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El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva

La buena noticia es que todos somos receptores de la liberación prometida por Dios a través de Jesús. La salvación ofrecida por Jesús es universal. ¿En qué podemos darnos cuenta?

Los que hemos tenido un encuentro personal con Jesús podemos decir que la acogida del amor nos ha transformado profundamente. El conocimiento de un Dios cercano y misericordioso nos ha permitido entrar en una nueva realidad de felicidad y vida plena. En la Cruz de Cristo toda nuestra historia adquiere sentido profundo.

Hoy es un buen día para no resistirnos a la acción de Dios. En nuestra vida debe notarse que hemos sido perdonados. Dejemos que Dios invada nuestro corazón con su Espíritu Santo. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 4,16-30): En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?». Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

El Espíritu del Señor está sobre mí

La primera gracia o don que Dios da a sus elegidos es la posibilidad de reconocer a su hijo Jesucristo, nuestro Señor, como salvador y mesías. Algunas personas de su tiempo nunca e reconocieron porque se quedaron viendo las apariencias. Nunca trascendieron. Nunca penetraron con los ojos del espíritu el misterio de Dios.

A nosotros nos puede pasar lo mismo. Podemos estar criticando a todos aquellos que vienen en nombre de Dios porque le juzgamos según las apariencias. La realidad es que todo aquel que tiene el Espíritu Santo y actúan en nombre de Dios, es como un ángel que Dios nos envía en orden del proyecto de salvación que tiene con cada uno de nosotros.

Reconozcamos al Señor en nuestra vida y sobre todo en las personas que día a día nos habla de Él. Ellos, aunque sean humanos igual que nosotros, tienen una gracia especial y un ministerio encomendado por Dios para ayúdanos en nuestro camino de Fe.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 4,16-30): En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?». Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava

¡Hermosa la proclamación gloriosa de María! Ella, como nadie, sabe dar testimonio del amor de Dios manifestado en Jesús para con los humildes y pobres. ¿Quién se acuerda de los menos afortunados? Solo Dios y aquellos en los que se manifiesta el amor suyoz

Los pobres, humildes, hambrientos, pequeños y despreciados pueden estar contentos. ¡El Señor viene a salvarlos! ¡Liberarles de toda dolencia y dolor. Así que ánimo! Ya se acerca la fiesta del nacimiento del Señor Jesús en nuestros corazones. ¡Bendito sea el Jesús!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 1,46-56): En aquel tiempo, dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».

María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa.

Bienaventurados los pobres de espíritu

En el origen de todas las filosofías e ideologías está la búsqueda permanentes del ser humano de sentido en su vida, de felicidad.

Todo lo que hacemos tiende a esa aspiración. Todos queremos ser felices y trabajamos, estudiamls y nos relacionamos para alcanzar la felicidad. ¿Cuál es la propuesta de Jesús?

Lo primero es reconocer que la felicidad no la dan las cosas o la ausencia de sufrimiento. Esto es aspirar a un ideal irrealizable. Si algo es propio de la naturaleza humana es el sufrir y lo perecedero de los bienes materiales y afectivos. Todo pasa. Todo se muda. Nada es eterno. Entonces, ¿como podemos ser dichosos?

Si, luego de reconocer que somos pobres y necesitamos de ayuda, buscarla donde se encuentra. Jesús ofrece una dicha o felicidad fruto de aquellos que reconocen en Dios la fuente de todo bien. Tener una experiencia personal con el Señor y recibir de Él la gracia de contemplar la historia personal como una bendición… ahí radica la felicidad plena. Debes repetir hoy, en tu corazón, la siguiente afirmación: Dios lo ha hecho todo bien en mi vida. Si lo dices creyéndolo de verdad te invadirá la felicidad más grande que se pueda experimentar. ¡Ánimo! ¡Dios te ama y lo ha hecho todo bien!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 5,1-12a): En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

Bienaventurados los pobres

La pobreza es un tema recurrente en el discurso político y social. Todos los gobiernos del planeta se proponen combatir la pobreza y de hecho es una de las metas u objetivos de desarrollo sostenible de las Naciones Unidas. En las escrituras Jesús dice que bienaventurados o felices los pobres, ¿por qué dice eso? ¿A qué pobres se refiere?

La pobreza a la que se refiere es a la espiritual. Se refiere a aquellos que están llenos de bienes materiales pero vacíos de bienes espirituales. Los “ricos espirituales” son las personas que están llenas de rencor, odio, envidia, soberbia y todos los ídolos de este mundo. 

Es verdad que Jesús también puede referirse a la pobreza material pero en este caso particular nos invita a tener la actitud del “pobre” que sabe que todos sus bienes le vienen de Dios. Tengamos este tipo de pobreza y seremos felices.

Leer:
Texto del Evangelio (Lc 6,20-26): En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 
»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».

Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios

Un amigo me dijo una vez, en tono de crítica, que nosotros los cristianos exaltábamos la pobreza. Dicho colega insistía en afirmar que esa era una de las causas del retraso de tantas naciones de mayoría cristiana. Me parece que este evangelio aclara de manera magistral el mal razonamiento que tenía, a mi entender, nuestro dilecto conocido.

En primer lugar, asociar cristianamos a atraso social es un absurdo. Solo basta con darse cuenta que la nación más poderosa de la tierra, los Estados Unidos de Norteamérica, es una nación de mayoría cristiana y que en la base de su fundación están presentes los principios cristianos.

Por otro lado, el evangelio de hoy no dice que dichosos o felices serán aquellos que necesitan de Dios y abren su corazón a Él. En otras palabras, la felicidad se le ofrece a todos y todas. Dios quiere el bien de aquellos que hoy se sienten tristes, excluidos, no queridos, deprimidos, en fin, aquellos “pobres” de espíritu. Vale la pena recordar aquella famosa frase de Jesús: “he venido para que tengan vida y tengan vida en abundancia”.

Hoy puedes abrir tu corazón a Dios y sentirte dichoso, porque de ti y de mi, es el Reino de los Cielos.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 6,20-26): En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 
»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».

Cuando des un banquete, llama a los pobres

El “lambón” es una palabra fea que hace referencia, en la cultura dominicana, a una persona que adula a cambio de algún favor o preferencia. El adulador, sinónimo de “lambón”, busca que le devuelvan el favor de alabar las acciones de la persona objeto de sus lisonjas. ¿Qué nos enseña las escrituras respecto a este tema?

Jesús ataca siempre la falsedad. Muchos de nosotros, muchas veces al día, actuamos según las circunstancias. Le hacemos favores a personas de quién esperamos agradecimiento. Nuestra actitud hacia lo demás está condicionada por nivel social o poder que posea la persona con quién tratamos. Todos hemos caído en este error.

El Señor nos invitar a amar a todos por igual. La naturaleza misma de Dios consiste en amar a los buenos y malos, justos e injustos. Si hacemos esto seremos verdaderos hijos de Dios. Amar a los pobres y pecadores es la actitud cristiana por excelencia. Ellos son el objeto de nuestro accionar. El “banquete” y la “fiesta” se prepara para los últimos de la tierra. Para aquellos que no nos pueden devolver ese favor.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 14,12-14): En aquel tiempo, Jesús dijo también a aquel hombre principal de los fariseos que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos».