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También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado

¿Para qué existes? ¿Cuál es tu misión en esta vida? Responder a esas preguntas existenciales es fundamental para tener sentido en la vida. Es lo único que puede garantizar una verdadera felicidad. ¿En quien está la respuesta? En Dios.

Jesús vino al mundo con una misión clara. Se hizo carne para manifestar el reino de los Cielos aquí en la tierra. Actuaba con señales y prodigios y hablaba con autoridad. ¿Cómo lo hacía Jesús? Curando y liberando de todo mal. ¿Has experimentado la salvación de Dios?

Hoy tenemos la oportunidad de vivir en el reino de los Cielos. Hoy tenemos la dicha de entrar en la presencia de Dios y dejar que nuestro Señor actúe en nuestra vida. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 4,38-44): En aquel tiempo, saliendo de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles. A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo Él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él, conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo.

Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde Él, trataban de retenerle para que no les dejara. Pero Él les dijo: «También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado». E iba predicando por las sinagogas de Judea.

Levántate, toma tu camilla y anda

¿Qué es más importante? ¿la ley o el amor? Muchos nos hemos enfocado en reducir el cristianismo a una serie de prácticas externas. Con la actual crisis del COVID-19 nos damos cuenta, de una forma radical, que ser Cristiano es más que eso.

Ahora estamos sin disfrutar la presencia de las liturgias cristianas. Ahora nos toca vivir la presencia espiritual de un Dios que habita en lo profundo de nuestro corazón y nos salva y sana de todos nuestros miedos y pecados. Ahora es tiempo de vivir plenamente uno de los aspectos más hermosos del cristianismo: no tener miedo. ¡Ánimo!

Leeré

Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado

¿Estás enfermo? No me refiero al coronavirus. Hablamos de las enfermedades que afectan el alma. Son “fiebres” que nos llevan a dejarle de hablar a la pareja, un amigo, un hijo o compañero de trabajo. Son “gripes” que nos quitan el deseo de orar, servir o amar. Son “malestares” que nos hunden en la depresión, tristeza o depresión. ¿Quién puede curarnos? Nuestro Señor Jesús.

El evangelio está lleno de acontecimientos, de hechos concretos donde se manifiesta el poder de Jesús. Su saliva, símbolo de su palabra, lo cura todo, lo alivia todo, lo transforma todo. Dejemos que Cristo nos toque, nos ame, nos perdone. Así podremos sanar y volver a la plenitud de la vida que Dios nos quiere regalar. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,22-26): En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?». Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan». Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».

Yo iré a curarle

Jesús cura. Sana todo tipo de dolencias. Sin embargo, el mayor milagro es cuando cambia nuestro corazón.

El Papa Francisco a dicho: “Navidad eres tú cuando decides nacer de nuevo cada día y dejar entrar a Dios en tu alma”. Es decir, que para vivir el adviento y la navidad es fundamental nacer de nuevo. Es necesario transformar nuestros corazones para que desde la humildad saber abrir nuestro corazón a Dios.

El Señor nos ama profundamente. Quiero que seamos felices. Nos quiere bien. Pidamos a Dios que sane nuestro corazón y que Cristo habite dentro de nosotros. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».

Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios

¿Cuáles son los espíritus malignos que habitan dentro de tí? Es decir, ¿cuáles son tus esclavitudes y debilidades? Es importante conocerse uno mismo para saber que pedir o esperar de Jesús.

Lo que reconocemos es que Jesús tiene poder de salvarnos y curarnos. Hoy podemos experimentar la acción maravillosa de su amor mediante la palabra de Dios y los sacramentos. A través de la predicación viene el Señor a nuestras vidas. El poder sanador de Jesús se manifiesta en nuestra vida siempre. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

¿Quieres curarte?

Jesús lo cura todo. Es verdadera medicina de Dios. Sus milagros le hicieron famoso en muy poco tiempo. Por eso la gente le seguía. Buscaban la ayuda de Cristo para sus problemas concretos.

En este sentido también nosotros hoy podemos pedirle al Señor curación. El tema es que lo más importante es pedirle conversión. Dejar de pecar es el milagro más grande que Dios puede hacer en nosotros.

La cuaresma es tiempo de conversión, tiempo de curación. Es momento propicio para cambiar radicalmente de vida. Tenemos la oportunidad de abrir nuestro corazón al Señor. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Si quieres, puedes limpiarme

¡Claro que quiere! ¿Lo dudas? Jesús quiere que seamos felices. Es por eso que sana todas nuestras enfermedades y cura todas nuestras heridas. ¡Claro que quiere! ¡Él quiere que te des cuenta cuanto te ama!

Algunas situaciones nos paralizan. Producen tensión, tristeza y desasosiego en nuestra vida. El ciertas situaciones nos sentimos solos y sin ningún soporte. Es por eso que ahora te anuncio una buena noticia: Dios quiere salvarte, curarte, perdonarte y amarte. Quiere que te des cuenta de su presencia en tu vida.

¡Ánimo! Hoy es una nueva oportunidad para dejarnos invadir por él Espíritu Santo para que siendo transformados podamos vivir una nueva vida en el amor de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 1,40-45): En aquel tiempo, vino a Jesús un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio».

Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes.

La fiebre la dejó y ella se puso a servirles

Una de las características distintivas de la obra de Jesús es que pasaba sanado personas y expulsando de demonios. Las señales y prodigios que acompañaban al Señor en su misión confirmaban que Él era el enviado de Dios Padre para salvación del mundo entero. Por tanto, una forma de confirmar que algo viene de Dios es si transformar la realidad que impacta. ¿Jesús te ha curado alguna enfermedad o expulsado algún de demonio en tu vida?

Existen diversas enfermedades, físicas, y espirituales, que afectan al ser humano. Existen en el mundo millones de personas depresivas, sin propósito, tristes y sin una motivación para vivir. Cuando Jesús llega a la vida de una persona sana todas esas dolencias y llena de luz la vida de aquel que abre su corazón al amor de Dios. Esto quiere decir que no solo se sufren enfermedades del cuerpo, también hay graves padecimientos del Adams y espíritus. Todas las cura el Señor.

También el Señor expulsa los demonios que a veces nos mortifican. Se instalan en nuestro corazón odios, violencias, malos pensamientos y toda clase de malas influencias. De todas nos libra el Señor.

En definitiva, hoy podemos renovar una vez más nuestra apertura al amor de Dios que lo sana todo. Dios te ama y en Jesucristo manifiesta dicho amor a través de la curación y liberación. Esa es la obra de Dios en ti. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 1,29-39): En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Siento compasión de la gente

Se sufre mucho. Desde que nacemos hasta que morimos nos suceden cosas que consideramos buenas pero también algunas que nos hacen sufrir. Enfermedades, scontecimientos trágicos, muertes, humillaciones, carencias afectivas y materiales, en fin, una lista larga de situaciones que nos hacen sufrir, ¿qué hace Jesús al respecto?

Nuestro Señor siente compasión por nosotros. Sabe que necesitamos de Él y que en su palabra la vida tenga sentido y propósito. Es por eso que nos da de comer un alimento que sacia nuestra hambre y sed de amor. Nos muestra su misericordia perdonando nuestro pecados y dando la posibilidad de un futuro mejor.

¡Ánimo! ¡No pierdas la fe! Tenemos a un salvador que viene a transformar su vida para bien. Abre tu corazón al amor de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 15,29-37): En aquel tiempo, pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y Él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». Le dicen los discípulos: «¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?». Díceles Jesús: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos dijeron: «Siete, y unos pocos pececillos». El mandó a la gente acomodarse en el suelo. Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.

Yo iré a curarle

El milagro físico que realiza el Señor siemore tiene un propósito claro: suscitar la Fe. Alguno pensará que el principal motivo para curar a una persona es devolverle la salud. Pero yo me pregunto, si hay tantos enfermos en el mundo, ¿Por qué Dios sana a unos pocos y no a todos? Porque más que liberar a una persona de algún mal físico, Jesús quiere que tengan vida eterna y eso se logra teniendo Fe.

En el día de hoy quizás le estás pidiendo a Dios salud o algún bien material. Piensa que Dios te ama y que todo lo que acontece en tu vida es para tu bien. En consecuencia, podrás tener padecer alguna enfermedad pero nunca dudarás del amor de Dios. Tendrás la Fe suficiente para bendecir a Dios en todo. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».