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¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?

Todos los padres que lean el evangelio de hoy saben muy bien que los niños no son tan angelitos como parecen. Las tías, tíos, abuelos y hasta los hermanitos mayores saben que un niño es travieso y que muchas veces se porta mal. Entonces, ¿cuál es la cualidad de un niño a la que Jesús hace referencia?

Los niños, más que cualquier cosa, confían absolutamente en sus padres. Ellos gritan, lloran, son crueles con sus amiguitos y hasta hacen rabietas, pero si hay algo que verdaderamente los caracteriza es que para ellos su padre y madre son todo. Un niño o niña sabe muy bien que si está en los brazos de su padre nada malo le pasará. Jesús toma ese rasgo de un padre y lo refiere al padre de los padres. ¡A Dios mismo!

Seamos sinceros. ¡Nadie abandona 99 ovejas para salir a buscar una sola! Es como decir que dejamos 99,000 pesos para ir a cobrar 1,000. Jesús propone esta palabra porque hace referencia a la confianza desmedida que un hijo pone en su padre. Para un niño, su padre lo sabe todo y lo puede todo. Un padre, a los ojos de su hijo pequeño, es capaz de darle la vuelta al mundo entero con tal de complacerlo. Es lo más parecido a un súper héroe. Es lo más cercano a Dios.

El Señor hoy nos propone que tengamos esa confianza en Él. Que pongamos nuestra seguridad en su amor. Dios, nuestro padre, provee y nos cuida. ¿Tienes alguna dificultad? Espera en el Señor, Él te cuidará y rescatará como un “súper padre” salva a su niño pequeño.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 18,1-5.10.12-14): En una ocasión, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».

El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará

El evangelio del día de hoy es más que oportuno. Podemos hacerle la pregunta al Señor: ¿es justo o no pagar el impuesto a las compras por Internet menores de 200 dólares? Jesús, como siempre, es genial en sus respuestas.

El didracma era una moneda de plata que usaban los judíos para pagar el impuesto anual del templo. En todas las épocas y generaciones siempre ha sido pesado y poco agradable pagar impuestos. La mayor parte de ellos son “impuestos” al pueblo. Nunca son queridos o deseados.

Como es lógico, este es un tema a tratar con los líderes del momento. Jesús es uno al que se le puede preguntar sobre medidas que pensamos son injustas. Su opinión es importante.

¡Oh sorpresa! A Jesús le interesa aprovechar la oportunidad para dar un mensaje mucho más importante que los impuestos. El centro de nuestra vida no está en las dinámicas propias de este mundo. Dios provee para nuestras necesidades. Los hijos de Dios no tienen que preocuparse. El nos dará a su tiempo lo que necesitamos.

¿Qué es lo necesita el hombre y la mujer de nuestro tiempo? Vivir la experiencia Pascual. Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su muerte y resurrección se escandalizan y entristecen. ¿Por qué? Porqué no quieren morir. Queremos pasar a la resurrección sin experimentar la muerte.

No aceptamos las cosas que nos hacen “morir”. Pagar impuestos, comprar los útiles escolares de los niños, enfrentar la precariedad de la vida, son siempre temas difíciles de aceptar.

Jesús nos dice que él “paga por tí y por mí”. Que Él ha entrado en la muerte para resucitar y darnos la posibilidad de vivir esta misma experiencia.

No te preocupes más por los impuestos. Tenemos un Padre millonario que se encargará de nuestras cuentas y sobretodo, de la más importante de todas ellas: la de nuestros pecados. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 17,22-27): En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho.

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

Tengo un amigo que cuando le felicito el día de su cumpleaños y le digo que Dios le bendiga mucho su respuesta siempre es la misma: “yo lo que quiero es salud y mucho dinero, dinero, dinero”. Es su manera jocosa de decirme que busca la felicidad en el éxito económico. Hay un refrán muy conocido que dice: “el dinero no da la felicidad, pero contribuye mucho a ella”. ¿Qué dice Jesús al respecto?

En la sociedad actual, el modelo de éxito y realización se basa en la posibilidad de alcanzar fama y fortuna. Ser alguien en la vida es tener un gran patrimonio económico y que el mundo sepa que tienes poder, prestigio y dinero. Poder disfrutar de los placeres de la vida (carros de lujo, casas suntuosas, viajes por todo el mundo, ropa elegante) es signo de felicidad y realización plena en esta vida.

Jesús, como siempre, rompe todos los esquemas. Nos invita a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle. Nos dice que “quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. En definitiva, nos invita a la renuncia de las “cosas buenas” que tiene la vida. Expliquemos brevemente este maravilloso mensaje.

El centro del mensaje radica en que aunque todas las cosas son buenas, poner nuestra seguridad y buscar la vida en dichas cosas realmente no nos aseguran la felicidad. Tenemos casos como Justin Biever y Paris Hilton. Están en la cumbre de la fama y del dinero, pero hacen cosas que nos parecen extrañas. Con tanto poder e influencia, que sentido tiene drogarse, emborracharse, romper la ley. Algo está faltando en sus vidas. Y eso que no tienen es lo que propone Dios en Jesús.

Lo que realmente necesitamos es perder nuestra vida según el mundo y hacernos una vida según Dios. Aceptar la cruz es entrar en la historia de la vida bendiciendo por todo lo que tenemos y hacemos. Dios nos invita a vivir alegres por lo mucho o poco que materialmente podamos tener. El cristiano no busca la vida en este mundo. Vive en el mundo construyendo con sus acciones una morada en la patria definitiva de todos: el cielo.

Vivamos como verdaderos seguidores de Cristo. En la alegría que tiene el corazón de alguien que ha encontrado el tesoro más grande que se puede tener: ¡Dios!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 16,24-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino».

Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres

De una manera u otra, en algún momento o circunstancia, nos hemos identificado con el liderazgo de una persona. Un padre, una madre, amigo, profesor o guía espiritual, siempre hay alguien que influye en nosotros y al que deseamos imitar o seguir.

Jesús es el líder de los líderes. Un modelo ejemplar de lo que debe ser un maestro e “influenciador” y para que esto se realizará concretamente, tenían que reconocerle como tal. Sus discípulos dicen de Él lo que han visto y oído. Son personas que en la práctica han experimentado la fuerza y amor del líder Jesús.

Pedro, impetuoso como siempre, es el primero en reconocer que Jesús es “el Cristo, hijo de Dios vivo”. Una profesión de Fe que le mereció ser constituido en “piedra sobre la cual se construye la Iglesia”. Jesús debe confirmar, afinar, validar y perfeccionar esta afirmación de su discípulo. Inmediatamente se da cuenta que dicen o piensan algo que no es exactamente lo que Jesús espera de ellos.

Ser Cristo e hijo de Dios es dar la vida por los demás. Ser el Mesías y Salvador es subir a la cruz y morir para el perdón de los pecados de su pueblo y todos los hombres y mujeres de todas las generaciones. Ser enviado por Dios para redimir a la humanidad entera significa hacer realidad el Siervo de Yahveh que da la vida por los pecadores, que entra en la muerte para destruir dicha muerte y resucitar para darnos a todos la vida.

Los pensamientos de los discípulos no son estos. No entienden el sentido de la muerte o del sufrimiento. Su concepto de Cristo es otro distinto al de Jesús. ¡Quieren vivir la vida light! Esperan que nada malo les suceda, en otra palabras, vivir en una especie de fantasía tipo cuentos de hadas.

Hermanos y hermanas, estos no son los pensamientos de Dios. Nuestro Señor sabe que para que podamos ser libres, humildes y felices, la vida debe vivirse tal cual se presenta día a día. Un cristiano es uno que como Cristo, entra en el sufrimiento de cada día y experimenta, apoyado en el Señor, que lejos de destruirle, dicho sufrimiento le hace fuerte, humilde, sencillo, capaz de amar a los demás, incluyendo al pecador de tu esposo o esposa, de tu hermano o hermana, de tu compañero de trabajo y cualquier persona que en algún momento entendemos que nos ha hecho algún mal.

¡Ánimo!. Jesús, “el Cristo, hijo de Dios vivo”, nos concederá, si queremos, hacer realidad en nosotros su mensaje de salvación. ¡Tengamos los mismo pensamientos de Dios! Que ama hasta dar la vida por los demás.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 16,13-23): En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!». Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle

A mi hijo le encanta la película “Transformers”. Pienso que lo que le atrae es el hecho de que un vehículo común pueda “transformarse” de forma casi mágica en una especie de héroe-robot lleno de súper poderes.

La idea de que una “naturaleza” pueda convertirse en algo mejor es muy atractivo a la mente de aquellos que quieren algo mejor.

Jesús experimenta una “transfiguración”. Los tres apóstoles, testigos de esta manifestación asombrosa, quedan impactados. Se escucha una voz del cielo. Es Dios que dice que el Señor es su hijo amado, que eran invitados a escucharle. Este es el centro de la cuestión.

La belleza de la fiesta que celebramos hoy consiste en la experiencia de Jesús es el anuncio de nuestra propia transfiguración. Podemos tener la naturaleza de hijos de Dios.

En la oración, a la escucha de la ley y los profetas, podemos hacer en nuestra vida realidad este maravilloso milagro. Los apóstoles son protagonistas. ¿Para qué Jesús se asegura de que estén presentes? Para qué todos, ellos y nosotros, sepamos que podemos también en Él, ser hijos de nuestro padre Dios.

Ser hijos de Dios es vivir la vida de una forma totalmente diferente. Llena de luz y amor, sin ausencia por supuesto, del necesario sufrimiento y de los acontecimientos que nos llevan a la humildad. Por eso no es para “hacer tres tiendas” la transfiguración. Jesús muestra su naturaleza divina para que tengamos esperanza. La buena noticia es que podemos tener la naturaleza misma de Dios. En Jesús podemos pasar de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo eterno.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

Estamos en una época donde el “soplo de los vientos” está de moda. Los vientos soplan y las personas parecen vivir en función de la dirección que indiquen los mismos. También significan algo más que una simple metáfora.

La vida está llena de situaciones de “inestabilidad climática”. Un día despertamos, salimos a la calle y todo nos sale tan bien que parece que estamos viviendo un día soleado y tranquilo. Quisiéramos que esa fuera la realidad de todos los momentos de la vida. Vivir en una clase de “paraíso tropical” donde no hay estaciones y el año vive en una especie de eterno verano. Esto no representa la verdad de la existencia humana.

Nos enfrentamos con frecuencia a momentos difíciles. Situaciones que nos hacen sufrir o inquietar. Hay momentos en nuestra vida en los que parece que estamos en medio de un huracán categoría 5, con vientos que amenazan con destrozarnos. La salud de un ser querido empeora, un hijo o hija tiene dificultades en el colegio, el matrimonio no marcha como quisiéramos; en fin, estamos con los “vientos en contra”. Ante esta situación nos asustamos, dudamos, perdemos la Fe.

Jesús en el evangelio nos invita a vivir estos momentos de una forma distinta. Los momentos difíciles de la vida, que siempre tendremos mis queridos hermanos, se viven mirando a Jesús. En este gesto queremos significar que la actitud de un hombre o mujer cristiana debe ser la de poner siempre su confianza en el Señor. Orar y esperar siempre en Dios. Al que confía en Él, siempre le llega la “calma” a su vida. ¡Ánimo! No estás solo.Él siempre está con nosotros, cuidándonos y protegiéndonos.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 14,22-36): En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.

No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer

Imaginen la escena de un líder dando de comer a cinco mil personas. Se escucharían por los “cuatro costados” de la nación, los gritos de la gente diciendo: “ese sí e’bueno!”, “Jesús, sin tí, se hunde este país”, y “Jesucristo 2016-hasta que quiera”.

El pueblo necesita siempre alguien que le de. Alimento, vestido, vivienda son sólo algunas de las demandas sociales de todos los tiempos. Una población que tiene hambre espera de su líder que le de algo de comer.

Este evangelio tiene un sentido mucho más profundo. No se trata aquí de explicar un milagro en el sentido material. Jesús dice a sus discípulos “dadles vosotros de comer”. ¿Qué significan estas palabras?

Comer no es una solución plena a la realidad profunda del ser humano. Todos los que hemos trabajado en algún tipo de servicio social sabemos que nunca es suficiente. Siempre hay necesidad de servicios materiales. La pobreza no se combate mediante programas asistenciales. Se deben crear, para ayudar definitivamente, capacidades que permitan a las personas generar por sus propios medios los recursos que necesitan. Aquí está el punto de la cuestión.

Los apóstoles también eran como esos hombres. Llenos de hambre, sed y desnudez. Pero esta realidad no es material, es espiritual. ¡Los discípulos han comido del amor de Dios! Han hecho experiencia de comer y beber la “leche y miel” que significa el amor de Dios y el amor de los hermanos. Al hacer esto han quedado verdaderamente saciados. Su vida se ha llenado plenamente. Este amor ha creado en ellos “capacidades” que les han hecho dar lo que han recibido.

Este evangelio nos invita a evangelizar. Nos invita a dar gratis lo que gratis hemos recibido. Dios nos llama a “dar de comer” a tanta gente que necesita de un alimento que el mundo no les puede dar. ¡Ánimo! Si verdaderamente estás saciado, “dadle vosotros de comer”.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 14,13-21): En aquel tiempo, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan Bautista, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos.

Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá».

Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio

Es una tendencia de la naturaleza humana juzgar por las apariencias. Cuando conocemos a alguien lo miramos, vemos como viste, su color de piel o escuchamos su apellido e inmediatamente nos hacemos un juicio de dicha persona. Tendemos a “estereotipar” al mundo que nos rodea.

Jesús no se ha escapado de esta realidad. Las personas que le vieron crecer le conocen, saben que era un niño normal, el hijo de María y José, que jugaba, comía, bebía y trabajaba entre ellos como un individuo normal. Y esta realidad les impide ver con los “ojos de la Fe” lo que está oculto en la sencillez.

Pensamos que las cosas que vienen de Dios deben ser magníficas e inefables. Esperamos milagros y prodigios extraordinarios en nuestra vida. No sabemos descubrir a Dios presente en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo “normal” de nuestra existencia.

Un amanecer, el abrazo de un amigo, la enfermedad de un ser querido, la amonestación de un jefe, la corrección de un padre; todas pueden ser verdaderas “teofanías” o manifestaciones misteriosas de Dios.

Para Jesús lo más importante no es que pueda hacer milagros físicos. Para Él lo que realmente importa es que podamos mediante los hechos realizados por Dios suscitar en nosotros la Fe. Una Fe que nos hace descubrir a Dios presente con su amor en todas las cosas y hechos que nos rodean. ¡Qué maravilla es tener estos “lentes especiales” que nos hacen ver el amor de Dios en todo! Esto es la felicidad. Esto es ver en un “hijo del carpintero” la presencia de Dios.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,54-58): En aquel tiempo, Jesús viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?». Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

¿Habéis entendido todo esto?

Leer las escrituras puede en algún momento resultar confuso y ambiguo. Hay en ella un lenguaje especial. Jesús habla en parábolas pero también se utilizan figuras literarias propias de su tiempo. Hace falta entenderlas en su contexto y con la asistencia del Espíritu Santo.

Cuando se habla del Reino de los Cielos se le quiere comparar a realidades que son comunes a las personas sencillas de la antigua Palestina. Lanzar las redes y la figura del escriba son ejemplos concretos de realidades que se daban en la Galilea y Judea de los tiempos del Señor.

En el tiempo de Jesús la palabra “escriba” designaba a una clase de hombre a quien se le había instruido en la Ley. Se dedicaba al estudio sistemático y la explicación de la Ley. Pertenecía al grupo de los maestros de la Ley o los versados en ella.

Cuando un hombre como este reconocía a Jesús como Mesías y Señor era como llevar esa Ley que había estudiado y en la que creía a su máxima expresión. Era “sacar de sus arcas lo nuevo y lo viejo”. ¡Una verdadera bendición! ¿Qué es esto nuevo? Reconocer que el AMOR de Dios era Jesús hecho hombre, muriendo y resucitando por él. Reconocer que el “Shemá Israel”, el mandamiento de la Ley, se realiza plenamente en Jesucristo.

Ser de los “peces buenos” es precisamente eso. Una persona que reconoce el amor de Dios en su vida diaria, que responde a los acontecimientos de su vida con ese mismo amor, es de los “peces buenos”. Ser justo es reconocer que amar es cumplir la ley entera y estar dispuesto a que se cumpla en su vida.

¡El Reino de los Cielos ha llegado ya! No más lutos ni llantos ni pesares. ¡Resucitó!

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,47-53): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.

El Reino de los Cielos es semejante

En nuestro hablar cotidiano solemos utilizar frases de exageración para enfatizar alguna cuestión. “Más viejo que Matusalén”, “Fulano tiene un ego del tamaño de una Catedral”, “Me di tremenda jartura”, son sólo algunos ejemplos de frases populares que utilizamos para significar que algo que nos pasó, hicimos o poseemos es verdaderamente grande o importante.

¿Quién en su sentido común vende todo lo que tiene para comprar un campo donde ha encontrado un tesoro y para colmo lo esconde? ¿Qué comerciante vende lo que tiene para comprar un único producto? Lo lógico sería incrementar tus posesiones, no vender todo para quedarte con una sola cosa. Parecen cosas sin sentido pero comunican algo muy profundo.

Dar todo lo que se tiene por algo significa que eso es tan importante que vale la pena darlo todo por ello.

Jesús siempre nos invita a darlo todo. La misma invitación le hace a los apóstoles, a sus discípulos, al que quiera seguirle, al joven rico; en fin, a todo aquel que quiera tener VIDA que deje (venda) su vida anterior y empiece nuevamente. El apego a nuestra vida pasada, nuestros bienes materiales y afectivos, nos mantiene esclavizados. No nos permite vivir en plenitud y libertad.

¡Esta es la buena noticia de hoy! Hemos encontrado el tesoro más grande que se puede tener, hemos hallado la perla más cara que se pueda encontrar, y eso mis queridos hermanos es el AMOR de Dios! No hay en este mundo algo que pueda superarlo. Vivir en plena libertad es vender HOY todo lo que nos esclaviza y acogernos a lo único que puede darnos vida y felicidad. Descubre el amor de Dios siempre presente en tu vida.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 13,44-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.

»También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra».