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Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?

Jesús sube a Jerusalén para mostrar al mundo una nueva forma de amar. Él entra en casa de samaritanos, publícanos y pecadores para mostrar que ha venido sa salvar a todos. Su misión consiste en perdonar los pecados de los que se han alejado de Dios.

Nosotros muchas veces actuamos de forma diferente. Respondemos con ira y violencia. Nos creemos superiores a los demás y por eso juzgamos a nuestros prójimos. Ese no es el camino de Jesús.

Amemos y perdonemos al prójimo. Mostremos la naturaleza de Dios amando a todos sin excepción. Esa es la naturaleza divina. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!

La subida a Jerusalén es símbolo de la experiencia cristiana. Todos los que hemos sido elegidos por Dios para mostrar su gloria en este mundo, estamos llamados a dar la vida por los demás. Jerusalén es símbolo de pasión pero también de resurrección.

El cristianismo se diferencia de cualquier experiencia religiosa o ideológica. La experiencia cristiana es un encuentro personal y profundo con un Dios que nos ama y que ha entregado a su hijo a la pasión y muerte para que con su resurrección podamos vivir eternamente.

¡Ánimo! Si hoy sufrimos es porque tiene un valor santificador. Esa es la misión del cristiano, morir para que otros puedan vivir.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 19,41-44): En aquel tiempo, Jesús, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».

Marchaba por delante subiendo a Jerusalén

Jesús subió a Jerusalén. Tenía claro que Dios le llamaba a manifestar el amor mediante la pasión. Estaba dispuesto a instaurar el reino de Dios mediante su muerte y resurrección.

En tiempos de Jesús se pensaba que Dios instauraría un reino terrenal. Israel, pueblo oprimido, gritaba a los cuatro vientos por su libertad. Se tenía la ilusión de la posibilidad de una libertad política. ¿Qué instauró Jesús? El verdadero Reino de Dios.

Jesucristo inauguró una nueva realidad. Mostró que el reino de los Cielos se realiza en el corazón de las personas que aman como Él nos amó, dando la vida por los demás. El Señor nos da misericordia y mucho amor para que podamos también hacer lo mismo con nuestro prójimo.

No cerremos nuestro corazón al proyecto de Dios. Seamos fieles cumplidores de su voluntad. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 19,11-28): En aquel tiempo, Jesús estaba cerca de Jerusalén y añadió una parábola, pues los que le acompañaban creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta que vuelva’. Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: ‘No queremos que ése reine sobre nosotros’.

»Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido diez minas’. Le respondió: ‘¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades’. Vino el segundo y dijo: ‘Tu mina, Señor, ha producido cinco minas’. Dijo a éste: ‘Ponte tú también al mando de cinco ciudades’. Vino el otro y dijo: ‘Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste’. Dícele: ‘Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses’.

»Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’».

Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

El que practicó la misericordia con él

Un hombre bajó de Jerusalén a Jerico, símbolo del descendimiento que hacemos cuando pecamos. Estaba en el cielo, pero fue precipitado al infierno. Los acontecimientos, sus debilidades o los sufrimientos le hicieron experimentar la muerte, el dolor, el sin sentido de la vida. ¿Quién podrá ayudarle? Ciertamente nadie que le juzgue y le ataque.

La misericordia es la manifestación más hermosa del amor. Dios nos ha dado una ley de amor. Nos ha dicho que si experimentamos su amor en el alma, cuerpo y mente seremos felices. ¿Basta con eso? No! Es fundamental manifestar ese amor en los demás. El nombre de este amor es misericordia.

¿Tienes misericordia con tu esposo, esposa, hijo, hija, compañero de trabajo o estudio, vecino o cualquier otra persona que te encuentres en el camino? Tranquilo, que si tú respuesta es no… Dios te ayudará con su espíritu santo para que sea si. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 10,25-37): En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?

A ti, que estás leyendo este escrito, te pregunto: ¿alguna vez te has molestado con alguien o has sido violento? Me imagino, si respiras y comes, que tu respuesta será si. La verdad es que todos en algún momento de nuestra vida hemos experimentado algún nivel ira o violencia.

Normalmente esto sucede cuando algo o alguien no es como quisiéramos que fuera. Nos molestamos con todo lo que va en contra de nuestros esquemas. Nos resistimos a asumir la vida como es.

Es por eso que Jesús nos invita a ser siervos, humildes o pequeños. La misión del cristiano es ir a morir en el monte de Jerusalén, es decir, dar la vida por los demás. ¡Ánimo! Quien ama acepta todo y ama a todos.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?

¿Cómo podemos conocer al Señor? ¿De qué manera experimentamos la resurrección del Señor? Los discípulos de Emaús nos muestran como Jesús RESUCITADO se hace presente en nuestras vidas.

Ciertamente, hoy no se aparece Jesús de forma física a que le toquemos y comemos con Él. Lo hace de una manera más profunda, íntima, mística y existencial. Le encontramos en las escrituras y el la fracción del Pan. Le podemos ver en la comunión de los hermanos. También podemos exprimentar su resurrección cuando en medio de la tristeza suscita profetas que nos ayudan en el camino de la vida a descubrir el amor de Dios.

La verdad que hemos experimentado todos es que CRISTO HA RESUCITADO! Somos testigos. Podemos dar testimonio de eso. Animo! CRISTO vive.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 24,13-35): Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. 
Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. 
Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 
Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén

En nuestro diario vivir tenemos la tendencia de querer reafirmar nuestra voluntad. En la familia, en el trabajo, en las relaciones laborares y prácticamente en todos nuestros espacios queremos que primen nuestras ideas y nuestros criterios. ¿Nos hace bien esta inclinación a la auto afirmación?

El Señor dio ejemplo muchas veces de que lo importante para ser feliz es que en nosotros se cumpla la voluntad de Dios. Jesús sube a Jerusalén sabiendo que la misión que tiene en el mundo es la de mostrar la resurrección y victoria sobre la muerte mendiante un amor que es capaz de dar la vida hasta por sus enemigos.

Los apóstoles, al igual que nosotros, se confunden y no entiende. Su misión no es la de mostrar su poder e imponerse. Su objetivo de vida cristiana es la de amar y dar la vida por todos. Esto es lo que Dios quiere realizar en nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Vengo de Él y Él es el que me ha enviado

El Señor Jesús vino a la tierra para cumplir una misión. Dios envían al Señor a mostrar algo nuevo. El mesías anuncia una gran noticia. Este mensaje de trascendencia es la victoria sobre la muerte y que en cada uno de nosotros se puede realizar de manera concreta el misterio de nuestra salvación.

La resurrección propuesta por el Señor no es solo física al final de los tiempos. La victoria sobre la muerte se realiza aquí todos los días en el corazón de los hombres y mujeres que se abren al amor de Dios.

Jesús enseña en el templo. Las autoridades de este centro de poder religoso y político quieren matarle. ¿El Señor se llena de miedo y calla? NO. ¿Por qué? Porque tiene la seguridad de la resurrección. Sabe que la vida eterna se realiza a través del sufrimiento. Un proceso de purificación siempre culmina en algo mucho mejor a lo anterior.

Les invito a todos en este viernes de cuaresma a ver la experiencia de Jesús y llenarse de valor. ¡No tengan miedo! Tu futuro es de Dios. Vivir el presente como Jesús que anuncia el Reino de Dios con su vida y no tiene miedo a nada ni a nadie porque sabe que Dios le salvará de todos los peligros. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 7,1-2.10.14.25-30): En aquel tiempo, Jesús estaba en Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito.


Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar. Decían algunos de los de Jerusalén: «¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que éste es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es». Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: «Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado». Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!

Las malas noticias nunca serán bien recibidas. Nos mete en depresión contemplar el futuro de forma incierta. Al portador de mensajes catastróficos se le rechaza. Jesús en algunas ocasiones asumió ese rol.

Para el Señor lo más importante no es que Jerusalén se hunda y quede desolada. Su mensaje es de paz, amor y salvación. ¿Por qué habla “tan duro” en algunas ocasiones? Porque como un padre corrige a su hijo así Dios nos recuerda que vamos por mal camino y las consecuencias devastadoras de nuestros actos.

Jerusalén es la “ciudad preferida de Dios”. Tú, al igual que Jerusalén, es ¡su hijo predilecto! ¿Cómo no indicarte el final que puedes tener si HOY no te conviertes a Él. Cambiar de vida es descubrir su amor y vivir en consecuencia. Una persona que haya hecho encuentro personal con el Señor jamás vuelve hacer igual. Su amor transforma, cura y salva.

Te invito hermano y hermana a que HOY puedas ser la diferencia. Eres “Jerusalén”, actúa como tal. Si ella es la llamada “ciudad tres veces santa” que tu también lo seas.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 19,41-44): En aquel tiempo, Jesús, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».

Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén

Todos podemos controlar algunos aspectos de nuestras vidas. Hay algunas cosas que escapan a nuestro control o voluntad. En nuestra Fe cristiana sabemos que Dios es causa primera de todo. ¿Cómo podemos entonces interpretar esas cosas que se nos imponen en nuestro diario vivir?

Jesús es el Hijo de Dios. Fue enviado por nuestro Padre divino para cumplir una misión. Se encarnó en la tierra para dar la vida por todos. Vino para ir a Jerusalén y ser matado. Subió a la ciudad tres veces santa para morir y resucitar por nosotros. ¿De qué manera participamos en este misterio?

Hemos sido rechazados muchas veces. En algún momento alguien nos ha tratado mal o con desprecio. Un amigo, tu esposo, un compañero de trabajo o algún familiar nos ha hecho sentir miserables o poco importantes. Estos son los momentos para perdonar y amar con Jesús.

No pidamos que “baje fuego del cielo”. Imitemos a Jesús en como responde ante la injusticia. ¡AMA A LOS ENEMIGOS! Perdona a todos los que te han hecho algún mal.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.