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Quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado

Hay propuestas radicales que solo admiten aceptarlas o no. Cuando un joven propone matrimonio a su novia, solo hay dos caminos: rechazar o aceptar la propuesta. De esa decisión depende la vida de ambos. 

Jesús vino al mundo para salvar y sanar. Abrir nuestro corazón a su palabra es tener vida eterna dentro de nosotros. Hoy el Señor nos propone aceptar su mensaje. Él hoy nos dice que nos ama y quiere ser quien se pone a nuestro servicio. ¡Qué admirable amor!

El Señor envía su mensaje a través de personas y hechos concretos. Aceptar este mensaje, que viene a través de medios precarios, es aceptarle a Él. Estar atentos a la presencia de Dios en todos los momentos de la vida es aceptarle siempre. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 13,16-20): Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: el que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo

El pan era, en la antigüedad, uno de los alimentos que no podía faltar en la mesa. Así como los dominicanos llaman “bandera nacional” al arroz, habichuela y carne, también podría decirse que el pan es la “bandera” gastronómica de los pueblos judíos en los tiempos de Jesús. Era prácticamente indispensable en la mesa de los comensales antiguos.

Pues tomando como referencia esto podemos decir que mucho más fundamental para la vida de todos es el pan que baja del cielo. El alimento que necesitamos todos los días es el que nos ofrece Jesús. El se da, como pan, para que podamos comerle y saciar nuestra hambre de amor y paz. Jesús es el alimento que sacia todo. En Él podemos crecer espiritualmente sanos y fuertes. Él es un alimento rico en vitaminas y minerales para el alma.

Es importante cumplir nuestra dieta espiritual todos los días. Tomemos el alimento más importante de todos. Hagamos que Jesús esté en nuuestro corazón y hagamos que nuestro ser sea una sola cosa con Él.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 6,44-51): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».

Yo soy el pan de la vida

Imaginen que gracias a los adelantos científicos se invente un alimento que elimine definidamente el hambre. Es decir, una alimento que diera para toda la vida. La compañía que comercialice semejante producto se haría millonaria. 

En verdad, existe un pan que baja del cielo que quita la verdadera hambre que nos lleva a la muerte: el hambre espiritual. Los seres humanos necesitamos amor, compasión, perdón, y reconocimiento social. En definitiva, estamos todos necesitados de Dios. Este pan que baja del cielo es el mismo Jesucristo que nos ama y nos perdona siempre. 

Hoy necesitamos que Dios nos alimente de su amor. Lo demás, será dado por añadidura.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 6,30-35): En aquel tiempo, la gente dijo a Jesús: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

Vosotros sois testigos de estas cosas

El testimonio de los discípulos fue tan fuerte que creó un antes y un después en la historia de la humanidad. La resurrección del Señor causó una gran revolución. El mundo ya no fue igual. ¿Por qué?

Aunque algunos digan que no, todos tenemos temor a la muerte. Cuando pensamos en la muerte física de un ser querido o la propia muerte nos sentimos temerosos y asustados. Una angustia nos invade con el solo hecho de pensar que un día no existiremos. Imaginen la alegría que experimenta un condenado a muerte cuando se le anuncia que no morirá jamás. Este es el centro de nuestro testimonio de Fe.

Cuando hemos vivido la resurrección espiritual y conocido el amor de Dios podemos afirmar que si Él nos ama, jamás querrá nuestra muerte en ningún sentido. Así que alegría hermanos! CRISTO HA RESUCITADO para que tú nunca experimentes la muerte. Él ha vencido las tinieblas y tristezas para que tú seas feliz. Animo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 24,35-48): En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 
Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?

Las librerías están llenas de libros de superación personal. Gran parte de toda esa literatura está orientada a ensañarnos cómo ganar “el mundo entero”. Su títulos suenan así: “cómo hacerse rico”, “el camino de la felicidad”, “rebajar 50 libras en 21 días”, entre varios. Es una interminable lista de títulos que sugieren un camino fácil y seguro a la felicidad plena. ¿Qué tan ciertas son estas fórmulas mágicas de la felicidad instantánea”.

El camino cristiano es distinto a la propuesta que ofrecen los grandes “gurús” de superación personal de nuestro tiempo. Lo primero es presentar la verdad clara y cruda. El camino de la vida supone la aceptación de la realidad tal cual es y partiendo de esto, poner nuestra seguridad en Dios, creador y dueño de todo lo que existe y nuestro padre que cuida y guía.

Nos enseñan a conquistar el mundo pero no nos dicen que este mundo acaba. Nos dicen que busquemos fama y dinero pero nadie nos explica porqué personas que lo tienen en demasía se suicidan. 

La vida está en Dios. Busquemos la respuesta en donde podemos encontrarla. La realidad celeste es el camino de la felicidad plena. En Cristo podemos descubrir y vivir esta verdad. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mc 8,34-9,1): En aquel tiempo, Jesús llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios».

Para que los que entren vean la luz

Todos los días tenemos la oportunidad de descubrir la presencia de Dios en todas las cosas creadas. La gran dificultad que enfrentamos a diario es que el ritmo acelerado de nuestra existencia nos hace estar enfocados en un activismo sin fin. Nos perdemos, sin quererlo, la belleza de vivir en nuestro mundo interior y descubrir la hermosura de la vida.

El Señor vino a nuestra vida para mostrarnos el camino de luz y paz. En la sudo la luz que ilumina la existencia de toda la creación, especialmente, los días de nuestro pasar por este mundo. ¿Puede alguien rechazar la luz que nos trae Cristo?

Ciertamente, muchas veces, porque vivir en la luz supone dejar el pecado y ser humildes, nos acomodamos en nuestras pequeñas oscuridades. Entramos en una actitud perversa con nuestro secretos y acciones que no agradan a Dios.

Hoy el Señor nos invita a vivir en la luz. Solo podemos ser felices si entramos en su misericordia y ajustamos nuestras acciones y obras a las enseñanzas de nuestro maestro. Cristo es luz y quiere iluminar nuestras vidas para siempre, ¿estás dispuesto?

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».

¡Qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!

Muchas veces estamos cargados de muchas cosas. Vivimos en un afán diario. Que la universidad, el trabajo, los hijos, las metas, los compromisos; en fin, un sin fin de temas que nos agobian y nos roban el descanso. ¿Cómo podemos tener Vida en medio de tanto ajetreo?

La propuesta evangélica es que podamos soltar. Esto quiere decir que podamos dejar nuestras idolatrías diarias y enfocar nuestro corazón a lo que realmente importa. ¿No tienes tiempo para orar? Pues ha llegado el momento de dejar cosas para hacer ese tiempo de oración. ¿No encuentras a quien dar limosna? Fíjate bien en las personas y ocasiones en las que Dios te visita en la persona de algún pobre. Ahí tienes la oportunidad de hacer el bien y haciéndolo, recibir la vida

¡Ánimo! Angosto es el camino que conduce a la vida porque debemos dejar muchas cosas que nos cargan y nos hacen mal para poder entrar por el. ¿Estás dispuesto?

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 7,6.12-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen. Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran».

Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa

¡Gracias a Dios no estamos solos! El Señor Jesús nos ha dejado, vuelve al final de los tiempos, pero en este espacio intermedio nos da su Espíritu Santo.

Podemos sentir la presencia de Dios todos los días gracias a la maravillosa acción del Espíritu. El nos conduce a la verdad que es el amor de Dios que nos perdona y acoje siempre. Necesitamos que el mismo Espíritu Santo nos haga cristianos. Sin Él no podemos hacer lo que el Señor nos manda.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 16,12-15): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros».

Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré

La fuerza de Dios se manifesta en Jesucristo. Él ha mostrado el camino a Dios y también nos hace una promesa importante: él estará con nosotros siempre.

En los momentos en que nos sentimos solos y sin fuerzas para seguir luchando debemos saber que en Jesús podemos encontrar consuelo. Ora y pídele a Dios en el nombre de Jesús y verás que él siempre está a tu lado.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 14,6-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos

Jesús siempre toma ejemplos de la naturaleza y las costumbres de la época para hablarles y predicarles a los hijos de Israel y a los hombres y mujeres de su tiempo. En contacto permanente con la naturaleza encuentra siempre elementos que pueden aplicarse a la vida de Fe. Uno de ellos es el de la Viña, los frutos y el Viñador.

El Señor nos invita a permanecer en Él como el Sarmiento a la vid. Solo así podemos dar frutos de vida eterna. Solo así podemos ser verdaderamente felices.

Nadie se salva solo. Ciertamente nuestra experiencia de Dios es individual pero debemos saber que también los hermanos y los prójimos que Dios pone en nuestra vida son necesarios para nuestra salvación. Permanecer en la Vid también es igual a permanecer en la Iglesia. 

Hoy el Señor nos invita a eso: Dar frutos. Eso solo es posible si estamos siempre en la gracia de Dios. Con su ayuda podemos hacerlo.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 15,1-8): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».