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La justicia, la misericordia y la fe

Las leyes nos ayudan a organizarnos en sociedad. Ordenan las relaciones humanas y ayudan a construir justicia. Nos ayudan a establecer orden donde podría haber caos. Un buen sistema de justicia es garantía de paz y tranquilidad. ¿Podría haber algún tipo de orden superior?

Jesús establece una nueva realidad. Vino al mundo no para abolir la ley sino para darle cumplimiento. Muchas veces al cumplir la ley podemos cometer una injusticia o mas bien condenar para siempre a una persona que podría cambiar de vida y mejorar. 

Muchas familias que han tenido a algún familiar preso han experimentado esta cruda realidad. Han pasado por la pena de ver el historial de un ser querido manchado para siempre. La justicia humana es imperfecta, no así la divina.

Jesús quiere que practiquemos la misericordia. Quiere que esté siempre el espíritu de la ley por encima de la letra. El espíritu de la ley es el amor.

Hoy te invita a poner en práctica la ley del amor con tu pareja, hijos, familiares, amigos y hasta con los enemigos. El mal se combate con el bien. La injusticia con la justicia. El odio con amor. Hoy es la oportunidad de amar a todos como Dios los ama. Cumplamos esta ley suprema y seremos felices siempre.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 23,23-26): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña y codicia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!».

Ven y lo verás

Muchos de nosotros tenemos en algún momento de nuestra vida crisis de Fe. Nos entran dudas. Los acontecimientos adversos nos hacen pensar que Dios no tiene poder para solucionar nuestros problemas concretos.

Es por esto importante que todos los días reafirmemos cada día nuestro compromiso de Fe. Reconocer cada día que el “hijo del carpintero” es realmente hijo de Dios y nuestro salvador.

Dios nos ama y conoce. Sabe que “debajo de la Higuera” encontramos su amor. Que en la liturgia, la palabra y el amor de los hermanos y hermanas podemos descubrir el inmenso don de su Salvación.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 1,45-51): En aquel tiempo, Felipe se encontró con Natanael y le dijo: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás». Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos

Para todo el que está en Dios la vida es una fiesta. Los banquetes son expresiones culturales presentes en todas las sociedades y culturas del mundo. Son la expresión máxima de alegría y regocijo. Cuando es tiene a Dios en el corazón esto se hace necesario, natural y oportuno. ¿Qué se tiene que hacer para participar de la alegría y banquete del Señor?

Debemos tener lo apropiado para una fiesta. El traje es fundamental. El protocolo determina que llevar puesto para cada ocasión. En el caso de la “fiesta” del Señor debemos llevar con nosotros la naturaleza misma de Dios. Estar adornados con las “joyas” de las buenas obras realizadas mediante su gracia.

Todos estamos invitados a la fiesta que nos ofrece nuestro Dios. El único requisito es estar dispuesto y entrar con corazón humilde y disposición total a dejar los “trajes feos” y ponerte el mas bonito de los “vestidos” que es el amor de Dios hecho obras en nuestras vidas.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 22,1-14): En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía a otros siervos, con este encargo: ‘Decid a los invitados: Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda’. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.
»Entonces dice a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda’. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos

Nosotros tenemos un sentido de justicia que nos viene de nuestra experiencia natural, la cultura y el sentido común. Si alguien comete algo indebido debe pagar en la misma proporción que la falta cometida. La famosa le del talión “ojo por ojo y diente por diente” era una forma de establecer orden en una sociedad que podía cometer excesos de venganza y condena. 

En el caso de la justicia divina sucede de forma un tanto diferente. El amor de Dios incluye la ley humana y la supera. A todos los hombres y mujeres alcanzan el amor de Dios visibilizado en Cristo. Esto es el “denario” que se le paga a cada uno de nosotros. 

Dios no opera bajo los esquemas humanos. Nuestro Dios suelta todos los esquemas. Su medida es la misericordia y el amor.

Leer:

Evangelio según San Mateo 20,1-16a.

Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. 

Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña. 

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, 

les dijo: ‘Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. 

Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. 

Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: ‘¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?’. 

Ellos les respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Entonces les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’. 

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros’. 

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. 

Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. 

Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, 

diciendo: ‘Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada’. 

El propietario respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? 

Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. 

¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?’. 

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos». 

Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible

¿Podemos dejar lo seguro por la promesa? Hay un refrán que dice “más vale pájaro en mano que cien volando”. Estamos diseñados para poner nuestra confianza en lo que se ve. 

En el evangelio no se quiere anular este comportamiento normal de todos nosotros. Lo que se quiere es poner acento en algo todavía más fuerte que eso: todo pasa en este mundo.

Los bienes, riquezas, juventud, honores y todo lo que podamos acumular un día será polvo y nada. Esa es la vida. Esa es nuestra realidad.

Por eso somos invitados hoy a poner nuestra confianza solo en Dios. Esto se pone en práctica mediante la relación sana y estable con los afectos y bienes de este mundo. La vida eterna consiste en poner nuestra confianza solo en Dios. Lo demás nos viene por añadidura.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 19,23-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos». Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible». 

Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?». Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».

Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?

La búsqueda incansable de la felicidad ha sido una constante en la vida de los seres humanos. Las filosofías, ideologías y religiones tienen eso en común. ¿Cual es el camino de la felicidad? Todos queremos una respuesta a esta interrogante fundamental.

Hoy en día hay una respuesta generalizada a la búsqueda de la felicidad. El mundo nos presenta que la riqueza y la fama son las claves para una vida plena y realizada. La publicidad, los libros y lo que nos dicen los líderes mundiales es que si tienes mucho dinero y gloria entonces serás feliz y admirado por todo el mundo.

La paradoja consiste en que por ejemplo muchos artistas tienen todo lo que uno podría desear pero aún así de drogan o suicidan, ¿cuál es la razón de este fenómeno? Pues que no solo de “pan vive el hombre”. Esto quiere decir que tenemos que saber que no solo de dinero o abundancia de bienes consiste la felicidad.

Busquemos la felicidad con trascendencia. Disfrutemos lo que tenemos y tengamos ambición sana. Que todo en esta vida pasa. Lo único que no pasa es el amor que podamos tener a nuestro a prójimo y a Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 19,16-22): En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

El que ama su vida, la pierde

Parece una frase escandalosa pero es bíblica. Los seres humanos nos pasamos la vida construyendo nuestra fama, nuestra vida, nuestro patrimonio y nuestra legado. Eso no está mal. El tema es pensar que en esto consiste vivir plenamente.

Ponernos metas ambiciosas y luchar por ellas es bueno. Lo que no es correcto es ver en ellas un fin en sí mismo.

Dios quiere que seamos felices. Y el secreto de la felicidad es ver bendición en nuestra vida como es y como se va presentando.

¡Ánimo! Pongamos nuestra confianza solo en Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 12,24-26): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».

Levantaos, no tengáis miedo

¿Cuál es la oferta de Jesús? Dios quiere que todos tengamos vida y vida en abundancia. Por eso envía a la tierra a su único hijo con una misión muy específica y concreta. Esta es es la que tengamos ánimo, paz y alegría. ¿Cómo se realiza concretamente esta misión en nuestra vida?

El Señor se llevo a sus más cercanos a un monte alto. Este recibe todavía hoy el nombre de Tabor. En dicho momento mostró en su carne lo que quiere hacer en el espíritu de todos nosotros: transfigurarnos.

La transfiguración nos hace ver que la obra de Dios en nosotros es nuestra resurreción. Nos cambia la vida ver el amor de Dios manifestado en Jesús. El Señor muestra el amor de Dios cuando nos indica el camino que el quiere realizar en nosotros. 

Por eso nos dice: ¡ánimo! Quiere que veamos que la obra en nosotros es de luz. Si tienes problemas, miedos, dudas o preocupaciones piensa en que llegará el momento en que el Señor te transfigurará con Él. ¿Cómo lo hará? Si permaneces en oración. 

Oremos para ser transfigurados el día del Señor.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

¡Ánimo!, que soy yo; no temáis

Jesús siempre calma la tempestad. Hay tanto en nuestra vida de eso. Muchas veces nos levantamos y no tenemos ganas de enfrentar el día. Estamos cansados de tanto batallar. Necesitamos alguien que nos ayude, que nos anime! Ese es Jesús, nuestro Señor.

La gente busca a Jesús por muchas razones. Intentan satisfacer sus necesidades básicas. El Señor quiere darnos lo que verdaderamente necesitamos: calma en la tempestad de la vida.

Sería bueno que hoy pensaras en esas cosas que te atormentan o te quitan La Paz. Es bueno que hoy confíes en el Señor y sepas que Dios tiene el poder de sanarte y calmarte.

¡Ánimo! Hoy el Señor te mostrará su amor. Te dará paz y alegría.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 14,22-36): En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.
La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Ánimo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».
Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Dadles vosotros de comer

Jesús siente compasión de la gente. En el mundo hay millones de personas necesitadas de ayuda material. Hay muchísimos más que necesitan de ayuda espiritual. Jesús quiere “saciarlos” de lo que les falta. Él quiere que puedan descubrir el amor de Dios en sus vidas. ¿Cómo lo hace Jesús?

Para realizar este milagro el Señor se vale de sus discípulos. El multiplica lo que tienen: cinco panes y dos peces. ¿Esto que quiere significar? Que el Señor les hace experimentar primero a sus discípulos su amor y luego hace que  ellos se lo den a las personas.

Si has recibido mucho amor de parte de Dios tienes la misión de dárselo a la  gente para que al igual que tu puedan ser saciados del amor de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 14,13-21): En aquel tiempo, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan Bautista, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. 
Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». 
Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.