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Recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes

¡Oh maravillosa noticia! Jesús iba recorriendo todos los caminos anunciando la buena noticia de que el reino de los Cielos ha llevado ya. Esa proclama se hace hoy también concreta u eficaz. ¿Lo has experimentado?

El Señor elige a sus apóstoles y les da una misión: anunciar, en su nombre y autoridad, la salvación al mundo entero. Igual, el Señor a nosotros, nos da la gracia de cumplir en el tiempo su misión, ¿estás dispuesto?

¡Ánimo! Dios cuenta con nosotros. Si, hombres y mujeres pecadores, son elegidos por Dios para una misión maravillosa que redundan en nuestro propio beneficio. Nuestra paga es tener al mismo Señor en nuestros corazón. Bendiciones.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,1-6): En aquel tiempo, convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal

Nos enfrentamos día a día a falsos conceptos de Dios y de lo que supuestamente es ser cristiano. Pensamos que el cristianismo es una religión donde se cumplen una serie de normas morales. Con nuestra formación de primera comunión reducimos la fe cristiana a la práctica litúrgica y la realización de una series de gestos de caridad social. Jesús nos enseña que es no es ser verdadero hijo de Dios.

El mismo Señor, cuando pasó por el mundo anunciando el reino de los Cielos nos mostró la novedad de su mensaje. Con sus acciones nos demuestra que estamos equivocados. Nuestro mesías es uno que se sienta a la mesa con publicanos y pecadores. Nuestro salvador es uno que muestra misericordia con todos, incluyendo a nosotros.

Seamos como Jesús. Seamos verdaderos hijos adoptivos de Dios. Perfectos, como nuestro Padre es perfecto. ¿De qué manera? Amando a todos sabiendo que no somos mejores que nadie. Reconociendo que también con nosotros, Jesús ha tenido muchísima misericordia. ¡Amén!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 9,9-13): En aquel tiempo, cuando Jesús se iba de allí, al pasar vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios

Está de moda decir que debemos tener un plan de vida. Las personas, todos los años, se trazan metas y objetivos profesionales y personales. Nos pasamos la vida definiendo proyectos personales. ¿Algunas vez pensamos en el proyecto de Dios?

El Señor nos ha dado una misión: “acompañar a Jesús en el anuncio del reino de los Cielos por todos los pueblos”. La realidad es que el mundo necesita de nuestro servicio y el mejor de ellos es hacer presente mediante nuestra vida el misterio de salvación de Dios. Somos hombres y mujeres curados, salvados, resucitados por el Señor. Eso debemos anunciarlo a todo pulmón.

Seamos parte del proyecto de salvación. Pongamos a disposición de Dios nuestro tiempo y bienes para que pueda propagarse en todos los lugares el mensaje divino de salvación universal. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

A quien poco se le perdona, poco amor muestra

La experiencia del amor de Dios en nuestras vidas pasa por el perdón. Nuestro Señor nos ha amado mucho porque nos ha perdona mucho, ¿eres consciente de eso?

Muchos de nosotros nos creemos la gran cosa. Pensamos, aunque muchas veces nos mostramos humildes, que somos mejores que los demás. Es por eso que vivimos criticando a los otros y murmurando a los demás. Nos creemos superiores a los que nos rodean. Le preguntan a alguien que si tiene pecados y ni siquiera sabe identificarlos. ¡Cuanta ceguera tenemos para conocernos interiormente!

Es fundamental que nos sintamos amados por Dios. Sin eso no hay fe y por lo tanto verdadera experiencia cristiana. Ese amor solo se experimenta si conocemos profundamente nuestras debilidades y sentimos como Dios nos perdona a pesar de todo lo que hacemos. ¡Ese es el verdadero amor! ¡Dios nos ama aunque seamos unos malvados y pecadores!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,36-50): En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?

Vivimos en tiempos muy extraños. La sociedad ha cambiado radicalmente su base de valores y principios. Los hombres y mujeres de este tiempo andan ocupados en cosas superficiales de la vida y pocos se dedican a desarrollar el espíritu. ¿Cómo podemos mejorar esta situación?

Dios nos invita a volver a su casa. El Señor nos llama a reconocer que la vida se encuentra en hacer siempre su voluntad. La vida en el espíritu es el único camino que conduce a la felicidad verdadera. Decidamos, con firmeza, en lo profundo de nuestro corazón seguir a Jesús.

En definitiva, no dejamos pasar la oportunidad de acoger al Señor en nuestro corazón. Bendigamos continuamente la presencia de su amor en nuestras vidas. ¡Proclamemos constantemente las maravillas de la gracia y misericordia de Dios! Amén.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,31-35): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».

¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!

El sufrimiento es parte de la vida. Todos los miles de millones de seres humanos que habitan nuestro planeta lo experimentan a diario. Sufrir es inevitable, ¿cómo podemos vivirlo desde la fe cristiana?

Jesús nos mostró el camino de la vida eterna. Nos enseñó que sufrir purifica nuestra alma. La acerca a Dios y nos hace hace crecer en la fe. El sufrimiento nos muestra lo que hay en nuestro corazón, lo débiles que somos y nos hace apoyarnos en la roca firme que es Jesús. Como dice la escritura: “me hace bien el sufrir”.

Hoy estamos invitados a vivir el sufrimiento en la fe. Sabes que Dios nos ama y permite acontecimientos que nos ayudan a crecer y ser más fuertes interiormente. ¡No desesperemos! ¡Cristo ha resucitado! ¡Dios nos ama ciertamente! ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 2,33-35): En aquel tiempo, el padre de Jesús y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Para que todo el que crea en Él tenga vida eterna

¿Cuál es el centro de la experiencia cristiana? La vida eterna. Es decir, acoger al Señor en nuestro corazón y experimentar como su amor, que lo perdona todo, nos lleva de la muerte a la vida. La experiencia pascual es el origen y sentido de nuestra fe. ¿Tú la tienes?

Se que muchos hemos sido bautizados de pequeños. También algunos hemos sido iniciados en la fe mediante catequesis de niños, los sacramentos de la primera comunión y confirmación. Algunos hasta han celebrado su matrimonio por la Iglesia. Pero, ¿es ese el resumen de una vida de fe? ¡Jamás!

La fe nos da la vida eterna. Nos hace vivir la experiencial pascual de salvación. Hoy podemos renovar esa experiencia. Se lo podemos pedir a Dios. ¡Danos la gracia de vivir una vez más de tu amor! ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,13-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?

¡Qué difícil es para las personas reconocer sus propios defectos! Es general, a los seres humanos les cuesta conocerse a sí mismos. Normalmente tienen una autoestima alta que les lleva a considerarse superiores a los demás. No debe ser así entre los cristianos.

Jesús pronunció muchas parábolas que invitaban a la humildad. Él, como hijo de Dios y conocedor profundo de la naturaleza humana, sabía muy bien que para llegar a ser verdaderos hijos de Dios era importante que reconociéramos nuestra pequeñez, nuestra debilidad. Solo así se puede amar como Dios ama. Solo así se puede, como dice el himno a la Kenosis, “considerar a los otros como superiores a ti”.

Seamos hombres y mujeres que partiendo de la experiencia del perdón divino saben ayudar a los demás a encontrar con la misericordia de Dios. Si sabemos quienes somos podemos corregir mejor a nuestro prójimo. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 6,39-42): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».

Amad a vuestros enemigos

¿Amar a los enemigos? ¿Cómo así? ¡Eso es imposible! ¿Amar a quien te ha traicionado, mentido, hecho algún mal? Eso solo lo puede hacer Dios. No está al alcance de los seres humanos.

Por eso, la buena noticia que nos da Jesús no es que podemos ser buenos o que debemos cumplir una serie de normas. La buena noticia consiste en que el Señor nos quiere regalar una nueva naturaleza. Nos pasa de la muerte a la vida a través del Espíritu Santo. Es decir, que quiere que seamos verdaderos hijos de Dios, que tengamos su naturaleza divina que es capaz de amar a todos, incluyendo a los enemigos.

Eso no es algo que está al alcance de nuestras fuerzas. Para lograrlo, es importante se humildes y esperar que Dios nos lo regale como un don. El Señor nos ama ciertamente y quiere que seamos espejos de ese amor divino mostrándolo toda la humanidad. Dile si a este hermoso proyecto de nuestro amado Dios. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 6,27-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos.

»Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios

Dichosos aquellos que hacen la voluntad de Dios. Felices seremos los que reconocemos que somos débiles y pecadores. Son bienaventurados aquellos que se presentan ante el Señor como personas débiles y suplican humildemente por una ayuda adecuada.

En el mundo todo es vano y todo pasa. Las alegrias terrenales no pueden superar las dichas divinas. Buscar honores y fama en este mundo es una tarea vacía y sin sentido. La vida viene de esperar todo de Dios y nada de este mundo.

Seamos pobres de espíritu porque aquel que se conoce y reconoce su necesidad de Dios será feliz. Alcemos los ojos al cielo y supliquemos a nuestro Padre Dios para que nos regale su palabra de vida eterna. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 6,20-26): En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».