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Y yo le he visto y doy testimonio

Si somos llamados por Dios a ser cristianos eso quiere decir que tenemos la vocación de ser testigos del Señor. Muchos profetas, hombres y mujeres de todos los siglos, ha sido elegidos por Dios para la misión más importante: profetizar  en su nombre. ¿Cuál es la función más importante de un profeta? Dar testimonio de la verdad.

Seamos conscientes o no de eso, todos somos elegidos por Dios. Algunos a carísimas y misiones muy concretas. Otros a ser beneficiarios de esas gracias especiales otorgadas a otros. En el caso específico de los que estamos en la Iglesia tenemos una misión parecida a la de Juan Bautista: dar testimonio del cordero de Dios. Bendecir a Dios con nuestras obras y hablar de las inmensas maravillas que Él ha realizado en nuestras vidas.

El tiempo de Navidad es tiempo de bendición. Entremos en la alegría de sabernos escogidos por Dios para una misión tan grande: ser testigos de su amor.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 1,29-34): Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».

Yo soy voz del que clama en el desierto

Todos hemos tenido momentos en los que alguien nos ha hablado de Dios o de parte de Dios. Hombres o mujeres se nos han pasado al frente y sin ser casualidad han dejado huellas en nuestra vida. Son como ángeles o profetas de parte de Dios. Conviene preguntarnos, ¿los hemos acogido como tales?

Las autoridades judías en tiempo de Jesús no comprendieron lo que estaba pasando. Algunos inclusive pensaban que Juan El Bautista era el Mesías. Al final, quedaron confundidos hasta nuestros días. 

Hoy el Señor quiere que no nos pase como a los fariseos y escribas. Este día es momento propicio para que reconozcamos en nuestros Pastores, sacerdotes o catequistas, ha enviados legítimos de Dios. Amemos a nuestros profetas que el Señor ha suscitado para ser instrumentos de divinos en orden de nuestra salvación.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 1,19-28): Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». 
Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

De Egipto llamé a mi hijo

En las escrituras Egipto es símbolo de esclavitud, muerte, cadenas y oscuridad. Es en Egipto donde el pueblo de Israel permaneció esclavo hasta ser liberados por Dios. Su grito de auxilio se escuchó en los cielos y fue atendido por el mismo Dios. ¿Esto tiene algo que ver con nosotros?

En nuestra vida hemos experimentado, digamos así, momentos de sufrimiento y de dolor. Es parte de la vida tener momento de oscuridad y pena. Este tiempo de Navidad es precisamente momento propicio para descubrir que el centro de lo que celebramos es precisamente una respuesta plena y definitiva a nuestros problemas y penas.

Dios ha enviado a su único hijo para salvarnos de la muerte y del pecado. La alegría de este tiempo consiste en que todos tenemos Herodes que nos quieren matar pero el Señor nos libra de la muerte. Los “Herodes” de este tiempo pueden ser los que quieren impedir que hagamos la voluntad de Dios, los que nos persiguen, los que nos martirizan con sus burlas, quejas y objeciones. 

Ha llegado el momento de reconocer y querer que Jesús nazca en nuestros corazones. Solo así podemos experimentar la verdadera liberación. ¡Ánimo! ¡No temas!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 2,13-18): Después que los magos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al Niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al Niño para matarle». Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». 
Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen».

El otro discípulo a quien Jesús quería

En estas celebraciones de octava de Navidad, continuamos con la alegría de la conmemoración del nacimiento de Jesús. Este gran evento, que dividió el tiempo en dos, ha sido le más celebrado en la historia de la humanidad, ¿por qué?

Jesús, la encarnación del amor de Dios, con su nacimiento nos hace partícipe de una buena noticia. Dios nos ama tanto que ha enviado a su hijo único y primogénito para que con su presencia en a tierra diera testimonio de su amor. Es el centro del mensaje. Dios nos ama tanto que se ha hecho presente entre nosotros, sábado y perdonando nuestro pecados. Liberándonos a todos de la esclavitud del mal.

Ser discípulo de Cristo es ser testigo del amor de Dios. Ser testigos de su victoria sobre la muerte. ¡Ánimo! ¡Vivir alegres! ¡Cristo ha resucitado!

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 20,2-8): El primer día de la semana, María Magdalena fue corriendo a Simón Pedro y a donde estaba el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.

No temas

La vida está llena de peligros, frustraciones y sufrimientos. Es verdad que también hay alegrías y bendiciones, más sin embargo, existen momentos en los que nos viene la duda y la decepción. Las escrituras están llenas de personajes que encarnan dicha realidad. Uno de ellos es Zacarías.
Zacarías era un hombre de Dios a quien se le aparece en Angel del Señor y le anuncia algo humanamente imposible: que tendría un hijo que sería precursor del mesías esperado. Esto es algo que sobresalta a cualquiera. Este hombre, que lo había probado todo para ser feliz y tener razones de alegría, nunca lo había podido lograr. Resulta, que la final de sus días, contra toda esperanza, Dios le concedió lo que tanto anhelaba y así lo convirtió en instrumento de salvación para todos y todas.

Hermanos y hermanas. Hoy es el día en que nuestro Dios quiere hacer lo mismo con nosotros. Nunca dudes de esto. Siempre tengamos abierto nuestro corazón a la voluntad de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 1,5-25): Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel; los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad. 
Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso. Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto». 
Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad». El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo». 
El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres».

Él dio testimonio de la verdad

En tiempo de navidad esperamos renovar el nacimiento de Jesús en nuestros corazones. Esperamos la venida del Señor a nuestra vida, ¿para qué es importante vivir en plenitud estos tiempos litúrgicos?

El Señor, por nuestro bautismo, nos constituye en testigos de su amor. María, la humilde esclava de Dios, cantaba las maravillas de Dios. ¡Qué grande es el Amor de Dios! ¡Qué maravillosa su obra en nosotros! Vivamos en alegría y felicidad plena. No es tiempo para la tristeza. Este es el momento de vivir según la voluntad de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 5,33-36): En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: «Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí».

He aquí que envío mi mensajero delante de ti

Dios siempre provee profetas a nuestra vida. Un catequista, tu párroco, un amigo, un vecino o familiar que en algún momento el Señor pone sus palabras en la boca para darte una palabra. ¿Aceptas siempre la palabra que viene de Él a través de personas que pone en tu camino?

Todos tenemos nuestro Juan El Bautista. Tenemos personas que nos molestan con su “profetismo” pero que realmente vienen de parte de Dios. Animo, que el Espíritu Santo nos ayude a tener oído y corazón abiertos a las palabras y acciones divinas. 

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,24-30): Cuando los mensajeros de Juan se alejaron, Jesús se puso a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten magníficamente y viven con molicie están en los palacios. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. Os digo: Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan; sin embargo el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él».
Todo el pueblo que le escuchó, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, haciéndose bautizar con el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los legistas, al no aceptar el bautismo de él, frustraron el plan de Dios sobre ellos.

Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído

El tiempo litúrgico de adviento subraya un aspecto de la vida cristiana: la escatología. Todo cristiano espera la segunda venida del Señor. Grita en la Eucartistia y todos los días: ¡Ven Señor Jesús! Sabe muy bien que su esperanza y Fe está centrada en la seguridad que por el amor de Dios vendrán cielos nuevos y tierra nueva. ¿Y por qué todo buen cristiano tiene esta aspiración escatológica? Pues porque ha sido testigo de las maravillas de Dios.

Hoy debemos contemplar en nuestra vida las maravillas que Dios ha hecho. Hoy es momento propicio para reconocer en Jesús al hijo único de Dios y salvador nuestro. Hoy es bueno reconocer el inmenso amor que Dios nos tiene. De ahí viene la alegría cristiana. Ese es el origen de nuestra felicidad eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,19-23): En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Llegando donde Él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ‘¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?’». 
En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!».

En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios

Los padres tenemos muchos consuelos y momentos de alegría con nuestros hijos. También tenemos momentos de dolor y sufrimiento. En sentido general, los hijos son la responsabilidad de los padres y ellos le deben obediencia y respeto.

Las escrituras toman esta figura y hablan de un padre que tiene dos hijos. A uno le dice que haga algo y no lo hace. Lo mismo sucede con otro pero este si hace lo que el padre dice. ¿Qué significa esto?

Pues que lo más importante es hacer lo que dice nuestro padre Dios nos dice. Es decir, poner en práctica la palabra de Dios. De nada nos sirve que digamos que seamos hijos de Dios si no hacemos lo que dice y ponemos en práctica su palabra.

La salvación nos viene de hacer la voluntad de Dios. Por eso, en el día de hoy, estamos llamados a ser hijos obedientes que ponen en práctica sus consejos. Seamos hijos obedientes de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 21,28-32): En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».

¿Con qué autoridad haces esto?

En todo el continente americano, se celebra hoy el día de la Virgen de Guadalupe. Ciertamente es una advocación de la virgen en México, pero es un patrimonio universal. María, madre de Cristo, es también madre nuestra.

Dios actuó y actúa mediante personas concretas. Por ejemplo, Juan El Bautista, voz que clamaba en el desierto y preparaba el camino del Señor, fue extraordinario instrumento en manos de Dios.

María, madre de Jesús, nuestro Señor, es la imagen perfecta de todo cristiano y por tanto un modelo a seguir ideal. Miremos hoy a Maria y pidamos que nos bendiga con la gracia de hacer siempre la voluntad de su Hijo, salvador del mundo entero.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 21,23-27): En aquel tiempo, Jesús entró en el templo. Mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?». Jesús les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Y si decimos: ‘De los hombres’, tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta». Respondieron, pues, a Jesús: «No sabemos». Y Él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».