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Y buscaba verle

El mundo tiene ansias de honestidad, integridad y verdadero amor. Los avances y el desarrollo de la humanidad nos han metido en un activismo impresionante. Todo el mundo está corriendo. Vamos de un lado a otro sin parar. Necesitamos paz, tranquilidad, amor.

El rey Herodes, símbolo del mundo en las escrituras, también sintió especial atracción y curiosidad por los profetas que con su accionar marcaban una nota diferente en las actividades diarias del mundo. Buscaba a Jesús para conocerle. Le llamaba la atención ese estilo diferente, ese profetismo auténtico, ese desprendimiento absoluto y entrega total al otro.

La buena noticia de hoy es que podemos buscar y encontrar a Jesús. El puede dar respuesta a todas nuestras inquietudes y problemas. Nos ama muchísimo y quiere ser nuestro salvador. Hoy podemos abrir nuestro corazón al Señor. ¡Ánimo!

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 9,7-9): En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Y buscaba verle.

No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal

La buena noticia que trae Jesús es que todos los que estén enfermos o tengan algún mal pueden encontrar sanación en Él. 

El Señor ha elegido a los pescadores de este mundo, ¿tú te sientes uno de ellos? La gran dificultad que hoy podemos tener es la de reconocernos pecadores. Somos tan soberbios e hipócritas que podemos pensar y creer que somos buenos. Si de verdad crees que eres un ser humano estupendo, entonces el cristianismo no es para ti.

El Señor ha dicho que no ha venido por los justo sino por los pecadores. Es decir, que si hoy te reconoces pecador te haces a ti mismo participe de la buena noticia de salvación. ¡Ánimo! El Señor te ama con tus pecados.

Leer:

Texto del Evangelio (Mt 9,9-13): En aquel tiempo, cuando Jesús se iba de allí, al pasar vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen

Hay fragmentos del evangelio que no entendemos si no comprendemos el contexto y propósito del mismo. ¿Acaso Jesús responde mal o maltrata a sus cercanos? Claro que no.

Muchas veces los directores espirituales hablan con dureza a sus hijos en la Fe. Lo hacen porque ven de Dios que es importante llamarles la atención. Aprovecha una situación para mostrarle a sus hijos espirituales lo que realmente es importante.

El Señor aprovecha una visita de su madre y sus hermanos, a los que quiere mucho, para dar una palabra a sus discípulos sobre su obra. Él quiere que todos sean sus hermanos y que esto se evidencie mediante la obediencia a su Padre común. 

Todo aquel que escuche la voz de Dios y la cumpla se convierte en hermano de Cristo e hijo de Dios. La filiación divina nos viene dada por nuestra respuesta afirmativa a la voluntad de Dios. ¡Ánimo! Dios nos llama a ser sus hijos y esto es lo más grande que puede tener una persona.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,19-21): En aquel tiempo, se presentaron la madre y los hermanos de Jesús donde Él estaba, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen».

Para que los que entren vean la luz

Todos los días tenemos la oportunidad de descubrir la presencia de Dios en todas las cosas creadas. La gran dificultad que enfrentamos a diario es que el ritmo acelerado de nuestra existencia nos hace estar enfocados en un activismo sin fin. Nos perdemos, sin quererlo, la belleza de vivir en nuestro mundo interior y descubrir la hermosura de la vida.

El Señor vino a nuestra vida para mostrarnos el camino de luz y paz. En la sudo la luz que ilumina la existencia de toda la creación, especialmente, los días de nuestro pasar por este mundo. ¿Puede alguien rechazar la luz que nos trae Cristo?

Ciertamente, muchas veces, porque vivir en la luz supone dejar el pecado y ser humildes, nos acomodamos en nuestras pequeñas oscuridades. Entramos en una actitud perversa con nuestro secretos y acciones que no agradan a Dios.

Hoy el Señor nos invita a vivir en la luz. Solo podemos ser felices si entramos en su misericordia y ajustamos nuestras acciones y obras a las enseñanzas de nuestro maestro. Cristo es luz y quiere iluminar nuestras vidas para siempre, ¿estás dispuesto?

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».

Proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios

Jesús es el Señor y vino a la tierra para sanar y salvar. Si leemos los evangelios nos damos cuenta de su obra aquí en la tierra. Las personas que quedaban como ovejas sin Pastor eran reconfortadas en su amor. ¿Qué efecto tenía esto en su vida?

En el momento que aparece Dios en la vida de una persona le cambia completamente su existencia. En este proceso de transformación se produce una conexión entre el evangelizado y el que evangeliza. Un verdadero cambio de vida radical implica amar y seguir eso que te ayudo a cambiar.

Jesús nos ama. Quiere que seamos sus discípulos y además que demos testimonio de amor. Ser discípulo de Cristo es ser un testigo de su amor.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Queden al descubierto las intenciones de muchos corazones

Pocas cosas hacen que pueda verse lo que hay en el corazón y la mente de las personas. La mayoría de los seres humanos ocultan sus verdaderas intenciones o pensamientos. Sin embargo, hay algo que si ayuda a la humildad y sinceridad del corazón: el sufrimiento.

Dios permite la cruz o el sufrimiento en nuestra vida para que se vea si verdaderamente solo hijos de Dios o estamos en una actitud indiferente o “religiosa devocional” con Dios. El sufrimiento nos purifica en corazón y nos hace ver que no somos “dioses” de nuestra vida.

María es ejemplo e imagen del cristianismo. Ella le dice sí al Señor y a la historia que Él permite en su vida. Acepta ser madre del salvador del mundo sabiendo lo que eso implica. Y así salva al mundo entero.

Esos acontecimientos dolorosos en tu vida son para que puedas descubrir a Dios y amar al Señor con todo el corazón, el alma y la mente. Ese es el camino de la vida eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 2,33-35): En aquel tiempo, el padre de Jesús y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Para que todo el que crea en Él tenga vida eterna

El gran escándalo del mundo es el sufrimiento. La muerte, el mal y el sufrimiento son realidades que el ser humano moderno no logra entender. Dicen los inteligentes de este mundo, ¿cómo puede existir un Dios bueno si permite que tengamos guerras, delincuencia y sufrimiento?

El Señor Jesús vino para iluminar la vida humana. Al entrar en la cruz, contra toda lógica, mostró que lo que para muchos es un escándalo difícil de entender, Dios lo ha hecho ocasión de salvación para todos y todas. El sufrimiento nos hace el servicio de darnos cuenta que somos criatura y que la vida nos viene de hacer la voluntad de Dios. El sufrimiento vivido desde la Fe santifica, nos hace humildes, nos hace amar en una dimensión nueva.

La cruz (sufrimiento) es parte de la vida. En este mundo, además de las alegrías, experimentamos muchas veces sudor y lágrimas. Con su ejemplo, Jesús nos muestra, que debemos vivir reconciliados con esta realidad de amor y vida. La cruz es gloriosa porque es medio de purificación y santificación para todos y todas.

Leer:

Texto del Evangelio (Jn 3,13-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

Joven, a ti te digo: levántate

En los momentos de tristeza y angustia nos sentimos muy solos. Cuando nos llega algún sufrimiento pensamos que es lo más grande del mundo. La duda nos llega a la mente: ¿dónde está nuestro Dios?

En las escrituras hay una mujer viuda que tiene que enterrar a su único hijo. Imagínense, esta mujer no tiene nada, lo ha perdido todo.

El Señor no se queda indiferente. Ve su sufrimiento y lo hace suyo. Detiene la marcha fúnebre y le hace el milagro. Le devuelve la vida a un muerto.

¿Cuál es tu muerte de hoy? ¿Cuál es tu sufrimiento, angustia o desolación? No temas, no desesperes. Confía en el Señor. Él quiere detenerse en tu vida y resucitarte. Él te dará la vida eterna.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,11-17): En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores». Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate». El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande

Una de los hechos que llamaban más la atención de Jesús era su capacidad de obrar milagros. Su fama había recorrido todas las aldeas y pueblos por muchas cosas realizadas por Él y entre ellas se destacaba su capacidad de sanar.

Un hombre de Roma, centurión y con siervos a su cargo, quiere un favor de aquel famoso de Israel. Se agencia el apoyo de los ancianos para obtener dicho favor: “que sane su siervo”.

Ciertamente los exégetas o expertos de las escrituras tiene muchas interpretaciones de este relato pero quiérenos señalar uno muy particular. Al igual que el Centurión, muchas veces nosotros tenemos el “siervo” enfermo. Esto quiere decir que en algunos momentos no queremos servir, ayudar, trabajar o colaborar con los demás o con Dios. 

En una sociedad llena de egoísmos y falta de cooperación, nuestro “siervo interior” está a punto de morir por una enfermedad muy concreta: pereza, burguesía y egoísmos. En definitiva, el amor se disminuye en nuestro corazón y por eso nos cuesta servir a los demás.

La buena noticia es que hoy el Señor tiene el poder de sanar nuestras heridas y curar nuestro “siervo”. El tiene el poder, si realmente los queremos, de sacarnos de nuestros egoísmos y hacer que nos pongamos al servicio de los demás. Pidamos al Señor está gracia especial. Él nos quiere conceder este don.

Leer:

Texto del Evangelio (Lc 7,1-10): En aquel tiempo, cuando Jesús hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde Él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo. Éstos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga». 

Jesús iba con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.

Sácate primero la viga de tu ojo

Estamos siempre mirando los defectos de los demás. Somos rápidos al señalar las cosas mal que hacen los demás, ¿y tú? ¿Alguna vez te has dado cuenta de tus errores?

La raíz de todos los problemas en las relaciones humanas está en que pensamos que tenemos razón, que los demás están equivocados, en fin, que somos mejores que los demás.

Si quieres paz con los demás considera a los otros superiores a ti. Haz como ha hecho Jesús, que siendo hijo de Dios, desde la cruz perdono a todos y pidió a Dios que tuviera paciencia con todos. Primero fíjate en tus defectos antes de mirar los de tu prójimo. Eso es principio de amor y paz.

Leer:

En aquel tiempo, ponía Jesús a sus discípulos esta comparación:

–¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

Un discípulo no es más que su maestro, si bien cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.