Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí

Muchas veces queremos convertir o hemos hecho del cristianismo una ley pesada o un moralismo. Estamos con un “palo” en la mano diciéndole a todo el mundo lo que tiene que hacer y pensamos que ser “buen cristiano” es cumplir una serie de preceptos externos que no tocan el corazón.

Nuestro Señor Jesús es el primero en denunciar este hecho inaudito. No podemos reducir el cristianismo a una receta o guía de “como se una mejor persona” como si se tratara de un opción más en el amplio catálogo de ofertas de auto superación personal. No… El cristianismo no es eso.

Jesús nos entrega la fractura del Amor como ley fundamental. Nos dice que Amar a nuestros padres, familiares, amigos, conocidos e inclusive a nuestros enemigos es la verdadera “ley”.

¡Abramos nuestro corazón a la gracia! A la inmensa dicha de amar y ser amados. Ese es el camino del cristianismo y de nuestra plena felicidad.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 7,1-13): En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Cuantos la tocaron quedaban salvados

Uno de los grandes mensajes del evangelio es que todo aquel que se siente afligido o enfermo puede encontrar salud en el Señor. Un elemento importante de la obra de Jesús aquí en la tierra era curar todas las dolencias y enfermedades. El anuncio del Reino de Dios siempre va acompañado de señales y prodigios.

Uno de las enseñanzas fundamentales del cristianismo es afrontar la vida tal cual es. Una de las grandes verdades de la existencia humana es reconocer que sufrimos. Nuestra vida está marcada por el sufrimiento y la enfermedad y esta realidad nos hace vivir en una justa dimensión.

El Señor con su obra nos dice hoy que podemos tocar “la orla de su manto” que significa que al leer la palabra de Dios podemos sentir al mismo Jesús y en este encuentro ser sanado de todas nuestras dolencias. El trae sentido a nuestra vida y nos lleva a la alegría de la salvación. ¡Toquemos a Jesús! Solo Él puede curar nuestras enfermedades físicas y espirituales.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,53-56): En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.

Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado

Ser cristianos en este tiempo nos lleva al riesgo. El estar en comunión con lo que la Iglesia ha dicho con respecto a la vida, el matrimonio o familia supone muchas veces que debemos dar testimonio hasta el martirio. Hoy vivimos una etapa muy parecida a la de Juan el Bautista.

Este hombre justo y santo denunciaba lo que él entendía no venia de Dios. El hecho de que un gobernante dejará su mujer y se casara con la mujer de su hermano era algo que iba en contra de la revelación de Dios. Juan no es un moralista. Él es un hombre sabio que tiene la luz divina para ayudar al ser humano de su época a entrar en el camino de felicidad que ofrece Dios.

¿Qué pasó con Juan El Bautista? Que lo asesinaron. ¿Por qué? Por ser profeta. La mayor intolerancia, por ejemplo, de nuestro tiempo es querer imponer un modelo de familia que muy pocos aceptan y va en contra del orden natural. No es un asunto de lo que está bien o mal. Es que Dios, con su inmenso amor, nos quiere mostrar la mejor forma de vivir esta vida y en esta época se rechaza dicha oferta divina.

Hermanos y hermanas, hoy más que nunca el Señor nos llama a ser otro “Juan El Bautista” para poder anunciar al mundo el plan divino de Dios que siempre es amar al ser humano en todas sus dimensiones. ¿Estás dispuesto a ir a Jerusalén a ser matado como lo fue Cristo? ¡Ánimo! El Señor nos ayudará

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,14-29): En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas

Un amigo, que ocupaba una importante posición, me preguntó una vez: “¿por qué los cristianos hacen enaltecen la pobreza?”. Esta pregunta no es tonta. En un mundo donde el éxito y la felicidad se mide por el nivel de riqueza es lógico preguntar porque hay personas que optan libremente por ser pobres.

Nadie quiere la pobreza. Ni los individuos ni las organizaciones y mucho menos los países. La lucha de todos los días es como lograr acumular riqueza para poder vivir mejor, que nos admiren y ser más felices. Esa es la tendencia natural de toda la raza humana. Ante esta realidad, ¿qué nos quiere decir el Señor cuando manda a sus más cercanos sin nada a recorrer caminos y pueblos predicando el evangelio?

Hace unos años tuve el privilegio o gracia de Dios de poner en práctica esta palabra. Fuimos enviados muchos de dos en dos por diversos países de América. En el momento que llevábamos a los lugares inmediatamente noté que lo que más llamaba la atención de nuestra experiencia es que íbamos sin nada. Más que nuestras palabras, siempre nos preguntaban que donde íbamos a dormir y que habíamos comido y ante esta pregunta siempre respondíamos: no lo sabemos.

El total desprendimiento y nuestro sometimiento radical a la providencia de Dios nos hacía obrar “señales y prodigios”. En una sociedad donde todo se basa en tener y cada día mucho más, encontrar personas que se desprendían totalmente y confiaban plenamente en la providencia de Dios era un verdadero espectáculo que certificaba que realmente veníamos de parte de Dios.

El Señor nos envía a esta generación acompañados de señales evangélicas. Más que los milagros físicos, lo que más llama la atención a esta humanidad consumista es es ver evangelizadores que ponen su confianza total en Dios. Hermanos y hermanas, pongamos en práctica esta palabra.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,7-13): En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio

Muchos líderes de nuestro pueblo han dicho que aquí tenemos un “complejo de Guacanagarix” refiriéndose al hecho de que pensamos que todo lo extranjero es mejor que lo dominicano. Sin entrar en detalles de si esto es cierto o falso, lo que si se puede afirmar es que muchas veces no hacemos mucho caso a los de nuestra casa cuando emiten una opinión o realiza algún trabajo.

Cuantas veces en nuestras familias intentamos decirle algo a nuestros padres pero no nos escuchan porque piensas que “a este muchacho lo crié yo, ahora viene a darme consejos”. En el ámbito político y empresarial se dice que si viene “uno de fuera” y dice algo todo el mundo le cree pero si eso mismo dice uno de los nuestros lo ponemos en duda o no le hacemos mucho caso. A Jesús puede haberle pasado algo similar.

El Señor predica en su tierra y los suyos no le acogen. Se fijan en su apariencia externa pero no se dan cuenta de las señales que confirman que su pariente, vecino o amigo es en realidad el profeta de Dios que vino a salvarles. Jesús vino a dar la Fe a su pueblo. Los milagros son solo instrumentos que utiliza Dios para suscitar en nosotros la Fe que es lo más importante.

También nosotros muchas veces somos rechazados en nuestras familias o ambientes porque la gente ve nuestra debilidad o “apariencia”. El Señor nos ha constituido profetas y por eso obra muchos milagros en nosotros y a través de nosotros. El objetivo de la obra de Dios es que los que nos rodean puedan descubrir su amor en nosotros y eso resulta un tanto difícil para nuestros cercanos que pueden quedarse en las apariencias.

¡Animo! No podemos desfallecer. Sigamos haciendo la voluntad de Dios y oremos por aquellos a los que hemos sido enviado como profetas para que puedan escuchar y creer en el Señor que les quiere y ama.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 6,1-6): En aquel tiempo, Jesús salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto?, y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Y se escandalizaban a causa de Él. Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré

El sentido de tocar es uno de los cinco con que percibimos y conocemos el mundo que nos rodea. Necesitamos de todos los sentidos para experimentar el mundo que nos rodea y los mismos nos ayudan a crecer y desarrollarnos sanamente.

Me imagino que Jesús, como hombre público y conocido, fue tocado por miles de personas. En su acción evangelizadora tuvo la oportunidad de tocar muchas personas pero la verdad es que no todos le tocaron realmente. ¿Qué significa tocar a Jesús?

Cuando la mujer enferma o la niña “tocan” a Jesús, significa que hacen experiencia de Dios en su vida. No se encuentran con el Jesús histórico más bien hacen experiencia del Jesús que tiene poder de sanar todas sus dolencias y curar todos sus males.

Hermanos y hermanas, esa es la clave del encuentro con Jesús. Hacer experiencia del Señor es estar abierto a su poder que cambia la vida en todas sus dimensiones. ¿Estás dispuesto?

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 5,21-43): En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

Crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él

Hace poco tiempo que celebramos la navidad y volvemos a tener un evangelio que hace referencia a ese importante tiempo litúrgico. Acompañamos a Jesús en todos los momentos importantes de su vida gracias a las escrituras.

Nuestro Señor Jesucristo nació como cualquier persona y le tocó vivir las mismas realidades que cualquier ser humano. Crecer y hacerse hombre o mujer supone grandes retos, desafíos y dificultades. Para Jesús y sus padres fue toda una aventura hacer las cosas que los demás hacían porque en momentos siempre había profetas que les recordaban la importante misión que debían realizar. Lo mismo pasa con nosotros.

Todos hemos nacido en familias, sociedades y familias muy concretas. Hemos tenido que crecer en una realidad social muy específica y sortear muchas dificultades pero lo mas importante es la llamada que tenemos de parte de Dios. Hemos sido “presentados” ante el Señor y consagrados a Él para realizar en esta vida un a misión. Tenemos una llamada o vocación: la de ser cristianos.

Hemos sido elegidos para formar parte del pueblo de Dios y reproducir la naturales misma de Dios que se ha manifestado en Jesús. El Señor quiere que seamos sus hijos. Esto supone hacer lo mismo que hizo Jesús, es decir, dar la vida por los demás. ¿Estás haciendo esto?

Amar a tu esposo o esposa, perdonar a tus enemigos, querer a tus hijos, ser un buen ciudadano o amigo y sobre todo, Amar a Dios por encima de todas las cosas es la misión a la que el Señor nos llama. Él nos invita a crecer en gracia, sabiduría y amor a Dios. Esto es el camino de la felicidad y la plena realización en nuestra vida. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 2,22-40): Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?

Cuando queremos que nuestros hijos o un niño entienda mejor un concepto difícil se lo explicamos en forma de cuento. Muchas veces somos como ellos. Tenemos un entendimiento o “mente muy pequeña” para conocer los misterios del Reino de Dios.

Cuando miramos nuestra vida o la de la Iglesia pensamos que el éxito de Dios se manifiesta en las grandes cosas y en el logro de importantes metas y proyectos. Mediante las parábolas de Jesús se entienden mejor estos misterios.

En Reino de Dios es semejante a una semillita muy pequeña que cuando crece se convierte en un árbol grande que da fruto. Y, ¿cuál es este fruto? Pues la maravilla del amor de Dios manifestado en nuestra vida.

Abramos nuestro corazón a las palabras del Señor que siempre producen frutos de vida eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 4,26-34): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.

Nada hay oculto si no es para que sea manifestado

Un hijo, sobre todo en las primeras etapas de su vida, tiene como principal ejemplo a seguir a sus padres. Es fundamental tener tener un referente en la vida. Muchas personas nos hemos hecho profesionales en una área específica porque nos impresionó alguien y dijimos: “yo quiero ser como Él cuando sea grande”. Lo mismo pasa en el cristianismo.

Dios nos ha dado mucho. Nos ama, perdona y sana. Nos ha salvado de la muerte y quiere que vivamos felices. Esta obra del Señor produce unos frutos. Y estos frutos son, entre cosas, para que el mundo los vea y crea en Dios.

Las obras de Dios manifestadas en un cristiano son como luz que alumbra la oscuridad del mundo. ¿Tus obras producen este efecto? ¿Cuando las personas te ven, piensan en que Dios existe y ama a todos y todas?

Nuestra luz debe ser la luz de Dios. Si no somos espejo donde se pueda reflejar la naturaleza misma del Señor, entonces le hacemos un “flaco servicio”.

¡Tranquilo! Dios tiene misericordia de nosotros y nos ayuda hasta en lo que nos pide que hagamos. ¡Él nos ama! Su juicio es la misericordia.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 4,21-25): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».

Les enseñaba muchas cosas por medio de parábola

Ya quedan muy pocos granjeros, campesinos o trabajadores de la tierra. La palabra Conuco es extraña para la mayoría de los habitantes de este país a menos que no sea el restaurante de Gazcue donde se sirve comida muy rica. Es por eso que la parábola del Sembrador a veces nos resulta un poco extraña. Veamos de forma resumida las claves fundamentales de la misma.

El Señor nos enseña día a día por medio de palabras y acontecimientos que el permite para nuestra salvación. Jesús aprovecha el contexto en el que vive para dar una enseñanza oportuna. Un día aprovecho el campo y el sembrador para explicar algo de gran profundidad.

La tierra que prepara el campesino para sembrar se parece al alma del ser humano que debe ser preparada para recibir la “semilla” de la palabra de Dios. ¿Cual es la realidad? Que al igual que pasa en la vida del campo, esta tierra tiene enemigos. La parte mala del camino, la mala yerba y las piedras son símbolo de los obstáculos que enfrentamos cuando hablamos de recibir la palabra de Dios en nuestro corazón y dar “fruto”.

Las preocupaciones de la vida, la falta de interés en las cosas de Dios y la inconstancia o pereza nos hacen perdernos de la maravilla que Dios quiere hacer en nosotros.

Desde pequeño, cuando iba a Santiago a visitar a mi abuela, me encantaba ver los campos sembrados de arroz. Era una escena preciosa. Lo mismo pasa en nuestra vida. Si dejamos que la palabra de Dios se “siembre” en nuestros corazones y de frutos, seres tan hermosos como un campo bien sembrado rebosante de alimentos y verdor.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 4,1-20): En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».