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Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen

Jesús quiere mucho a su madre. Él hace milagros y prodigios por el simple hecho de que ella se lo pida. En los momentos más difíciles de su vida siempre ha estado. Para todo el mundo la madre siempre es importante. Sin embargo, en el evangelio de hoy ella no es la protagonista.

Jesús ha dejado su casa, su aldea, su círculo familiar íntimo para anunciar que el reino de Dios ha llegado ya. La familia se preocupa por Él y va a buscarlo. Ellos pretenden, en su amor familiar, convencerle de que sería bueno dejar aquello y volver a la seguridad social que da la familia. Esa actitud es normal pero para Jesús hay algo mucho más importante.

Para nuestro Señor el amor de una madre y de unos familiares es importante. ¡Esto lo tiene muy claro! Pero reconoce que mucho más importante es hacer la voluntad de Dios. Escuchar la palabra del Señor y ponerla en práctica no sólo es amar a tu familia, también es dar la vida por los demás. Es amar al mundo entero mediante la evangelización de palabra y de obras.

Mis queridos hermanas y hermanos. ¿Alguna vez has hecho este mismo “gesto” de Jesús? ¿Has preferido obedecer a Dios antes que mantener el afecto de una novia o novio, amigo o familiar? Hoy Jesús nos invita a seguirle e imitarle. Sólo así podemos ser totalmente libres. Sólo así tendremos la oportunidad de amarle con todo el corazón, la mente y las fuerzas.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,19-21): En aquel tiempo, se presentaron la madre y los hermanos de Jesús donde Él estaba, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen».

Nada hay oculto que no quede manifiesto

Cuando algo nos sale bien, nuestra tendencia es darlo a conocer a todos y todas. Un reconocimiento, medalla o logro personal nunca queda en lo secreto. Siempre hacemos notar las cosas que entendemos tienen importancia.

En el caso de nuestra Fe, sucede algo parecido. Dios no nos ha llamado para “mantenernos en lo secreto”. Es decir, que si hemos sido llamados a ser cristianos, estamos para iluminar con nuestras obras al mundo entero. Tenemos la misión de ser “sal y luz del mundo”.

¿Cuáles son estás obras que pueden iluminar esta generación? El amor en la dimensión de la cruz y la perfecta unidad. Dios nos llama a mostrar la naturaleza de Cristo actuando en nuestra vida. Nos invita a iluminar mediante el amor y el perdón a nuestro prójimo.

¡Ánimo hermanos! Tenemos la oportunidad de bendecir en lugar de maldecir, de ser luz en vez de oscuridad, de dar amor en lugar de odio. Esa es la luz que puede transformar hoy el mundo entero.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».

Proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios

Con los líderes siempre van mucha gente. Sólo basta con observar a los políticos y sus sendas escoltas y avanzadas. Todo un espectáculo ver como llegan los jefes siempre con un “regero” de aduladores, asistentes y ayudantes. ¿Con quién iba Jesús por los caminos?

Nuestro Señor rompe todos los esquemas de un líder tradicional. Los que caminan al lado de Jesús son los que han experimentado su gracia salvadora, su perdón y amor. Son hombres y mujeres que han sido SALVADOS de la muerte por Él. Son personas tocadas en lo más profundo de su corazón por el amor de Dios.

¿Caminas al lado de Jesús? Muchas veces, y lo digo por mi experiencia… No lo hacemos. Si te das cuenta, en las escrituras se habla de que Jesús iba evangelizando, anunciando la buena nueva. Es decir, que aquellos que han sido transformado por Él lo dejan todo y le acompañan en su misión evangelizadora. Un apóstol es uno que camina junto al Señor dando testimonio de Él.

Hagamos hoy renovación de esta promesa con el Señor. Pidamos la gracia de amarle y dar testimonio de este amor con nuestras palabras y obras. Seamos como las mujeres del evangelio, siempre agradecidas, enamoradas y fieles al Señor.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

¿Quién de ellos le amará más?

Desde siempre para el ser humano ha sido difícil conocerse a sí mismo. Las filosofías, ideologías y religiones intentan dar respuesta a esta problemática mediante diferentes métodos. El principio de felicidad depende de que podamos conocernos y vivir plenamente.

Diógenes, filósofo antiguo, recorría las ciudades en pleno día con lámpara en mano haciendo la siguiente afirmación: “busco un hombre”. Este acto simbólico significa que buscaba una persona que viviera en plenitud y tomara la vida en serio, en peso.

En el cristianismo hay una respuesta. Lo primero es reconocer que TODOS somos pecadores. La experiencia de la vida es que todos buscamos la felicidad y que muchas veces esta búsqueda no llega a su objetivo o no se logra fácilmente. Somos seres que vivimos buscando constantemente ser felices pero nos encontramos dificultades y situaciones que nos impiden esta meta existencial. Queremos vivir pero muchas veces es la muerte que sale a nuestro encuentro.

El que tiene mucho dinero quiere más. El que tiene esposa de 40 años quiere una de 20. El que tiene muchos hijos se lamenta de este hecho y el que no tiene… también. La vida nos da lo que en algunas ocasiones nos hace infeliz.

Jesús ilumina nuestra realidad. Lo primero es que todos somos pecadores. En el contexto de las escrituras significa que todos experimentamos la muerte del ser o somos infelices y estamos necesitados de amor. En otra palabras, todos necesitamos de perdón y sentido en nuestra vida. Descubrir esto es la BASE de todo el cristianismo.

Los fariseos juzgan a los demás pero no se dan cuenta que también ellos necesitan perdón. Al que mucho se le perdona mucho se le ama. El que conoce cuanto se le ha perdonado, quedará por siempre profundamente enamorado de la persona que le perdonó.

Queridos hermanos y hermanas. Hoy es el día de RECORDAR, hacer memoria y meditar el inmenso amor que Dios nos ha tenido perdonando nuestros pecados. Contemplemos su amor y desde este reconocimiento pleno de su gracia, amemos a los demás.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,36-50): En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?

En el mundo hay “palo si boga… Palo si no boga”. Buscamos excusas para no dar crédito a las personas. La envidia nos ciega y nos impide reconocer en los demás sus éxitos y talentos. Jesús fue víctima de lo peor de esta realidad humana.

Juan el Bautista y Jesús eran primos. El primero preparó al segundo. Juan, con ayuno y limosna, llamaba a una conversión en preparación de la venida del Señor.

Jesús, el Mesías esperado, inaugura una nueva realidad. Una etapa de fiesta y alegría. Nos invita a unas “bodas” y “banquete”. No es necesario ayunar mientras el novio está con nosotros.

El evangelio nos invita a reconocer en las palabras y obras del profeta su importancia con respecto a nuestra conversión. Tu amigo, jefe, compañero de trabajo, o colaborador puede en un momento dado jugar el rol de profeta, de enviado por Dios para darte su mensaje o llamarte a conversión. No mires las apariencias, que si “come o ayuna” o que si “bebe vino o es abstemio”. Dios utiliza como instrumentos suyos diversos tipos de personas. ¡No juzgues al profeta! Escucha su mensaje con apertura de corazón y conviértete.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,31-35): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonando endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».

¡No llores!

En la palabra de Dios hay muchos relatos sorprendentes. Los milagros están al orden del día. Uno de los que más llama la atención son los hechos de la resurrección. Que un muerto resucite es el hecho más grandes que puede pasar. ¿Todavía hoy podemos ser testigos de ese milagro?

La muerte física es algo natural pero a su vez muy temida por todos nosotros. El fin de nuestra existencia aquí en la tierra es algo que determina nuestra conducta y nos deja en estado de “shock”. Pero lo importante no es este hecho inevitable para todos nosotros. Somos invitados por el Señor a ver en este hecho el símbolo de algo más importante: la muerte del ser.

En momentos específicos de nuestra vida hemos vivido como muertos. Cuando hemos estado en un sufrimiento fuerte, cuando hemos sido víctimas de una difamación o calumnia, cuando hemos tenido que enfrentar problemas serios en la familia o en el matrimonio; en fin, en diversas situaciones existenciales hemos experimentado la muerte interior y nos hemos sentido como “muertos en vida”.

La buena noticia del evangelio de hoy es que tenemos la posibilidad de vivir. Jesús tiene poder de resucitarte! De resucitarnos. ¿Te sientes como muerto? ¿Estás triste por alguna situación en tu vida hoy? ¡Alégrate! Dios está contigo siempre. En Jesús tenemos la garantía de la resurrección.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,11-17): En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores». Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate». El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel

Ayer celebramos la fiesta de la “Exaltación de la santa Cruz”. Un día muy especial para toda la iglesia. La palabra que la iglesia propone hoy para todos sus fieles tiene relación con dicha celebración litúrgica. ¿Por qué?

Jesús hizo posible la salvación de todo el género humano a través de su muerte en la cruz y posterior resurrección. El madero santo fue instrumento, por decirlo de alguna manera, de redención para todos los hombres y mujeres de todas las generaciones.

La cruz, en las escrituras, es símbolo de todo lo que nos destruye, nos mata o va en contra de nuestros esquemas o personalidad. Así como en Jesús fue un “trono de gloria” sobre el que reinó, así somos invitados todos los cristianos a ver en nuestras cruces de la vida instrumentos de santificación. ¿Hoy puedes decir que tu cruz es buena o “gloriosa”?

Una enfermedad, la muerte de un ser querido, alguna deformación física, una persona que nos hace sufrir, ente otras muchas cosas, pueden ser escándalo o causa de pérdida de Fe para muchos, pero para otros pueden ser los medios que Dios utiliza para salvarnos, acercarnos a Él o llevarnos a vivir la vida de una forma más plena.

Los momentos en que he tenido mayor paz y cercanía con Dios son precisamente aquellos en los que la cruz, al igual que la virgen María, me “atravesó el alma”.

Mis queridos hermanos y hermanas. Hoy bendigan a Dios por la cruz o cruces que nos ha regalado. ¡Dios es bueno! Su amor se manifiesta de formas misteriosas pero al final siempre nos libera de la muerte y ¡nos resucita!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 2,33-35): En aquel tiempo, el padre de Jesús y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?

Tenemos una inclinación natural a criticar a los demás. El mundo está lleno de expertos y asesores que tienen como una de las funciones más importantes es detectar los defectos u oportunidades de mejora en las instituciones y personas. Es fácil criticar, denunciar y señalar.

Uno de los grandes desafíos de las filosofías es ayudar a la persona humana a encontrarse consigo mismo. Conocerse a uno mismo es un elemento importante para vivir una vida plena y feliz.

Todos somos pecadores. Tenemos en nuestros ojos “vigas y briznas”. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Por tanto, deja de señalar y criticar a tu prójimo. Deja la murmuración, el hablar mal y denunciar los pecados de los demás. Preocúpate más bien de TUS pecados! Créeme… Con eso haces un mejor servicio a la humanidad.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 6,39-42): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».

Amad a vuestros enemigos

Todos en algún momento hemos tenido o tenemos algún enemigo. El solo hecho de estar vivos nos hace estar en contacto con los demás y en esa relación con otros muchas veces entramos en conflicto, nos convertimos en enemigos de los demás. Un enemigo es un “contrario u opuesto”; es decir, alguien que por su personalidad, forma de ser o acciones nos hace daño o nos desea algún mal. ¿Qué nos dice Dios respecto a esta realidad humana?

El centro del cristianismo, lo más fundamental de la vocación a la que Dios nos llama, es precisamente el “amor del enemigo”. El enemigo es símbolo de todo aquel que nos hace daño o va en contra de nuestros esquemas. ¡Que cosa más rara y contra toda lógica que Dios nos invite amar a nuestros!

Dios nos quiere hacer, en Jesús, sus hijos por adopción. El Señor nos quiere dar su ¡NATURALEZA! Tenemos una llamada a ser nada más y nada menos que ¡HIJOS DE DIOS! ¿Y como puede ser esto posible? Si amamos a nuestros enemigos.

Lo propio de Dios es amar a todos y todas. El hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos. En Jesús, Dios ha amado a todos los hombres y mujeres, especialmente a los pecadores y malvados. Al ladrón, corrupto y prostituta. El AMA a los que no son amados. El da la vida por sus enemigos.

¿Tienes enemigos? Ora por ellos, perdónales y pide a Dios que te conceda amarles. Sólo así seremos HIJOS DE DIOS.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 6,27-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos.

»Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

Bienaventurados los pobres

Todos aspiramos a la felicidad. Nuestra búsqueda de realización personal y éxito domina todo nuestro accionar. Dios nos da la clave. Son bienaventurados los pobres, perseguidos, los que lloran, tiene hambre y sed… ¿Cómo puede ser esto posible?

Es importante ver el contexto y el sentido de las palabras de Jesús, que siempre aprovecha la oportunidad para desmontar esquemas, romper con los falsos paradigmas de felicidad y realización personal.

En este mundo se considera que una persona es feliz y está realizada cuando tiene dinero, salud y fama. Si esto fuera cierto, ¿cómo se explica que un famoso actor como Robins Williams se suicide? Por él debemos orar, pero con su muerte nos da una lección importante.

Jesús nos invita a no reír, saciarse o ganar dinero según los esquemas de este mundo que pone su seguridad en todas estás vanidades. Él dice que feliz es el pobre de ESPÍRITU, que aún teniendo todo esto, vive con su corazón puesto primero en Dios. Al poner nuestra confianza sólo en el Señor podemos pasar muchas dificultades o vivir muchos momentos de éxito temporal, pero nada de eso será más importante que la vida que nos viene del Padre Celestial.

Dichoso seremos cuando vivamos en la dinámica que Dios nos regala. En un esquema de pobreza espiritual que nos hace poner nuestro corazón y confianza sólo en el Señor.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 6,20-26): En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».