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Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer

Hacer el bien no debería ser una opción. El tema es que para que podamos experimentar el amor en nuestra vida, necesitamos la libertad. Es decir, ser libres para elegir el bien.

Dios quiere que hagamos muchas obras buenas. Esas obras de vida eterna son gracias que Dios hace a través de nosotros. Decía San Pablo que no es el que vive, que es “Cristo que vive en mi”. Es decir, lo bueno que podamos hacer viene del Señor.

Es por eso que no podamos buscar gratificación personal cuando hacemos lo que Dios nos regala realizar. Somos siervos de Dios y por tanto todos los días somos invitados a actuar como el Señor quiere. ¡Ánimo! Digamos que si al Señor.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande

Tiene Fe quien la tiene. Algunos piensa que por estar en la Iglesia tenemos garantizado el cielo. Nada que ver.

El mismo Jesús atacaba a los miembros distinguidos de su pueblo cuando pretendían asegurarse su prestigio religioso mediante prácticas externas de Fe.

Tener Fe es reconocer que Jesús es el mesías y Salvador. Es saber que Él tiene poder para sanar todas las dolencias. Es tomar conciencia de que somos unos pecadores y no merecemos las gracias y dones recibidas. En definitiva, tener siempre una actitud humilde y abierta al amor de Dios.

¡Ánimo! En Jesús podemos llegar a ser hijos de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,1-10): En aquel tiempo, cuando Jesús hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde Él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo. Éstos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga».

Jesús iba con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».

Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.

Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?

Todos hemos escuchado alguna vez la frase: “yo perdono pero no olvido”. Hablando con una señora, le preguntaba si había perdonado al esposo que la abandonó con tres hijos y me dijo “que le perdone Cristo”. En definitiva, es muy difícil para nosotros perdonar. Es por eso que Jesucristo siempre dio una palabra al respecto porque sabía el muy bien que nunca podría haber felicidad en el corazón de una persona si no perdonaba sinceramente.

La gracia que Dios para que podamos perdonar a todos los que en algún momento nos han hecho daño es el conocimiento profundo de nuestros propios pecados. Nadie puede perdonar si antes no ha recibido el perdón. Solo uno puede perdonar y ese es Dios. En Jesucristo podemos contemplar el amor y perdón de Dios. ¡Él nos ama! ¡Él te ama! Nunca dudes de su amor.

Te pregunto, si él te amó y perdonó tanto, ¿Por qué no perdonas? Pidamos al Señor su espíritu para que podamos amar y perdonar como Él lo hace. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 18,21-35): En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo

El Señor viene a nuestra vida aún sin merecernoslo. La verdad que si fuera por nuestros pecados, deberíamos estar en otro lugar menos en la Iglesia. A pesar de eso, Dios nos ama, perdona y nos invita a cambiar de vida.

Los verdaderos hijos de Dios son aquellos que reconocen en Jesús al Mesías y salvador. Escuchan la voz de Dios y ponen en práctica su palabra. Ser humilde significa estar convencidos del poder de Dios en nuestra vida y que no somos dignos que recibir tantas gracias y fines de parte de Él.

Seamos agradecidos del Señor. Él nos ama y cura todas nuestras heridas y sana todas nuestras dolencias. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».

Somos simples servidores

¿Por qué nos afanamos todos los días en tantas cosas? Dicen los expertos en motivación humana que en la raíz de toda acción humana está una búsqueda por la autorealización, es decir, de sentir que nuestra vida tiene sentido e importancia. Esta realidad no es en esencia mala. Sin embargo, para temas de la Fe tenemos que tener algunas preocupaciones.

Tenemos el peligro de buscar nuestra satisfacción personal hasta en los asuntos santos. Predicamos, hacemos algún servicio o damos alguna ayuda material simplemente por el afán de ser reconocidos. Esto no es amar a Dios y al prójimo. En el fondo nos buscamos a nosotros mismo, perseguimos nuestra autorreización y por tanto podemos caer en el egoísmo.

Hoy somos invitados a servir sin interés de ser reconocidos por nadie y en nada. Servimos a los demás porque el mismo Jesús nos ha servido, amándonos de tal manera que ha entregado su vida por nosotros. Aprendamos de Él, que ocupó el último mediante el servicio humilde y sin pretensiones vanas. Pidamos a Dios la gracia de parecernos cada vez más a nuestro Señor Jesús.

Leer:

Evangelio según San Lucas 17,7-10

El Señor dijó:
«Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’?
¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’?

¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’.»

Quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado

Hay propuestas radicales que solo admiten aceptarlas o no. Cuando un joven propone matrimonio a su novia, solo hay dos caminos: rechazar o aceptar la propuesta. De esa decisión depende la vida de ambos. 

Jesús vino al mundo para salvar y sanar. Abrir nuestro corazón a su palabra es tener vida eterna dentro de nosotros. Hoy el Señor nos propone aceptar su mensaje. Él hoy nos dice que nos ama y quiere ser quien se pone a nuestro servicio. ¡Qué admirable amor!

El Señor envía su mensaje a través de personas y hechos concretos. Aceptar este mensaje, que viene a través de medios precarios, es aceptarle a Él. Estar atentos a la presencia de Dios en todos los momentos de la vida es aceptarle siempre. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 13,16-20): Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: el que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».

Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer

Siempre buscamos reconocimiento. Cuando hacemos algo, queremos que las personas que nos rodean lo valoren y nos agradezcan. Nuestros padres dicen que han hecho muchísimo por nosotros, nuestros hijos nos reclaman tiempo y atención, nuestros compañeros de trabajo nos animan reconocer lo “fajao” que están todo el tiempo. ¿Qué dice Jesús?

Es cierto que hacer el bien es cumplir la voluntad de Dios, pero nuestro propósito con eso es precisamente realizar las obras de nuestro Señor. Jamás debemos buscar construir nuestra imagen y gloria sobre la base de lo santo y bueno que viene de lo alto.

Un catequista, sacerdote, monja o trabajador social debe hacer su labor en la gratuidad y humildad. Sabiendo que si algo bueno hace es por pura gracia divina. Siervos inútiles solo TODOS. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande

Una de los hechos que llamaban más la atención de Jesús era su capacidad de obrar milagros. Su fama había recorrido todas las aldeas y pueblos por muchas cosas realizadas por Él y entre ellas se destacaba su capacidad de sanar.

Un hombre de Roma, centurión y con siervos a su cargo, quiere un favor de aquel famoso de Israel. Se agencia el apoyo de los ancianos para obtener dicho favor: “que sane su siervo”.

Ciertamente los exégetas o expertos de las escrituras tiene muchas interpretaciones de este relato pero quiérenos señalar uno muy particular. Al igual que el Centurión, muchas veces nosotros tenemos el “siervo” enfermo. Esto quiere decir que en algunos momentos no queremos servir, ayudar, trabajar o colaborar con los demás o con Dios. 

En una sociedad llena de egoísmos y falta de cooperación, nuestro “siervo interior” está a punto de morir por una enfermedad muy concreta: pereza, burguesía y egoísmos. En definitiva, el amor se disminuye en nuestro corazón y por eso nos cuesta servir a los demás.

La buena noticia es que hoy el Señor tiene el poder de sanar nuestras heridas y curar nuestro “siervo”. El tiene el poder, si realmente los queremos, de sacarnos de nuestros egoísmos y hacer que nos pongamos al servicio de los demás. Pidamos al Señor está gracia especial. Él nos quiere conceder este don.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,1-10): En aquel tiempo, cuando Jesús hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde Él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo. Éstos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga». 

Jesús iba con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.

Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre

La oración es fundamental para vivir nuestra existencia como verdaderos cristianos. La oración constante no es solo un mandato divino sino que también es la fuente de agua donde podemos encontrar la posibilidad de calmar nuestra sed de paz y alegría.

Nuestros Dios puede visitarnos de múltiples maneras. En algún acontecimiento nos puede visitar pidiéndonos de esta manera que actuemos como cristianos ante la prueba.

Por eso es importante estar en vela porque “no sabemos ni el día ni la hora”. ¡Ánimo! Seamos buenos siervos que en el momento que quiera el Señor nos encuentre siempre haciendo su voluntad.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 24,42-51): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».

La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido

El evangelio o buena noticia ha sido rechazado en todos los tiempos. Apesar de que Jesús a mostrado el camino de la verdad muchos no han querido reconocerle. ¿Nos puede pasar esto también?

La palabra nos invita a estar atentos a la visita de Dios a través de un siervo suyo. Un siervo enviado por Dios puede ser un presbítero, un catequista, un amigo, un hermano que nos corrija, o una situación que nos demuestre lo apegado que estamos de algo.

Jesúsvino al mundo y dio la vida por todos nosotros. Nos invita hoy a reconocerle y acogerle. No rechazemos a sus enviados.

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 12,1-12): En aquel tiempo, Jesús comenzó a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó. 
»Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia’. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. 
»¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura: ‘La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?’».
Trataban de detenerle —pero tuvieron miedo a la gente— porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.