Archivo de la etiqueta: Dios

Nadie va al Padre sino por mí

La vida nos pone en muchos escenarios. Mientras vamos caminando en este recorrido de la vida, experimentamos sueños, anhelos y deseos. En medio de tanto afán, necesitamos apoyos y ayudas. Dios no es ajeno a nuestros problemas y por tanto nos envía a un mesías y salvador: Jesucristo.

Es decir, Dios Padre, que nos ama profundamente, nos envía a su hijo para salvarnos. Si queremos conocer el amor de Dios, debemos contemplar al Señor. En Jesucristo descubrimos el verdadero rostro de Dios de amor, misericordia y perdón.

La resurrección es abrirse a esta experiencia de Fe. Dios es padre y como tal nos cuida muchísimo! Este día es para ser feliz! Animo! Dios siempre con nosotros.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 14,1-6): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».

He venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas

Todo en la vida debería hacerse por un propósito claro. Si estudiamos, trabajamos o nos divertimos, debemos ser lo más conscientes posibles del porqué estamos realizando dichas actividades. Una vida con sentido es la clave de la felicidad.

Jesús vino al mundo con una misión muy clara: salvar a todos los hombres y mujeres de todas las generaciones. Dios envió a su hijo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Esa es la clave de nuestra felicidad.

Lo que da sentido a nuestra vida y la llena de propósito es reconocer que en Jesús podemos tener una vida nueva. Trabajamos, estudiamos y nos divertimos en el Señor. Cuando tenemos plena conciencia que todo obra para bien, podemos encontrar bendición en toda nuestra vida. Todo es bueno, santo y útil. Hasta el sufrimiento tiene sentido, porque Dios lo permite para seamos buenos y santos. En Dios sabemos que podemos tener futuro y un futuro lleno de vida y felicidad.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 12,44-50): En aquel tiempo, Jesús gritó y dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí».

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre

Los cristianos no seguimos a un simple mortal. Nuestra esperanza y Fe no están puestas en un proyecto humano. Creemos en Jesús porque hemos experimentado que Él ha venido de Dios Padre para salvarnos de la muerte. Su más importante obra en nosotros ha sido su victoria sobre la muerte, es decir, su resurrección.

Muchas veces nosotros, sus seguidores o discípulos, dudamos del poder de Jesús. En algunas ocasiones nos sentimos solos y desamparados. Estos pensamientos y sentimientos no son buenos. Dios quiere que podamos experimentar la vida. Que seamos verdaderos hijos suyos y hermanos de Cristo. 

Ser cristiano es reconocer a Jesús como nuestros salvador y mesías. Ser cristiano es experimentar en Jesús la victoria sobre la muerte. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 14,6-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

Yo soy el pan de la vida

Imaginen que gracias a los adelantos científicos se invente un alimento que elimine definidamente el hambre. Es decir, una alimento que diera para toda la vida. La compañía que comercialice semejante producto se haría millonaria. 

En verdad, existe un pan que baja del cielo que quita la verdadera hambre que nos lleva a la muerte: el hambre espiritual. Los seres humanos necesitamos amor, compasión, perdón, y reconocimiento social. En definitiva, estamos todos necesitados de Dios. Este pan que baja del cielo es el mismo Jesucristo que nos ama y nos perdona siempre. 

Hoy necesitamos que Dios nos alimente de su amor. Lo demás, será dado por añadidura.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 6,30-35): En aquel tiempo, la gente dijo a Jesús: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres

En diversas épocas y momentos de la historia de la humanidad se ha luchado hasta la muerte para dar, conquistar y construir la libertad. Uno de los monumentos más emblemáticos del planeta, localizado en la ciudad de New York de Estados Unidos, está dedicado precisamente a la libertad. Todos la queremos y luchamos por ella. Nos podemos preguntar: ¿es la misma libertad de la que habla Jesús en el evangelio?

A la libertad se opone la esclavitud. En las escrituras se dice que la profunda y existencial esclavitud es fruto del pecado. Estar en pecado es como estar encadenado. Es decir, cuando no amamos, nos separamos de Dios y vivimos en tristeza y pesar, es porque hemos pecado y somos esclavos del mal. ¿Quién podrá ayudarnos?

La buena noticia es que tenemos un libertador. Dios ha enviado a Jesús para liberarnos del mal y el pecado. Podemos tener esperanza. ¡Dios nos ama! Y manifiesta su amor sacándonos de nuestras oscuridades existenciales y dándonos la oportunidad de una vida nueva, la vida de un resucitado, de alguien que estaba muerto y ha vuelto a la vida. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,31-42): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre».
Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abraham». Jesús les dice: «Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios». Jesús les respondió: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado».

Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy

Es necesario que hoy sea levantado en nuestra vida el Hijo del hombre. ¿Qué significa esa frase?

Jesús, con su pasión, muerte y resurrección, mostró al mundo entero una nueva realidad. Con su “levantarse” en la cruz, manifestó al mundo entero el amor de Dios. Desveló de una manera admirable la verdadera naturaleza divina de la cual podemos ser partícipes si somos hijos de Dios. 

La buena noticia del misterio Pascual que vamos a celebrar en breve es que podemos participar también de ese misterio. ¿Tenemos pecados, muertes y culpas? Tranquilo, que Dios ha enviado a Jesucristo para que asuma tu muerte, pecado y culpa, y puedas así experimentar en tu vida la resurrección de la muerte. Abramos nuestro corazón a esta experiencia pascual.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,21-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos:«Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?». El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados». 
Entonces le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él». Al hablar así, muchos creyeron en Él.

Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra

Cada vez que escuchamos el problema de una persona, pareja, comunidad, pueblo, provincia, país y conjunto de países; inmediatamente pensamos en la solución ideal que solo nosotros conocemos. No se qué pasa, que los seres humanos tenemos una tendencia natural a juzgar la situación a ajena y considerar la poseedores de la solución mágica. La frase o pensamiento “si fuera yo” domina nuestra mente cada vez que pretendemos analizar nuestro entorno. ¿A qué se debe esto? A qué nos consideramos superiores a los demás.

Ciertamente, juzgamos, evaluamos y condenamos a los demás porque no somos capaces de ver nuestras propias faltas y pecados. Somos miopes espirituales a la hora de evaluar nuestra conducta pero tenemos super vista y un discernimiento extraordinario al momento de “aconsejar” o acusar a los demás. 

¿Sabes cuál es la mejor manera de ayudar a alguien en pecado o equivocación? Siendo humilde, considerándote inferior a los demás y amándote hasta el extremo. Déjame el juicio a Dios y CONVIÉRTETE seriamente. ¿Quieres ser luz? Te digo de parte de Dios: SOLO JESÚS ES LUZ. Nosotros solo tenemos la capacidad de beneficiarnos de su luz y en algunos casos, siempre ayudados por su gracia, reflejar su santidad. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 8,1-11): En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. 
Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado

Reconocer que Jesús es el Señor y Salvador del mundo es una gracia de Dios. Ninguna persona puede llegar a esa experiencia sin la asistencia especial del Espíritu Santo. Muchos de su tiempo no quisieron reconocerle. A nosotros nos puede pasar lo mismo.

Cuando actuamos según nuestr voluntad dando la espalda a la acción de Dios. En aquellos momentos en los que no pensamos en lo que Dios quiere en nuestra vida y preferimos hacer nuestra voluntad. Es en estas circunstancia cuando no reconocemos que Jesús y sus enseñanzas vienen de Dios para nuestra salvación.

La Cuaresma, como tiempo litúrgico, es una preparación y ayuda adecuada para aprender todos los días a reconocer a Jesús en nuestra vida. ¡Bendita Cuaresma! ¡Benditos tiempos en los que se hace posible el encuentro con nuestro Dios y salvador!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 7,1-2.10.14.25-30): En aquel tiempo, Jesús estaba en Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito.
Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar. Decían algunos de los de Jerusalén: «¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que éste es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es». Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: «Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado». Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís

En el evangelio de Juan podemos encontrar largos discursos de Jesús dirigidos a múltiples tipos de audiencia. Hablaba a toda clase de personas, pero siempre se entregaba el mismo mensaje. Su palabra era un constante anuncio de la llegada del Reino de los Cielos, la importancia de reconocerlo y de aceptar a Jesús en nuestros corazones. El Señor constantemente nos llama a la Fe.
El gran dilema es que todos somos libres. Esto quiere decir qué podemos rechazar a Dios. Hemos sido creados libres y en ese uso (a veces abusivo) de la libertad podemos cerrarnos al amor de Dios con nuestros pescados.
Hoy se repite nuevamente el mensaje. Ha llegado el momento del amor y la alegría. Somos invitados a recibir al Señor en nuestro corazón. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 5,31-47): En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. 

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Vete, que tu hijo vive

La síntesis de la voluntad de Dios es nuestra vida y felicidad. Nuestro Señor no quiere nuestra muerto. Quiere que vivamos y tengamos vida en abundancia. En definitiva, que seamos felices. ¿Qué cosa podría evitar que esto se realice en nuestra vida? Nuestra incredulidad.

Muchas veces, sin darnos cuenta, dudamos del poder de Dios. Pensamos que el Señor no tiene nada que ver con nuestros sufrimientos. De hecho, algunas veces, le echamos la culpa de todo.  Nada más lejos de la realidad.

Dios quiere que vivas. ¡Que vivamos! El Señor quiere lo mejor para nosotros. ¿Por qué esto no se cumple en algunas circunstancias en nuestra vida? Porque pedimos señales y prodigios a nuestra manera. Queremos que Dios haga el milagro a nuestra medida. 

Lo mejor, para que Dios nos lleve a la vida, es abrir nuestro corazón a su voluntad y dejar que Él haga el milagro a su manera. Confía en Dios, que Él te ama y te quiere salvar.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 4,43-54): En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».
Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.