por tanto de toda experiencia cristiana.

En este día se celebra la “Anunciación del Señor” y aparecen con fuerza dos figuras. Ciertamente la madre de Jesús y madre nuestra es una protagonista pero en el contexto es bueno mirar a Jesús, siempre centro de toda la escritura.

Jesús es anunciado. Va a nacer de una virgen. Jesús nos promete en esta cuaresma manifestarse de manera extraordinaria en nuestra vida. La cuaresma prepara la Pascua. En el domingo de Resurrección celebraremos el centro de nuestra Fe: la resurrección del Señor y nuestra participación en este importante misterio.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38):Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». 


María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

¿Quién eres tú?

Estamos ahora cerca del fin de la cuaresma y todas las lecturas nos ponen en sintonía con la Pascua. ¿Quién es el protagonista del Tríduo Pascual? Nuestro Señor Jesucristo ¿Por qué? Porque Él encarna el mensaje que anuncia la Pascua.

Somos invitados todos a asumir o creer en este tiempo, con mas fuerza, el mensaje de nuestra salvación. Dios en su inmensa misericordia nos ha dado como un don o regalo a su hijo amado. Jesús es nuestra salvación porque se encarnado, a sufrido lo que tu has sufrido y ha dado con su muerte, muerte a este sufrimiento, redimensionandolo en la cruz. En la cruz gloriosa nuestro sufrimiento se convierte en “piedra angular” sobre la que se construye el edificio de nuestra Fe.

Tener Fe hoy es creer que somos resucitados. Antes estábamos muertos en nuestros pecados. Ahora el Señor nos llena de vida mediante el perdón y el amor. ¡Eso es resucitar!: “Caminar” por esta vida experimentando todos los días la fuerza viva de Jesucristo resucitado. ¡Ánimo! Entremos en este tiempo con alegría y amor.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,21-30):En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos:«Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?». El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados». 


Entonces le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él». Al hablar así, muchos creyeron en Él.