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Hoy ha llegado la salvación a esta casa

La única experiencia que puede transformar radicalmente a una persona es el encuentro personal con Jesucristo muerto y resucitado por amor a nosotros. Puedo dar testimonio de muchas personas que he conocido en mi vida que gracias a esta experiencia a salvado la vida. ¿Por qué sucede esto?

Jesús actuaba contra corriente. En su tiempo la religión era muy fuerte y servía muchas veces para dividir a las personas. Es decir, eran buenos los practicaban externamente una seria de normas y leyes. Los que no hacían eso, eran considerados personas de segunda, pecadores y despreciados por el pueblo.

Jesús nunca despreció a nadie. De hecho, entraba en casa de pecadores y les amaba profundamente. Este amor es el origen de toda conversión. Dios transforma el corazón de las personas mediante su misericordia que rompe todos los esquemas. ¿Lo has experimentado alguna vez? Pídele a Dios que hoy puedas volver a renovar ese primer encuentro que alguna vez tuviste con Dios. ¡Él te ama!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 19,1-10): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.

Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».

Ve. Tu fe te ha salvado

El mundo está lleno de creencias diversas. Las personas, que se declaran ateos, necesitan trascendencia. Eso es algo que podemos constatar al ver la gran cantidad de temas raros en los que las personas ponen su confianza. Los talleres de superación personal, las ideas de influencia asiática, los métodos de meditación trascendente y demás tendencias actuales demuestran que una sociedad secularizada buscan sustitutos a las creencias tradicionales. ¿Qué le pasa a este mundo?

Le falta la experiencia de encuentro personal con el poder sanador de Jesús. Necesitamos gritar al Señor para que nos sane y experimentar el amor divino que todo lo transforma y resucita. Necesitamos reconocer que Jesucristo es el único señor que puede liberarnos de la muerte y llevarnos a la vida.

¡Ánimo! Hoy podemos abrir nuestro corazón a la misericordia de Dios que siempre atiende nuestras súplicas y nos libra de todo mal.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 18,35-43): En aquel tiempo, sucedió que, al acercarse Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él dijo: «¡Señor, que vea!». Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado». Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

Vedlo aquí o allá

Jesús viene al mundo todos los días. Si, como lo lees. Todos los días tenemos la oportunidad de descubrir al Señor en nuestra vida.

Dios envió a su único hijo a la tierra en un momento concreto de la historia. Él volverá en un momento concreto de la historia. La mayor preocupación nuestra no debe ser saber fechas. Lo que debe prestar nuestra atención diaria es preparar nuestro corazón para recibir diariamente a Jesús.

Vivamos siemore en una actitud de espera. ¡Qué venga Jesús! Todos los días y el día definitivo en que nos llevará con Él.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 17,20-25): En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros».

Dijo a sus discípulos: «Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: ‘Vedlo aquí, vedlo allá’. No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, antes, le es preciso padecer mucho y ser reprobado por esta generación».

Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer

Muchas veces tenemos una alta estima de nosotros mismos. Pensamos que el mundo gira alrededor nuestro. Nos consideramos imprescindibles. Por eso Dios permite alguno que otro acontecimiento para hacernos humildes. Para ponernos en nuestro lugar.

La misión que Dios nos asigna en este mundo no debe de motivo para que now sintamos importantes. Todo lo contrario. Debemos ejercer el ministerio con humildad y sabiendo que lo poco o mucho que hacemos, es por pura misericordia divina. Hacemos lo que tenemos que hacer.

Demos siemore la gloria a Dios. Él es la fuente de todo bien. El amor que Dios nos regala es para edificarnos y edificar a toda la iglesia. Bendigamos a Dios por permitimos servirle a pesar de todas nuestras debilidades. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

Si tuvierais fe como un grano de mostaza

La Fe ilumina nuestra vida. Los acontecimientos adquieren un sentido nuevo a la luz de la Fe que Dios nos regala como un don bajado del cielo. ¿Tú tienes Fe?

Si somos sinceros con nosotros mismos debemos reconocer que tenemos muy poca Fe, muchos ninguna Fe. Eso se manifiesta en los momentos o acontecimientos donde deberíamos mostrarla. Cuando la enfermedad toca nuestra puerta, cuando alguien nos humilla o escandaliza, y hasta cuando nos sobreviene el sufrimiento. ¿Cómo reaccionas ante la adversidad?

El que tiene Fe nunca duda del amor de Dios. Siempre acepta la humillación. Nunca escandaliza a nadie. Siempre hace el bien. ¿Tú tienes Fe?

Pidamos a Dios que nos aumente la Fe y a través de ella podamos ser luz del mundo.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 17,1-6): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos.

»Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás».

Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido».

No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado

Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. No podemos llenarlo de lujurias, soberbias, murmuraciones y odios. Esa es la llamada que nos hace el Señor.

Todos somos creados a imagen y semejanA de Dios. Somos un diseño único y hermoso del creador. Nuestro Señor siempre nos destina para que seamos felices. ¿Por qué muchas veces no lo somos? Porque llenamos nuestro espíritu de mundanidad.

Hoy es la oportunidad de ordenar nuestra vida. De hacer un compromiso de pureza y humildad del Señor. No manchemos nuestro templo, porque es el templo de Dios. Amén.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 2,13-22): Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Éste acoge a los pecadores y come con ellos

Jesús vino a salvar lo que estaba perdido. Vino al mundo a perdonar a los pecadores. ¿Cómo dices que no tienes pecado?

El mayor de los desafíos a la hora de llevar a las personas a Dios es que se reconozcan pecadores. La mayoría de las personas tienen un alto valor de si mismos. Todos se creen muy buenos. No tienen conciencia de sus pecados y debilidades.

El problema con esta realidad es que nunca conoceremos el amor de Dios si no nos conocemos a nosotros mismos. La verdad es que somos grandes pecadores. ¿Le puedes poner nombre a tus debilidades y maldades? Si es así, entonces eres consciente de quien eres. Estás en el inicio de una verdadera conversión.

¡Alégrate! Cristo viene a salvar a los pecadores. El Señor te muestra el maravilloso amor de Dios. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 15,1-10): En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Podríamos decir: “¡más claro! Ni el agua”. Jesús puso a sus seguidores condiciones muy claras. Si quieres ser cristiano, debes renunciar a todos sus bienes. Nada ni nadie puede estar por encima de Dios y su voluntad. ¿Estás dispuesto a renunciar a todos tus bienes?

El tema es que nunca hemos pensado seriamente en esto. Vivimos un cristianismo “a la medida” de nuestra razón. Pensamos que suena muy bien el evangelio pero que tampoco debemos exagerar. Adaptamos el mensaje de radicalidad evangélica a nuestra mentalidad chata y gris. Somos unos cristianos mediocres.

Hermanos y hermanas. No tenemos otra opción que renuncia a nuestros bienes afectivos, materiales y sociales. Ese es el camino de Cristo, ¿estás dispuesto a seguirlo? ¡Demuéstralo con hechos!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

»Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!

En varias ocasiones Jesús utilizó la figura del banquete para explicar en qué consiste el reino de los Cielos. Es hermoso imaginar la realización del reino de Dios como una fiesta. ¿Todos los que somos invitados a participar de ella valoramos igual el significado de dicho encuentro?

Muchos de nosotros sabemos dar muy buenas excusas para faltar a la iglesia, no poner en práctica su palabra o simplemente no incluir a Dios en las decisiones importantes de nuestra vida. Nunca tenemos tiempo, estamos muy ocupados o tenemos tareas mucho más importantes que hacer las tareas de Dios.

El Señor nos invita a ponerle por encima de todas nuestras prioridades. ¡Somos invitados a una fiesta! ¿Cómo puedes perdértela? El reino de los Cielos es para tí. No te lo pierdas.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 14,15-24): En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de los que comían a la mesa: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!». Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses’. Y otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’.

»Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor al siervo: ‘Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».

Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso

¿Crees en el paraíso? ¿De verdad piensas que si te portas mal iras al infierno? Son preguntas que debe responder con toda sinceridad.

La raíz de muchos pecado, para no decir todos, es pensar que nunca vamos a morir y rendir cuentas ante Dios. Con sinceridad debemos reconocer que muchas veces vivimos sin pensar en el paraíso o la vida futura. La gran verdad de esta existencia es que todos vamos a morir. Si mis queridos amigos y amigas, hermanos y hermanas. ¡Todos nos vamos a morir! Entonces, ¿En qué y cómo vas a invertir el tiempo que Dios te ha regalado en este mundo?

Todos tenemos familiares que nos preceden en la casa del Padre, en el cielo. Pidamos su intercesión para que sepamos vivir según Dios para poder morir en paz y experimentar las alegrías de la vida futura. ¡Amén!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 23,33.39-43): Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».