Las TIC como herramientas al servicio de la ética pública 

Los que nos desempeñamos en alguna función pública y queremos hacerlo con absoluta transparencia y con altos estándares éticos, buscamos constantemente formas y herramientas que nos permitan alcanzar dicho objetivo. Las tecnologías de la información y comunicación (TIC) son medios válidos para hacer posible la construcción de una administración pública participativa y transparente.

En lo que tiene que ver con transparencia, permite hacer pubicas las informaciones y datos que se crean y gestionan en los diferentes organismos del estado. 

También, para garantizar participación de todos los ciudadanos se pueden utilizar plataformas Web y aplicaciones de redes sociales que dan voz a todos y todas mediante un dispositivo y conexión a internet.

Por último, se hace necesaria también la automatización de los procesos administrativos públicos. Se hace necesario un proceso de virtualización de los servicios públicos mediante internet.

En conclusión, tecnología más administración pública es igual a mayor participación, transparencia y eficiencia en el funcionamiento del estado y de toda la sociedad.

¿Quieres curarte?

Cuando pensamos en Jesús, nos vienen a la mente muchas cualidades, dones, facetas y experiencias. Hay una que le distingue por encima de todas las demás: el don de curación.

Uno de los grandes frutos de abrir nuestro corazón a Jesús es que nos brinda sanación en todos los órdenes. Nuestro Señor Jesús nos cura las dolencias del cuerpo y también las del alma. Su poder lo ordena todo, lo cura todo, lo sana todo. 

No tengamos miedo. Si estamos pasando por alguna situación difícil, tranquilos! Nuestro Señor Jesús cambiará todo en bendición, paz, vida y alegría. Ten paciencia. El viene en nuestra ayuda.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. 
Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Vete, que tu hijo vive

La síntesis de la voluntad de Dios es nuestra vida y felicidad. Nuestro Señor no quiere nuestra muerto. Quiere que vivamos y tengamos vida en abundancia. En definitiva, que seamos felices. ¿Qué cosa podría evitar que esto se realice en nuestra vida? Nuestra incredulidad.

Muchas veces, sin darnos cuenta, dudamos del poder de Dios. Pensamos que el Señor no tiene nada que ver con nuestros sufrimientos. De hecho, algunas veces, le echamos la culpa de todo.  Nada más lejos de la realidad.

Dios quiere que vivas. ¡Que vivamos! El Señor quiere lo mejor para nosotros. ¿Por qué esto no se cumple en algunas circunstancias en nuestra vida? Porque pedimos señales y prodigios a nuestra manera. Queremos que Dios haga el milagro a nuestra medida. 

Lo mejor, para que Dios nos lleve a la vida, es abrir nuestro corazón a su voluntad y dejar que Él haga el milagro a su manera. Confía en Dios, que Él te ama y te quiere salvar.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 4,43-54): En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».
Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Si somos sinceros con nosotros mismos tenemos que reconocer que amamos muy poco o mejor dicho, amamos a nuestra manera o de forma muy precaria.

El amor de Dios supera todo tipo de amor humano. Las personas aman siempre y cuando el objeto o sujeto de nuestro amor nos edifique o construya. Amamos a nuestra pareja, hijos, amigos, padres y demás personas siempre y cuando sean buenos con nosotros y nos correspondan el amor que le tenemos. La gran paradoja es que nadie puede amarnos en plenitud o de manera perfecta. Esto solo puede hacerlo Dios.

Es por eso que el centro o piedra angular de nuestra felicidad es amar a Dios con todos lo que tengamos y sabien que Él nos ama, dar a los demás de ese amor que Dios nos da. Esa es la perfecta felicidad. Lo demás es vanidad de vanidades.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos». 
Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Por el dedo de Dios expulso yo los demonios

Todo el que lee las escrituras, pero sobretodo los evangelios, se dará cuenta que aparecen con frecuencia los relatos de posesiones demoniacas. Se visualiza una influencia concreta y patente de la maldad en la vida de las personas, ¿estamos viviendo una época diferente?

Cuando vemos la cantidad de asesinatos, homicidios, robos, violencia, corrupción y delincuencia en general, podemos darnos cuenta que hoy también se tiene que luchar en contra de la influencia del maligno y de lo malo en nuestra sociedad. ¿Quién podrá ayudarnos?

El Señor Jesús, precisamente, vino y viene hoy en nuestra ayuda. Él expulsa todos los demonios de nuestra vida y sociedad. En Él podemos encontrar esperanza, Fe y consuelo. Confiemos en Jesús, que Él nos guardará de todo mal.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 11,14-23): En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».

No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento

¿Cuál es la ley que Jesús viene a dar fiel cumplimiento? ¿Cuál es la plenitud del mandamiento de Dios? El amor en la dimensión de Cruz.

En este mundo se a desprestigiado la palabra Amor. Ahora hacemos uso de dicho concepto para todo y para nada. Es por eso que nos vemos forzados a ponerle su correspondiente apellido. No hablamos de cualquier amor vano y erótico. Hablamos del verdadero. El amor en la dimensión de la Cruz.

Dios es Jesús mostró el verdadero amor. ¿Y cuál es este? En de alguien que perdona, excusa, entiende y exime de culpa. El amor en la dimensión de la Cruz se muestra en el dar la vida por el prójimo hasta por el mismo enemigo. La verdad es Fe, el verdadero crisitanimo, consiste en encarnar el espíritu de Jesús que da la vida por los demás. ¡Oh gloriosa Fe! Que convierte la oscuridad en luz, el odio en perdón, el rechazo en la aceptación. Solo el amor en esta dimensión es capaz de construir una sociedad de verdadera paz y justicia.

En estos días hemos sido testigos de que se puede amar así. Pidamos a Dios que podamos mostrar todos los días la naturaleza divina. Pidamos a nuestro Señor que nos conceda, en su infinita misericordia, ser verdaderos hijos de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré

El perdón es una de las característica de Dios. Cuando los santos hablan del Señor, siempre hablan del amor y su manifestación en el perdón. El que ama perdona. El que verdaderamente dice ser hijo de Dios perdona siempre.

La falta produce culpa. La culpa nos mantiene esclavizados, tristes y siempre en amargura. La única forma de romper este círculo de oscuridad es el perdón. Lo que destruye la división, odio y deseos de venganza es perdonarle a nuestro prójimo todos sus pecados para con nosotros.

¿Por qué es importante perdonar? Porque hemos sido perdonados primero. Dios nos ha amado y perdonado hasta el extremo. No tiene en cuenta nuestra culpa y nos ama como somos. Pidamos a Dios la gracia de hacer lo mismo. Solo así podremos llamarnos hijos de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 18,21-35): En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 
»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado

José, esposo de María madre de Jesús, es modelo de todo cristiano. En él podemos contemplar virtudes que esperamos ver en los que sienten el llamado al cristianismo y así hacer la voluntad de Dios. Es fundamental parecerse a José en nuestro camino de Fe.

En prime lugar, José es ejemplo de castidad. Él siempre se mantuvo fiel a María. La amaba tanto que siempre deseó lo mejor para ella, trabajó y luchó para que siempre estuviera bien.

Por otro lado, José es ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios. Siempre dispuesto a cumplir las palabras de Dios que venían a él a través de sueños, apariciones e inspiraciones. 

Y por último, José es ejemplo de maestro y tutor. Él asumió la paternidad terrenal del Señor Jesús, con toda la fidelidad y amor que se merecía tal encargo. Nosotros los padres necesitamos seguir el ejemplo de José que inició a Jesús en la Fe y creó para Él un ambiente propicio para el encuentro con Dios.

En definitiva, José es ejemplo de fe cristiana. Un icono o representación humana de una persona que asume en plenitud el plan de Dios en su vida. ¡Imitarlo es un honor y deber! Con la gracia de Dios podemos hacerlo.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a): Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 
Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos

Los cristianos estamos llamados a trabajar en la viña del Señor. Esto puede significar muchas cosas. La más importante de ellas es la labor de evangelización en sus diferentes formas y carismas.

La buena noticia o evangelio jamás se hubiera esparcido por el mundo entero si no se contara con trabajadores o evangelizadores que anuncien como testigos creíbles el amor de Dios.

Hoy el Señor nos invita a ser fieles a su llamada. Por el hecho de ser bautizados, somos todos enviados a todas partes a ser testigos del amor de Dios. ¡Ánimo! Respondamos si a la llamada de nuestro Padre Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 21,33-43.45-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». 
Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos». 
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Él es aquí consolado y tú atormentado

Cuando miramos nuestra vida aquí en la tierra y repasamos los acontecimientos que experimentamos día a día, nos da la impresión que algunas cosas no son perfectas. Algunos tienen la tendencia de ver siempre “el vaso medio vacío, en lugar de verlo medio lleno”. Es una tendencia de interpretar los acontecimientos como males que debemos padecer. 

En las sagradas escrituras hay dos figuras:  Lázaro y un hombre rico. El primero padeció “males”, el segundo vivió una vida de placeres y desenfreno. Estos llamados males que Lázaro sufrió son imagen de las carencias y sufrimientos que nos toca a todos padecer. Nos falta el cariño de alguien, las cosas no sales siempre como queremos o tenemos que experimentar una enfermedad o dolencia de cuerpo y alma. Esa es la vida. Está llena de momentos de felicidad y también de tristezas.

En el evangelio se nos invita a mirar al cielo. A poner nuestra seguridad en las cosas celestes, no en las de la tierra. Es mejor padecer carencias aquí que sufrir eternamente en la lejanía de Dios. Esa es la clave para entender nuestra vida y su propósito celestial.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.
»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’. 
»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».